Llamadas a la sublevación

Ramón de España
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Ese incidente insurreccional del que hablaba, hace ya cierto tiempo, Joaquim Coll en uno de sus espléndidos artículos para El Periódico de Catalunya parece estar tomando cuerpo últimamente en torno al futuro juicio del Astut y dos de sus sirvientas más leales por el referéndum ilegal del 9-N. La fiscalía pide diez años de inhabilitación para Mas y nueve para Ortega y Rigau; y la respuesta ha ido un poco más allá de lo habitual, que consiste, como todos sabemos, en que no se puede juzgar a nadie por poner las urnas y en que la democracia española es de muy baja calidad.

Esta vez, Catalunya Ràdio ha comentado la posibilidad de impedir físicamente el juicio a través de Sílvia Cóppulo, una de las voces más tontas del prusés, aunque de una fidelidad perruna a la causa, y luego se han sumado algunas voces más, puede que igual de lerdas pero más preocupantes: no me refiero a Eduardo Reyes, charnego agradecido y despreciable, sino a Xavier Vendrell, aquel calvo con pinta de skinhead que antes de dedicarse a la política ejerció de terrorista en Terra Lliure. Es como si hubiera ganas, por parte del ala más radical del nacionalismo, de llegar a las manos. ¿O no era eso lo que pretendía Quim Arrufat cuando dijo que había que sacarle al Estado una manta de palos que poder utilizar luego convenientemente para hacerse con la simpatía de la comunidad internacional? ¿O a lo que aspiraba Joan Tardá cuando aseguró, ¡santa inocencia!, que si los españoles lo metían en el talego, los catalanes le sacarían (doy por sentado que en hombros)?

Esto del 'prusés' es más largo que un día sin pan, se avanza a la pata coja y Cocomocho no sale ni a tiros al balcón de la Generalitat a declarar unilateralmente la independencia

La verdad es que los entiendo. Esto del prusés es más largo que un día sin pan, se avanza a la pata coja y Cocomocho no sale ni a tiros al balcón de la Generalitat a declarar unilateralmente la independencia. En ese sentido, una buena algarada para entorpecer el curso de la justicia puede hacer muy feliz al sector más presuroso del asunto. Y su consiguiente represión a porrazos puede hacerme muy feliz a mí y a todos los que ya estamos hasta las narices de la chulería permanente de los separatistas.

De todos modos, dudo mucho que el hecho insurreccional llegue a producirse. La mayoría de burgueses soberanistas que acuden cada año al aquelarre de la ANC no están dispuestos a correr el menor riesgo: ¡Bastante hacen por la causa un día al año dejando de ir a esa segunda residencia en el Ampurdán o la Cerdaña que les obligaron a comprar los españoles! Así pues, el incidente insurreccional deberán protagonizarlo la señora Cóppulo, el señor Vendrell, el gran Tardà y los pringados de la CUP: Arrufat, Salellas, Garganté, Reguant, Titot y Gabriel, si no está muy ocupada oliéndose la entrepierna para decidir si conviene adelantar un poco la ducha trimestral.

En nombre de esa prudencia que igual nos hace traidores, los true believers de la secesión serán dejados en la estacada por ERC y los restos de Convergència. Puede que Garganté se lleve a algún mosso d'esquadra por delante, pero al tirillas de Salellas me lo van a desgraciar.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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