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Esteban Hernández, autor de El tiempo pervertido, en la entrevista con 'Crónica Global'

Esteban Hernández: "En época de crisis los activos vuelven a sus verdaderos dueños"

El autor de 'El tiempo pervertido' considera que los problemas que los populismos han aflorado no se quieren resolver porque las élites "sólo quieren más poder y recursos"

05.01.2019 00:00 h.
17 min

Esteban Hernández lleva años analizando lo que ocurre en el trasfondo de la vida económica y política. Sus preguntas inquietan porque no hay todavía respuestas claras. Cómo avanza el capitalismo, cómo se desarrollan las empresas, qué se ha aceptado y sobre qué se está dispuesto a combatir. Es periodista en El Confindencial, y es autor de libros como El fin de la clase media (2014), Nosotros o el caos: así es la derecha que viene (2015) o Los límites del deseo, instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI (2016). Ahora publica El tiempo pervertido, derecha e izquierda en el siglo XXI (Akal), en el que expone que los populismos han aflorado algunas cuestiones que deben atenderse; que el juego entre las grandes potencias deja desamparada a la Unión Europea y que, aunque se sabe lo que se debería hacer, las élites luchan entre ellas y quieren únicamente más poder y control. El mensaje produce inquietud. Esteban Hernández no es condescendiente con nadie y señala que todos los ciudadanos pueden actuar, que existen fórmulas, que nada está escrito.

'El tiempo pervertido', de Esteban Hernández

En el libro se analizan fenómenos que recuerdan a los actuales, como el que vio ascender al People’s Party en Estados Unidos, a finales del siglo XIX. Entonces, como ahora, las grandes empresas se organizaban como oligopolios y los propios granjeros, propietarios nada opuestos al sistema capitalista, trataron de combatir los excesos. Lograron un candidato que recogió sus demandas, Jennings Bryan, contra el republicano William Mckinley, que ganó, con el apoyo de gigantes como la Stantard Oil de Rockefeller. Lo que reivindica Hernández es que no todo está escrito, aunque no se percibe una salida muy optimista en el marco del nuevo orden geopolítico que se dibuja, con China, Estados Unidos y cada país europeo (y también los independentistas catalanes) buscando su propia salvación, sin pensar en el conjunto. La idea es que en estas décadas, “los activos vuelven a sus verdaderos dueños", es decir, que se ha abandonado la posibilidad de mantener el estado de bienestar. Lo que se ha vivido en Europa, si sus élites no lo evitan, habrá sido una excepción en la historia reciente.

--¿El populismo, en realidad, es inevitable y necesario para provocar una reacción? Un economista como Dani Rodrik sostiene que es positivo un cierto populismo, que ha acertado, por ejemplo, con la cuestión del comercio internacional, que debería tener en cuenta.

--Era inevitable. Cuando las sociedades se deterioran (y la nuestra vive una época económicamente mala) siempre hay alguna respuesta social, del tipo que sea. El populismo de izquierdas fue de una manera, el de derechas, el que está triunfando, otra. Y muchas de sus críticas responden a la realidad, ponen el acento en problemas serios: lo que llamamos desigualdad no es más que la pérdida de poder adquisitivo, nivel de vida, opciones de generación de ingresos y también vitales para trabajadores fabriles, del sector servicios, titulados universitarios de la mayoría de los sectores, pequeños empresarios, autónomos, una parte sustancial del funcionariado, cuadros intermedios de grandes firmas e incluso medianos empresarios, en especial si están ligados a su territorio. Ese declive, que es palpable, ha encontrado una línea de expresión política, que nos gustará más o menos. Y frente a eso, como señala Rodrik, o como últimamente subrayan medios típicamente liberales, como The Economist o Financial Times, se hace imprescindible una contrarreacción que ofrezca un nivel de vida aceptable, así como la esperanza en el futuro, a las poblaciones occidentales. Si el sistema en el que vivimos quiere mantenerse, ese es el camino. Pero ocurre igual que con el cambio climático: todo el mundo sabe que el problema existe, conocen las consecuencias, saben que deberían tomarse medidas, pero no se llevan a cabo.

