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La iglesia luterana en memoria del káiser Guillermo, coloquialmente conocida como Gedächtniskirche, en lo que antiguamente era Berlín occidental / CG

El suelo bajo Berlín

La capital alemana, en especial la parte que estuvo tras el muro, se ha convertido en uno de los destinos preferidos por los españoles amantes del turismo urbano

9 min

El Berlín que se mantuvo bajo la bota comunista durante más de cuatro décadas es la ventana por la que Alemania quiere enseñar su capital. Algo que quizá no es tan obvio para el visitante, aunque sí para los alemanes. Tienen mucho interés en demostrar cómo han sido capaces de dar la vuelta al casi medio siglo que una parte del país permaneció aislada en el océano del paraíso socialista y más aún por subrayar los 28 ignominiosos años en que la ciudad estuvo dividida.

Un turista podría deambular durante días por sus calles sin ni siquiera pisar lo que fue la auténtica Berlín durante los 44 de partición del país, la occidental. No era la capital política ni económica de la RFA, pero tenía un gran protagonismo. Y, de hecho, pese a su difícil situación era la urbe más moderna del país y el objeto del deseo de los berlineses del otro lado. Los continuos intentos de pasar al otro lado de los ciudadanos de la RDA motivaron precisamente la construcción del muro

Una ciudad muy europea

Los edificios más nobles, las calles más comerciales y los restaurantes con más sabor siguen estando en el entorno de la iglesia dedicada al káiser Guillermo, la Gedächtniskirche, cuyos restos en carne viva recuerdan desde 1945 los efectos de la segunda guerra mundial.

Los viajeros pueden tropezar con ese Berlín, el más europeo y tan poco explotado desde el punto de vista turístico, casi por casualidad al dejarse caer por el zoológico o el acuario. De hecho, se trata de una parte de la ciudad que incomprensiblemente algunas guías apenas recogen, que incluso queda fuera de sus planos. El esfuerzo de las autoridades alemanas por recomponer la zona que estuvo bajo el dominio soviético, el territorio donde están los restos medievales de la ciudad, ha concentrado su enorme oferta cultural, incluida la famosa Isla de los Museos, más allá del Checkpoint Charlie.

El Monumento a los judíos de Europa asesinados, también conocido como Holocaust-Mahnmal o Monumento del holocausto / CG
El monumento a los judíos de Europa asesinados, también conocido como Holocaust-Mahnmal  / CG

El muro que partía la ciudad ya no existe más que en algunos pequeños tramos de exhibición, pero una señal en el pavimento recuerda su trazado. Ese es el primer polo de atracción turística. Rememorando la conocida película de Wim Wenders --El cielo sobre Berlín--, podría decirse ahora que para conocer el alma de sus habitantes hay que mirar Berlín desde el suelo, marcado por una cicatriz del pasado comunista que al viajero se le puede antojar extraña.

Han transcurrido 30 años desde que cayó la valla de la vergüenza, dos más que su propia existencia. Es como si la Barcelona o el Madrid de 2005 se empeñaran en mostrar a sus visitantes las huellas de la dictadura franquista en un lamerse las heridas desconcertante.

La capital alemana conserva al menos cinco monumentos erigidos por los rusos en conmemoración y recuerdo de sus victorias y también de sus víctimas. El más llamativo es, probablemente, el que recuerda a quienes cayeron en 1945. Está situado en el parque de Tiergarten, cerca de la Puerta de Brandeburgo, y es enorme: incluye dos tanques, modelo T-34, de los que usaron los soviéticos en la guerra. De cuando en cuando, se organizan campañas para desmontar esos recuerdos, que muchos alemanes consideran ofensivos, pero las autoridades se resisten.

La Puerta de Brandeburgo, otro gran foco de atracción, es el equivalente la basílica de la Sagrada Família de Barcelona, el lugar que nadie deja de visitar, y escenario de todo tipo de celebraciones locales. En su entorno se encuentran las embajadas norteamericana y británica. De allí parte el legendario Unter den Linden, un bulevar que en su día fue el más glamuroso de la capital y en el que vuelven a ubicarse las misiones diplomáticas.

También está allí el Adlon Kempynsky, el hotel más lujoso de la capital alemana. Hay que visitarlo, no necesariamente para comer en su dos estrellas Michelin, pero si para disfrutar del espectáculo de su bar. Los especímenes más curiosos, habitantes y visitantes, también los más estrafalarios. Tampoco para alojarse en él, pese a que sus habitaciones son de lo mejor.

Se reconstruyó tal como era a principios del siglo pasado, pero estar en el meollo turístico berlinés no le beneficia. Y mantener aparcados frente a su entrada principal un Bentley y un Rolls Royce de plantilla es más un cante que otra cosa. En verano cuelga el no hay billetes, una saturación que dificulta que el servicio esté a la altura de los precios. La convivencia de empleados de librea y gorra con huéspedes en bermudas y chancletas es imposible.

Potsdamer Platz, importante plaza pública e intersección del tráfico del centro de Berlín / CG
Potsdamer Platz, un buen exponente de la nueva arquitectura berlinesa / CG

Una de las primeras preguntas que el turista se hace al pasear por el nuevo Berlín es cuánto tiempo tardarán los arquitectos de la ciudad en adaptar sus diseños a la nueva climatología. Un lugar con temperaturas tan exageradamente altas como las que viene registrando la capital alemana desde hace ya unos años debería contar con edificios bien preparados. No se trata solo de disponer de sistemas eficaces de refrigeración, sino de elementos que permitan una ventilación eficaz y rápida; de paredes y ventanas que protejan de la insolación, por ejemplo. La nueva edificación de Berlín –vanguardia mundial-- usa y abusa de las grandes cristaleras en las partes más altas de los inmuebles en busca de luz y calor.

Con exponentes tan hermosos como la cúpula del Reichstag. Norman Foster quiso dejar su sello de modernidad y sostenibilidad con una esfera de cristal en la azotea de magníficas vistas, mientras que el resto del edificio fue reconstruido con absoluta fidelidad al pasado. La obra está hecha pensando en transmitir iluminación y temperatura hasta la sala de plenos gracias a una ingeniería de última generación con un diseño que usa el vidrio para evocar la transparencia de la democracia.

Cambio climático

Si el cambio climático se mantiene, la esfera seguirá proporcionando una panorámica excelente, pero será una puerta abierta al calor de costosísimo mantenimiento. Nadie la construiría en una ciudad que sufre temperaturas de 38 grados en junio, como ha sucedido en 2019 y como viene siendo habitual en los últimos años si está pensando en la sostenibilidad y el ahorro de recursos naturales.

Berlín es un buen destino turístico con numerosas atracciones, sobre todo en materia cultural –música, historia, arte--, que ya ha sido descubierto por los españoles. Basta con pasear por sus calles más céntricas para comprobarlo. Vueling conecta Barcelona con la capital alemana con hasta 11 frecuencias semanales. Desde Bilbao se operan otras dos. Como todas las ciudades, en verano pierde un poco de su personalidad tanto por la ausencia de una parte de su población habitual como por las temperaturas. Ya lo dicen los diseños de sus arquitectos: Berlín es invierno.

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