Natalie Battle (i) con Silvio Elías (d) en un fotomontaje en el Juno House

Natalie Battle (i) con Silvio Elías (d) en un fotomontaje en el Juno House

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Silvio Elías detiene la crisis interna en Juno House y se convierte en el principal accionista

El fundador de Caprabo y actual dueño de Veritas compra la participación de Natalie Batlle y Liana Grieg tras diferencias con las fundadoras del selecto club de mujeres

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Silvio Elías Marimón, uno de los empresarios más respetados de Barcelona, ha dado un golpe sobre la mesa al convertirse en el accionista mayoritario de Juno House.

Este hombre de negocios, fundador de Caprabo y actualmente propietario de la cadena de supermercados ecológicos Veritas, ha comprado el paquete accionarial de Juno que poseían dos de sus fundadoras e ideólogas: Natalie Batlle y Liana Grieg, ambas estadounidenses.

Crisis detenida

Con este movimiento, Elías ha detenido una crisis interna gestada en el seno de la Barcelona más chic durante los últimos años.

Si bien el equipo de comunicación del club niega desavenencias entre las fundadoras y ha vendido la salida de Batlle y Grieg como una nueva frase de "crecimiento", fuentes consultadas por este medio lo desmienten. Y explican que la salida se debe a rencillas y diferencias entre la parte estadounidense del equipo directivo y la catalana, que ha acabado por imponerse.

Encuentro con Elma Saiz, ministra y portavoz del Gobierno, en Juno House, en Barcelona

Encuentro con Elma Saiz, ministra y portavoz del Gobierno, en Juno House, en Barcelona Cedida

Según ha podido corroborar este medio de diversas fuentes, Batlle y Grieg quisieron ceñir la operativa del club al lifestyle, con un concepto selecto parecido al de Soho House.

En cambio, Eva Vila-Massanas y la familia Elías (tanto el padre como los tres hijos, Silvio, Ignasi y Adriana Elías de Gispert) querían una comunidad que formara parte del tejido del upper Diagonal, parecido al Círculo Ecuestre y con una comunidad de empresarios y networking. La idea es ir en la línea de la última charla que ha tenido lugar en Juno, en la que ha participado la ministra Elma Saiz.

Una CEO para desplazar a Batlle

Los desacuerdos en la línea estretégica acabaron con la fundadora Natalie Batlle desplazada de la gestión y recolocada en una simbólica presidencia no ejecutiva. En su lugar se contrató a la directiva Beatriz de Vicente como CEO y se despojó a Batlle de sus poderes en la gestión.

Tras meses de negociaciones internas, las dos fundadoras han decidido vender y salir del proyecto que fundaron, y la familia Elías ha comprado su parte. En público, Batlle asegura que desinvierte para emprender nuevos proyectos, y también para pasar más tiempo con su familia.

Pese a las tensiones, la salida ha sido amistosa, sostienen las mismas voces.

Pérdidas

En sus tres primeros años de vida, el club de la calle Aribau acumula un millón de euros en pérdidas. El balance se ha agravado en el último año, en el que los ingresos han caído un 16% y las pérdidas han crecido un 20%, hasta los 337.000 euros.

Si bien ha logrado convencer a 600 socias, que pagan unos 2.000 euros al año, el concepto no ha sido rentable.

La cantidad no preocupa a la familia Elías, según ha podido saber este medio, pues su fortuna es muy elevada desde que hace casi dos décadas vendió Caprabo a Eroski.

Sin embargo, Juno está buscando la manera de captar más ingresos para no depender exclusivamente de las cuotas de las socias.

El recuerdo de The Wing

Juno deberá evitar terminar como The Wing, el club neoyorkino en el que se inspiró y que colapsó hace un par de años.

Sus locales disponían de sofás de terciopelo, estanterías organizadas por colores, duchas con productos de alta gama y cafeterías con nombres de platos inspirados en iconos feministas. Eran los años previos al primer mandato de Donald Trump y burbujeaba el movimiento MeToo.

Llegaron a tener una lista de espera de 9.000 personas y una valoración de 200 millones. Ser "una chica Wing" era un símbolo de estatus en Instagram y se organizaban charlas con Hillary Clinton o Jennifer Lawrence.

El concepto colapsó de la noche al día. Las empleadas del club, en su mayoría mujeres racializadas con salarios mínimos, denunciaron condiciones laborales precarias y humillantes. La expansión descontrolada también desestructuró el balance de la empresa, y la estructura financiera se hundió. La falta de rentabilidad y un ambiente tóxico interno acabaron con el proyecto.