--La idea del tiempo pervertido, que da pie al título del libro, ¿implica que existe una especie de repetición a lo largo de la historia, que cuando la economía vive momentos expansivos, se vuelve a una contracción, como si a la elite capitalista se le hubiera ido la mano con una supuesta generosidad anterior?

--Sí, vivimos una contracción, que era esperable. El Muro de Berlín permitió que los países occidentales, como oposición primera a los regímenes comunistas, tuviéramos un nivel de vida elevado, más que en ningún otro momento de la historia. Pero cuando cayó también se vinieron abajo las prevenciones de las élites capitalistas sobre la necesidad de tener países cohesionados y estables. Prefirieron comenzar a recoger, mediante esa contracción, los bienes que habían permitido crear las clases medias y sacar de la pobreza a las populares. Se dice que en época de crisis los activos vuelven a sus verdaderos dueños, y este tiempo es muy similar.

--Usted explica que las elites no tienen ningún interés en reformas, que sólo buscan acumular más poder, ¿no es una actitud suicida? ¿O se trata de una forma de actuar inconsciente, porque han llegado a ser incapaces de percibir la realidad?

--Más que personas concretas, lo que dominan son lógicas. Por poner un ejemplo, aunque hay más, en nuestro tiempo las lógicas las impone lo que se ha dado en llamar financiarización, una de cuyas necesidades es la orientación hacia los grandes accionistas. La gran mayoría, fondos. Y generar cada vez más beneficios, ya sea como dividendos o recompra de acciones, no puede hacerse más que a costa de otros negocios, de los asalariados, de los clientes, (en fin, de todo aquello que rodea a las empresas productivas) o a través de la especulación, sea en forma de private equity, high frequency trading, fondos buitre o tantas otras maneras. Cuando estás inmerso en esa carrera queda poco margen para hacer otras cosas. Muchos CEO, y quienes les rodean, saben que están tomando medidas cortoplacistas que pondrán en dificultades a las empresas que dirigen, pero no son capaces de salirse de esa dinámica. Y si quisieran, lo tendrían muy difícil. Otros, sin embargo, y también son muchos, no se plantean nada. Siguen bailando mientras la música suena y no se preocupan por nada más. Al final, todo esto tiene consecuencias políticas y sociales, como no puede ser de otra manera.

--Europa es la que más puede pagar en esa lucha global, con actores como China o Estados Unidos. ¿La Unión Europea tendría solución, pero depende de la actitud de algunos países centrales, como Alemania, y de sus propias elites? ¿Eso va a ser imposible en los próximos años, o se reaccionará en el último momento?

--No tiene ninguna pinta de que esto vaya a girar. Hay que tener en cuenta que el populismo de derechas es anti-UE y cada vez tiene más fuerza en los países europeos. El Brexit es un buen ejemplo. La amenaza está ahí, y las élites europeas continúan actuando exactamente de la misma manera. Y el problema es serio, porque la UE también tiene un enemigo exterior poderoso, como es EEUU, cuyo presidente ha repetido con insistencia que la UE alemana es un problema comercial para él y que se sentiría mucho más cómodo negociando los tratados con cada país que con una unión de ellos que tiene más fuerza negociadora. Trump, y una parte importante de las élites estadounidenses, está reescribiendo la alianza con Europa en términos mucho menos favorables para nosotros. Prefiere una UE débil. Juntas ambos aspectos y te encuentras con un problema muy, muy grave. Y ni aún así reaccionan.

--Usted enmarca la cuestión catalana en ese contexto. ¿Hasta qué punto el independentismo ha sido una respuesta populista? ¿Se podría decir que el independentismo ha visto, antes que otros movimientos, que solo queda una especie de salida individual de probar suerte para no ahogarse dentro del proceso de globalización?

--Hay varios independentismos. No es igual Puigdemont que ERC o la CUP, aunque compartan el objetivo final. El de Puigdemont se ha asentado siguiendo directrices típicas del populismo: en él residía la idea de que a Cataluña, un país moderno, le iría mucho mejor en el mundo global si fuera por su cuenta, desligado de los lazos con territorios que son una rémora; la culpabilización de Madrid como responsable de los problemas catalanes es simétrica a las que realizan los partidos populistas europeos de derecha con Bruselas o los trumpistas con Washington; la creencia de que ir por cuenta propia resolverá los problemas sociales y el deterioro del nivel de vida, que esa es la promesa de Trump respecto de sus nacionales, o del Brexit, o de Salvini y Le Pen, también ha funcionado con mucha potencia en Cataluña, como lo es la resolución de los problemas de clase por la vía identitaria-territorial. Y sí, como dices, es una especie de intento de correr más rápido en una competición global que está perjudicando a muchos territorios, incluido el nuestro.

