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Cafeteras Gaggia, una historia insólita

Es un prodigio único de supervivencia, hasta el punto de que ha superado tres procesos de insolvencia y ha cambiado de propietario ocho veces

Cafeteras del fabricante italiano Gaggia / GAGGIA
19.05.2018 00:00 h.
10 min

Esta semana se anunció la venta de la histórica compañía catalana Gaggia a su colega italiana Evoca, perteneciente al mismo ramo. Se dedica desde hace setenta años a producir cafeteras de alta calidad destinadas al sector de la hostelería. Cuenta con una planta industrial en la Zona Franca de Barcelona y con una marca acreditada.

La historia es muy agitada. Entre otros avatares, a lo largo de su existencia ha experimentado tres suspensiones de pagos y ha cambiado de manos nada menos que siete veces. Ahora se ha producido el octavo. Pocas empresas habrían logrado sobrevivir a semejantes convulsiones. Pero lo ha conseguido y hoy entronca con una de las compañías punteras de su sector.

Un pequeño gigante

Pertenecía hasta la fecha a la firma barcelonesa Quality Expresso. Ésta tiene de socios a varios directivos de la vieja Gaggia y sirvió para hacerse con la enseña, tras el fallido que la empresa protagonizó en 1999.

Quality Expresso explota el emblema Gaggia en la península ibérica e Iberoamérica. A su vez, Evoca hace lo propio en el resto del mundo. La integración de ambas compañías alumbra un pequeño gigante mundial de las máquinas del café. Además, Evoca incorpora otros distintivos de Quality Expresso, tales como Italcrem, Futurmat, Visacrem y Ariete.

Próceres históricos

Los anales de la Gaggia española son apasionantes y, al mismo tiempo, rocambolescos. Nació en los años 50 del siglo pasado por iniciativa de varios renombrados industriales de la época, como el afamado restaurador Esteban Sala Soler, dueño entre otros muchos negocios de la legendaria cafetería Milán de paseo de Gràcia-Consell de Cent, a quien acompañó su cuñado Carlos de Villalonga, marqués del Maestrazgo.

Una imagen de Giovanni Achille Gaggia / GAGGIA

Una imagen de Giovanni Achille

Por aquella época, en su consejo anidaban personajes como José María Sainz de Vicuña y Prieto, que más tarde se encumbraría al puesto de consejero-director general de BanestoCarlos de Eguilior y de Ferrer, vizconde de Illa, que luego fue director regional del mismo banco; José Jorge Garí Rossi, máximo ejecutivo de Aguas de BarcelonaRicardo Lorente, director regional de Banco Central; y Miguel Garí de Arana, quien con posterioridad sería consejero-secretario del fabricante de gases medicinales Carburos Metálicos.

Muchos años más tarde, Corporación Financiera Agbar, brazo inversor de Aguas de Barcelona, tomó una conspicua participación en el fabricante de origen italiano. Se mantuvo en el capital hasta mediados de los años 70, cuando la cedió a los restantes accionistas.

Primer descalabro

Más tarde, el control pasó a manos del financiero Leandro Jover Andreu, exvocal de Banca Jover y consejero regional del Banco CentralJover articuló un conglomerado de compañías, que bautizó con el título de Grupo Time, centradas en los sectores del equipamiento de hostelería y de la alta fidelidad.    

En 1985, el andamiaje entero de Leandro Jover se vino abajo. Las firmas integrantes instaron suspensión de pagos con unas deudas de 4.500 millones de pesetas, una fortuna en la época. Fue uno de los mayores siniestros mercantiles de aquel año en Cataluña.

En pleno desarrollo del percance, Jover la cedió y su hijuela Factoría Europea de Maquinaria Aplicada (Faema), por un módico precio, a Juan Miguel Albouy, exbancario, consejero de Sanyo España y de Mutual Cyclops. Le acompañaban en la aventura, con pequeñas participaciones accionariales, algunos amigos suyos, entre ellos Jorge TusellJoaquín MestreArturo GuillóJuan de Vilallonga, conde de San Miguel, y José María Piera Mas-Sardá.

