Lois Patiño Barcelona
Lois Patiño: "La industria y el entretenimiento es lo que más disminuye la exploración del lenguaje cinematográfico"
El artista gallego estrena otra de sus propuestas fílmicas, esta vez inspirado en Shakespeare
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Lois Patiño es, sin lugar a dudas, uno de los mejores directores del cine español. El gallego es un explorador de la imagen que invita al espectador a ir al cine para quedarse hipnotizado.
La última vez que lo hizo fue en Samsara, donde invitaba al público a mirar la pantalla con los ojos cerrados durante 15 minutos. Ahora, en cambio, da otro salto.
Ariel, largometraje que cayó en las carteleras como regalo de Navidad este 24 de diciembre, es su primer film ficcionado, aunque la realidad de las Azores se impone de vuelta, junto con varios personajes de Shakespeare.
El cineasta acudió al festival L’Alternativa de Barcelona a presentarla y a dar una masterclass y Crónica Global aprovechó para hablar con el cineasta para desentrañar los misterios de este proyecto tan particular.
- Dijo en la presentación que Ariel surgió con Matías Piñeiro, ¿cómo?
- Todo partió de un festival de cine de Dinamarca que nos proponía la posibilidad de hacer una película juntos. Ellos nos financiaban. Nos pareció una gran idea porque, hasta entonces, nuestros cines representaban casi espacios opuestos o búsquedas en las antípodas: él, en lo teatral, en los diálogos, en la representación; yo, en la contemplación, en el paisaje, en el silencio.
- Nuestra principal motivación fue, así, el aprendizaje que sabíamos que iba a suponer adentrarnos en territorios y espacios que no habíamos explorado hasta entonces creativamente. Ese es el punto de arranque.
- ¿Cómo siguió?
- Matías Piñeiro ya había hecho varias películas en torno a Shakespeare y quería seguir indagando en sus obras. Me propone La tempestad, que es la obra que tiene mayor presencia de la naturaleza, de la magia, de la naturaleza animada, animista. Me parece una muy buena idea y yo le sugiero centrarnos en el personaje de Ariel, hacer una revisión de La tempestad desde este personaje secundario en la obra. Es el espíritu del viento, se transforma en el aire, en el fuego, en el mar. Conectaba con ideas y temas que a mí me interesaban.
- A Matías, a su vez, adentrarse en toda esta cuestión del silencio, de la magia, de los movimientos de la naturaleza también era algo que le motivaba mucho. Sabíamos que de esta experiencia íbamos a salir fortalecidos como cineastas.
- Pero no pasó.
- Hicimos un cortometraje previo para ver qué lenguaje emergía de nuestra unión e hicimos Sycorax, que se estrenó en la Quincena de Cineastas del Festival de Cannes. Y luego, ya por problemas derivados del Covid, deadlines y calendarios, Matías no pudo continuar en el proyecto por otra cosa que tenía que terminar.
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- O sea que se quedó solo.
- Claro, yo estaba ante el dilema de quedarme con Shakespeare, un universo más desconocido, y tener que aprender yo solo en esta jungla, más que ir de la mano de Matías, aunque llevábamos ya varios años trabajando juntos.
- ¿Cómo ha sido enfrentarse a una cosa mucho más textual? Supongo que ese fue su mayor reto.
- Bueno, por un lado, tenía una primera adaptación que hice. Y cuando Matías ya no pudo, fui llevando la idea hacia mi territorio para escribir un guion con estos nuevos planteamientos. Con mi trayectoria, la ficción y la representación teatral estaban muy alejadas de mí todavía. No estaba convencido de la fuerza, de la veracidad y la magia de la ficción.
- Entonces, a partir de la idea de Pirandello, de Seis personajes en busca de autor, incorporé esta idea metanarrativa donde íbamos a llegar a una isla que iba a ser la isla de los personajes de Shakespeare. Algunos iban a saber que son personajes e iba a generar una serie de crisis existenciales en ellos. Así, como espectadores de la obra, de la película y yo como creador nos íbamos a permitir mantener una distancia. Yo entro en la ficción, pero esta capa metanarrativa me ayuda también a verlo como una ficción de la ficción, como una representación.
- Del mismo modo, trabajar luego también con los habitantes de Faial, su entorno y su cultura también me iba a permitir tener un pie en lo real y otro en la representación.
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- Se lo acercó a su terreno.
- Y luego también, a mí, que me interesa, me ayudaba a trabajar en un espacio liminal, ambiguo, en este caso entre la ficción y la realidad. Vi que continuaba, o me permitía trabajar, en espacios que yo ya había explorado y que me gustan. Espacios o historias que transcurren entre la realidad y el sueño, o espacios espectrales entre la vida y la muerte, espacios así que tienen un pie en lo real pero otro en el más allá de lo real.
- Ahí entendí que los personajes atrapados en una obra y que siguen ciertas órdenes que el autor les ha escrito habitan un espacio atemporal, un poco como los fantasmas dentro del limbo, que están ahí atrapados en un espacio sin un tiempo cronológico. Ese paralelismo también me ayudó.