Esteban Hernández, autor de El tiempo pervertido, en la entrevista con 'Crónica Global'

Esteban Hernández, autor de 'El tiempo pervertido'

--¿Debemos asumir que la democracia liberal ya está caducada, que no es posible recuperar consensos básicos, que es un sistema que para ir bien necesita fabricar ciudadanos liberales y que no los ha creado?

--No. Por una parte, corre el peligro serio de ser sustituida por un capitalismo sin democracia; por otra, las instituciones liberales, así como las creadas durante el Estado del bienestar, deberían ser necesarias, en tanto límites al poder, en cualquier clase de sistema. Ahora estamos en el medio: las instituciones no funcionan y cada vez están más impregnadas de lógicas que son ajenas, como las de generación del máximo beneficio, las de los intereses de los grupos que las componen, en detrimento de las instituciones mismas, o de la propia corrupción. Daremos un giro hacia un lugar o hacia otro: o reforzamos las instituciones (y eso significa limpiarlas de todo aquella que las corrompe) en cualquier sentido o, aunque subsistan, se convertirán en meras ficciones de regímenes poco o nada democráticos.

--¿Es posible esa reacción que usted dice del nosotros, teniendo en cuenta, por ejemplo, nuestra capacidad de consumo, actuar como consumidores, cuando se promociona por tierra, mar y aire las vías individuales, a través de redes sociales, de plataformas digitales? Es decir, ¿cómo defenderse con proyectos colectivos, desde actitudes personales?

--La reacción se va a producir, lo que está por ver es cómo. Sin ir más lejos, esa derecha de las identidades nacionales es una forma de reconstruir un sentido colectivo que se perdido entre tanta fragmentación, muy instigada por los caminos que señalas, así como de otorgar una autoestima y un sentido del sí mismo que sufre en estos escenarios. Pero tal y como están planteados, estos movimientos no harán más que profundizar en los males del sistema, porque no aspiran a cambiar nada, sino a conseguir más ventajas para un grupo concreto, sus nacionales. No podemos entender el viraje geoestratégico de los EEUU de Trump si pasamos por alto este punto. Pero los proyectos colectivos también podrían tomar otra dirección política y solucionar problemas en lugar de agravarlos, o la de llevarnos hacia regímenes autoritarios. Incluso se podrían entender proyectos colectivos, porque lo son, aunque resulten perversos, los que estructuran algunos países a partir de mafias poderosas.

--¿En qué medida Pinker o Hans Rosling, con Factfulness, distorsionan el problema? Dicen que todo va mucho mejor, pero cuesta percibirlo. ¿Lo que pasa en Occidente es que se ha perdido la idea de un cierto sentido de la vida, de cómo se avanza y con quién?

--Hay varios elementos en juego en las propuestas de Pinker o Rosling. Uno de ellos tiene que ver con que, como muchas afirmaciones conservadoras, tienen parte de verdad y parte de mentira. Quizá el gráfico diga que hay más clases medias que viven mejor en el mundo, pero no es cierto si lo circunscribimos al entorno europeo. Que haya menos pobres a nivel global es un gran avance, pero que haya más personas bajo el umbral de subsistencia en Europa es un notable retroceso. Ambas cosas suceden a la vez. En segunda instancia, contiene una suerte de afirmación de las injusticias presentes utilizando la comparación con las pasadas. Sí, es verdad que vivimos mejor que en la Edad Media, pero no veo en qué sentido eso ayuda a las familias que están atravesando dificultades. Y, en otros casos, ese avance también es peligroso, como en lo que se refiere al cambio climático o a la guerra nuclear, riesgos ciertos que no existían hace 200 años. De manera que ese pensamiento positivo busca más acallar las críticas respecto de las cosas que no funcionan que intentar solucionar los problemas que tenemos. No les veo mucha utilidad.

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