Predecesor de los pelotazos

Albouy consiguió que los negocios de Gaggia-Faema progresaran satisfactoriamente. En un momento determinado, recibió del fondo americano Adlinger una oferta tentadora: 800 millones de pesetas. No se lo pensó dos veces y soltó el pelotazoAlbouy y sus socios articularon una finísima operación de alta ingeniería financiera, encaminada a reducir la carga impositiva al mínimo. Del montaje se encargó el abogado del Estado Juan José Folchi Bonafonte, exconsejero de Economía en el Govern de Josep Tarradellas y más tarde inspirador y arquitecto de las sociedades instrumentales que el financiero Javier de la Rosa montó en Grupo Torras.

Adlinger era un precursor de los fondos de inversión y de capital riesgo que hoy tanto menudean. Su estrategia consistía en comprar a destajo empresas y más empresas de alto crecimiento, pero sin poner un céntimo de su bolsillo. Para ello se valía de créditos bancarios que apalancaba con los activos de las propias firmas adquiridas.

Digo que fue precursor porque por aquella época se hizo sucesivamente con Rótulos Roura, de carteles luminosos, que hoy pertenece a la ACS de Florentino Pérez; con Industrias Metalúrgicas Moncunill, fabricante de cubiertos, ollas, sartenes y cafeteras de acero con la marca Monix, célebre por sus anuncios “Qué menos… que Monix”; y con Tintes Viscolán, de acabados textiles, que corriendo el tiempo desaparecería del mapa en medio de una sonada quiebra.

La primera máquina de café expreso de Gaggia para uso doméstico se llama GILDA / GAGGIA

La primera máquina de café expreso para uso doméstico se llama GILDA

En la mayoría de esos trasiegos, Adlinger dio los oportunos “pases”, propinó suculentos pelotazos y obtuvo jugosas plusvalías. Pero como fabricante de cafeteras se atragantó.

Segundo desplome

La economía internacional se estaba deteriorando y, para más inri, sobrevino la primera guerra del Golfo Pérsico. Entró en pérdidas y el petardazo que Adlinger pretendía se frustró. En 1992, Gaggia presentó su segunda suspensión de pagos, esta vez con una deuda de 5.000 millones.

El principal acreedor resultó ser el banco americano Chase Manhattan Bank, que le había suministrado abundantes créditos. La crisis de la cafetera pintaba mal. A la sazón, un representante de Adlinger pidió audiencia al delegado de Chase en Barcelona, le entregó las llaves y se esfumó. La entrevista duró cinco minutos. Salió del despacho, tomó un avión a Italia y repitió la jugada con el fabricante de cafeteras situada en aquel país.

La misma piedra

Los del Chase no tuvieron otro remedio que pechar con el "muerto". Y nombraron a un ejecutivo de su confianza, John Starr, con la misión de salvar los muebles.

Pero las deudas arrastradas y las fuertes pérdidas que venía registrando la empresa agotaron su capacidad de resistencia. En 1999, volvió a declararse en insolvencia, esta vez con 3.000 millones de pasivo. El Chase fue otra vez el máximo acreedor.

Los salvadores

El banco acabó por ceder todo el capital, por un precio simbólico a Starr y a varios directivos, entre ellos Jorge Roura BoadaRafael Viguer Muñoz, José Casasayas Puig y Julián Melbourne.

En 2001, el expediente suspensorio se saldó con la liquidación del histórico fabricante. Sus activos, la fábrica y las marcas, se traspasaron a la sociedad Quality Espresso, constituida por Juan Archs. A Quality se sumaron RouraViguerCasasayas y Merlbourne.

En los últimos tres lustros, Quality Espresso ha disfrutado de una existencia plácida, a años luz de las vicisitudes anteriores. Sus ventas han crecido, ha acumulado beneficios y ha logrado mantener un apreciable cupo de mercado.

Tras muchos años de brega por el salvamento de la histórica marca, esta semana la empresa fue traspasada por una cifra jugosa a los italianos de Evoca. Pocas firmas catalanas han conseguido sobrevivir a tal alud de adversidades.

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