- ¿Y 'La tempestad', dónde quedó?
- Ya directamente con el texto, lo que hice fue abrirlo a distintas obras de Shakespeare, no centrarme solo en La tempestad, para hacer juegos de descontextualización, de llevar a Hamlet a una gasolinera, a Otelo a la recepción de un hotel e ir llevando distintas obras canónicas a contextos más cotidianos y contemporáneos de las Azores con fines cómicos. Me metía también un poco en la idea del teatro del absurdo, del humor absurdo, generando diálogos inconexos e incongruentes.
- Por tanto, trabajé el texto de Shakespeare de una manera atomizada. Iba extrayendo las frases más poderosas o que me parecían que tenían la profundidad del pensamiento o que despertaban una vocación poética. A veces las agrupaba como haikus y otras veces en diálogos inconexos. Una estrategia que ya había hecho en El sembrador de estrellas.
- Lo curioso, precisamente, es lo que decía, que lo acercó a lo cómico.
- Si no hubiera sido porque Piñeiro lo acercó a Shakespeare, yo hubiera tirado por eso, por Pirandello, habría hecho algo de Beckett, Ionesco o del teatro del absurdo. Pero sobre todo Samuel Beckett, que es el que me abrió la cabeza de lo que puede ser un texto teatral.
- Por eso también metí el guiño del personaje con el nombre de Beckett que aparece por ahí, con la voluntad también de abrir en el espectador el imaginario de este lugar fantástico.
- Aun así, creo que la idea de partida, la isla de los personajes de Shakespeare, si bien te la puedes tomar en serio, también se presta a tomársela con humor. Y a mí también, con esta cierta desconfianza que tenía de lo teatral, el humor, al igual que lo metanarrativo, me ayudaba a proponer otras cosas.
- Bueno, es que parece casi una disección de lo absurdo del ser humano, pero también de la espiritualidad.
- Ahí también está el poder de Shakespeare, que ha llegado al análisis de la psique humana y ha logrado extraer y reflejar con una precisión absoluta y una fuerza poética abrumadora sentimientos y sensaciones muy profundas, que, además, son incorruptibles a cualquier descontextualización. Ya solo la selección de frases de la obra nos moviliza.
- Pero sí, también trato de mantener lo que me interesa a mí. Va mucho de la magia, los hechizos, mantener desde el mar, el viento, los medios acuáticos, esa parte sensorial que yo ya había explorado y que me interesa profundamente, para llevar al espectador a un estado meditativo, un estado alterado de conciencia por medio de esta sensorialidad poética.
Lois Patiño en el rodaje de 'Ariel' CEDIDA
- Tal ver por eso su cine es una rara avis, porque parece una exploración de las imágenes desde su sensorialidad. ¿Cuál es su idea del cine o su relación con él?
- Es algo que he ido aprendiendo a medida que he ido haciendo las películas y siguiendo intuiciones, gustos, reflexiones. A mí me interesa llevar al espectador a un espacio de intimidad con las imágenes, donde la belleza, la poesía y la pausa que propone la imagen puedan cautivar y llevarte a un lugar de introspección, donde el espectador tenga espacio para relajarse, para pensar más allá de las imágenes que propone la película, dejando respirar, dejando espacio.
- Sí, utilizando la belleza, la poesía y el misterio de la imagen como una puerta que pueda deslumbrar al espectador y llevarle a una cierta revelación poética que puede ser ambigua.
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- Pero solo poniendo la cámara en paisajes a veces. Pienso en cortos como 'Montaña en sombras', 'Noite sem distancia', 'Costa da Morte' o incluso la misma 'Samsara'.
- Mis padres son pintores abstractos y yo vengo también del mundo del arte. Por eso a veces mis proyectos casi siempre han surgido de la voluntad de explorar algún concepto y alguna forma cinematográfica. Por ejemplo, Montaña en sombras la filmé en una etapa en la que estaba explorando la distancia en el cine. Luego me dediqué a explorar la inmovilidad, con la voluntad de comprender mejor el espacio con los ingredientes esenciales del cine: el espacio desde la distancia, luego el tiempo desde la inmovilidad. En Samsara iba con la idea de lo invisible, cómo reflejar lo invisible, y se me ocurrió la idea de los ojos cerrados.
- Siempre es una idea previa que tengo y luego decido explorar esa forma cinematográfica, por ejemplo, a partir de la reencarnación budista. A mucha gente le sorprende, porque no es que quisiera explorar el budismo y la reencarnación y luego pensara cómo representar ese viaje de reencarnación por el más allá. Era la inversa: explorar la forma cinematográfica.
- Mi reto no es, nunca ha sido y espero que nunca sea, hacer una buena película o una buena película per se. Mi voluntad quiero que esté en explorar el lenguaje cinematográfico para tratar de proponer al espectador nuevas experiencias audiovisuales, nuevas reflexiones. Y no porque sí, sino porque creo que al proponer una nueva perspectiva desde donde enfocar la realidad, desde donde observarla, desde donde sentirla, se genera otra forma de pensarla y de reflexionar sobre ella.
