La subasta de los pechos de Lucía

Ignacio Vidal-Folch
6 min

Hasta ahora el artículo vendido en subasta pública que más nos había impresionado era la radiografía del tórax de Marilyn Monroe. La famosa actriz tenía crónicos problemas de salud y, seis años antes de su muerte, fue al hospital Cedars of Lebanon (Florida) donde le hicieron la radiografía en la que se ven las arqueadas sombras de las costillas, en el entorno azulado y un poco turbio propio de la radiografía; quizá el lector recuerde que, hace unos pocos años, un idólatra compró esa lámina en una subasta de Las Vegas por 36.000 euros, para que presida como alucinante joya su colección de fetiches.

Miriam Sánchez, en arte Lucía Lapiedra, ha superado este fetichismo; aunque el aura mítica de la porno-diva española no pueda compararse con la estrella americana del cine de los años cincuenta y sesenta, icono luminoso del siglo XX, Lucía (o Miriam) le da mil vueltas a Marilyn en el enfermizo morbo de la subasta de sí misma, en la venta pública de la propia intimidad física.

Miriam, que sufría fuertes dolores de espalda y otras molestias derivadas de los implantes mamarios de silicona, cuyo gran tamaño tanto contribuyó al éxito de su carrera profesional, hace ya algún tiempo decidió cambiar de vida. Renunciar al porno. Consecuente con aquella decisión, ahora se ha hecho extraer los implantes y, como es una mujer práctica, una mujer con los pies en el suelo --o a lo mejor todo lo contrario: una artista conceptual-- los ha puesto a la venta. Un idólatra llamado Rufo los ha comprado por quinientos euros.

La modestia de la suma le da a esta transacción un aire cutre de mercadillo provincial que, me parece, no hace justicia a su naturaleza misteriosa y ambigua, como siempre lo son los fetiches. Misteriosos, ambiguos en su propia materialidad objetual.

Me asombra el procedimiento impersonal y tecnológico, con la garantía del Estado, por el que Rufo consiguió los implantes: "Yo le hice una transferencia bancaria, y ella me los envió por correo certificado"

Entiendo perfectamente que Rufo exponga esos implantes de silicona --puro espectro del sex-appeal, que estuvieron en íntimo contacto con las entrañas de Lucía, tocándole casi el corazón-- en una estantería de su piso. Imagino que los manoseará de vez en cuando, para sentir en las manos su blandura maleable y movediza; a lo mejor, mientras ve por enésima vez una película de Lucía Lapiedra. Imagino su soledad en un universo mental fantasioso.

Pero lo que me asombra es el procedimiento impersonal y tecnológico, con la garantía del Estado, por el que Rufo consiguió los implantes: "Yo le hice una transferencia bancaria, y ella me los envió por correo certificado".

El deseo de Rufo, sublimado en fetichismo, y los objetos gemelos que lo satisfacen, ¿no recuerdan la canción de Paolo Conte sobre el día en que recibe una carta con los papeles del divorcio? Parole d'amore Scritte a Macchina.

                                   Eh, eh, eh, rido perché

                                   --a parte lo stile del tuo legale--

                                   sono parole tue

                                   d’amore scritte a macchina

                                   baby, baby, van tanto bene per me.

 

("Je je je, yo me río porque, al margen del estilo de tu abogado, al fin y al cabo son palabras de amor tuyas escritas a máquina, y para mí con eso basta".)

El gesto de Miriam Sánchez al subastar sus falsos pechos (¡por 500 euros!), iniciativa a la vez modesta y audaz, como culminación conceptual y despedida final de su carrera, gesto ultrapornográfico, ha pasado por las noticias de actualidad casi desapercibido, sin pena ni gloria, y parece que nadie se detenga (quizá por el factor repulsivo de la transacción) a reparar en sus implicaciones y sugerencias casi infinitas. Sin embargo, yo diría que merece una meditación, un comentario, o por lo menos una oración, y por eso lo reseño y celebro con estos párrafos.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario Papel y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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