- Y luego entiendo el cine como arte y el arte como innovación. Las ideas normalmente surgen así.
- Bueno, es que en 'Ariel' muchos de sus planos parecen una versión de los pillow shots de Ozu. Una especie de nature shots que invitan a pararse y contemplar.
- Bueno, en mi caso, e inspirándome en otros cineastas, como Peter Hutton, busco la pura contemplación en presente de la belleza, de los movimientos de la naturaleza. Estar ahí, en ese deslumbramiento hipnótico. Aunque sí, puede ser que en Ariel adquiera otras connotaciones. Para mí, tienen que ver con la idea del hechizo: hacer que los brillos acuáticos y el poder hipnótico que tiene el parpadeo lumínico en el mar puedan llevar a las ideas de La tempestad y generar un estado hechizado en los personajes.
- En cualquier caso, ¿su voluntad es --usando el concepto de Spinoza de “nadie sabe lo que puede un cuerpo”-- ver lo que puede el cine o la imagen?
- Ese es mi objetivo, al que dedico mayor tiempo. Por eso, a mi entender, el mayor logro al que he llegado hasta ahora como cineasta, como artista, es esa parte de los 15 minutos con los ojos cerrados de Samsara. Creo que allí hay una ruptura ontológica de lo que se entiende como lenguaje cinematográfico. Es casi un oxímoron: ver la película con los ojos cerrados. Ahí hay un gesto muy radical y a la vez muy cinematográfico.
- Estos son los planteamientos que me interesan del cine como espacio de intimidad, de introspección, meditativo. Por eso intento encontrar nuevas propuestas audiovisuales, cinematográficas, de sentir el espacio-tiempo a partir de la imagen y el sonido en la pantalla de cine.
- En el caso de Ariel, es una pequeña pausa. Es distinto y estoy contento de la película, del proceso y de cómo me ha hecho crecer, pero es un planteamiento diferente al que solía llevar hasta ahora. Pero sí, intento llegar desde la imagen, cautivar primero desde la belleza y la poesía de la imagen y su sensorialidad, y luego el lenguaje ya lo trabajaremos de una manera u otra.
Rodaje de 'Ariel' CEDIDA
- Por eso su cine resulta casi una isla, insisto, porque la corriente cinematográfica se fija más en lo que se dice que en la imagen.
- A ver, yo me siento muy emparentado y lo admiro muchísimo con Albert Serra. Tardes de soledad es una experiencia cinematográfica con mayúsculas; hay una voluntad de estilo radical desde las limitaciones formales.
- También con Oliver Laxe, que además es muy amigo. Él introduce más narrativa, pero tiene todas las partes sensoriales y animistas del desierto y los bosques. Sirat tiene una voluntad consciente de trazar un puente entre el cine comercial y el cine de autor. Un esfuerzo consciente, exitoso y hasta necesario, te diría, porque permite canalizar espectadores de un lado al otro, especialmente los del mainstream al cine autoral.
- ¿Pero resulta fácil encontrar productoras que apuesten por ello?
- Sí, es mucho más difícil. Se puede lograr alguna ayuda pública si se presenta un proyecto sólido. Más difícil es encontrar televisiones o plataformas que lo hagan. Pero bueno, aun así ahora estoy trabajando con María Zamora, de Elástica Films, en un proyecto un poco más en la línea de Oliver: mantener una búsqueda artística profunda, pero también con más impulso narrativo, más desde la ficción, y que tenga el potencial de llegar a un público más amplio que mis anteriores películas. A pesar de que Samsara tuvo bastante éxito en su medida: se distribuyó en cines de 15 países.
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- Pero bueno, su exploración del cine también ofrece espectacularidad, pero entendida de otra manera.
- Sí, con esta voluntad de explorar nuevas formas, de llevar al espectador nuevas experiencias audiovisuales, hay ahí una cosa espectacular, sorprendente, única, que yo creo que es un gran valor.
- El cine es un lenguaje muy joven, con muchos ingredientes, y no sabemos todo lo que puede llegar a expresar. Entonces hay que seguir explorándolo.
- ¿Comparte lo que dicen algunos teóricos de que con la llegada del sonoro se perdió la posibilidad de explorar lo que puede la imagen de cine?
- No, qué va. A ver, la palabra puede servir de muleta. Se puede ir a lo fácil, como con los diálogos, o tratar de explorarlo cinematográficamente de otra manera. Pero no, lo que a mi entender disminuye más la exploración del lenguaje cinematográfico es la industria y el entretenimiento. Al darle mucha más visibilidad a esas propuestas y dejar en los márgenes el cine más de exploración, al final se genera un efecto llamada y todo el mundo quiere que sus películas se vean lo máximo posible y todo se va domesticando un poco.