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Un bebé coge la mano de su matrona / EUROPA PRESS

Un volcán en explosión, el dietario de una embarazada

Tras la cesárea incorporarse sin ayuda de nadie es imposible y cuando lo intentas el dolor en el bajo vientre es tan intenso que te desmayas

6 min

Cuando trato de recordar las primeras horas junto a mi bebé recién nacido me viene a la cabeza una sola imagen: su cabecita golpeándose suavemente contra mi pecho, como un pájaro carpintero, en busca de un pezón. “¡Mi topito!”, le decía, ayudándolo en su búsqueda instintiva hacia mi pecho. Pensar que unas horas antes flotaba tranquilo en mi barriga y ahora estaba ahí fuera, indefenso, sin ver nada, me despertaba un sentimiento de ternura inimaginable. Sentimiento que, sin embargo, se esfumaba por segundos cuando finalmente encontraba mi pezón y empezaba a succionar. ¿Cómo podía hacerme tanto daño?, me preguntaba, agarrándome a la sábana. “Tu bebé ha sacado un 10 en la prueba de succión, puedes estar orgullosa”, me comunicó unas horas más tarde el pediatra de guardia, sacándome de dudas.

Por suerte, mi hijo nació sano como una manzana y superó todos los exámenes médicos con buena nota. Hasta su peso --3,2 kilos-- era ideal: le cabían todas las mudas de recién nacido que mi madre y yo le habíamos traído a la clínica.

Para aliviar el dolor de los pezones, las enfermeras me proporcionaron una pezonera, una especie de protector de silicona pensado para facilitar el amamantamiento, y la cosa mejoró un poco. También ayudó la presencia de una asesora de lactancia, una mujer joven, de voz dulce y calmada, que me convenció para que tuviera paciencia y lo siguiera intentando. El pediatra también insistió: “si puedes, dale leche materna, al menos los primeros cuatro meses”.

Postrada en la cama como estaba, tampoco podía pensar en ponerme a hacer biberones. Lo malo de una cesárea es que no puedes ponerte en pie hasta, como mínimo, pasadas las primeras dieciocho horas, así que dependes totalmente de tu compañero de habitación para que se ocupe de todo. En mi caso, fue mi madre quien se ocupó de cambiar los pañales del bebé y se afrentó al famoso “meconio”, la caca negro-verdosa de los recién nacidos. También fue ella quien llevó a cabo los primeros intentos frustrados de que durmiera en la cuna. Durante los siete días siguientes, mi hijo no quiso saber nada de la cuna. Solo quería estar en mi regazo. “Es normal, lo único que reconoce es tu olor, el palpitar de tu corazón...”, me dijo el pediatra.

El bebé mas guapo del mundo

A la mañana siguiente de la cesárea, dos enfermeras se acercaron a mi cama y con voz dulce me comunicaron que iban a extraerme la sonda y que después me ayudarían a levantarme para que pudiera ir al baño por mi propio pie. ¿Dos personas para ayudarme a levantar de la cama?”, me pregunté, extrañada. Lo entendí enseguida. Tras lograr sentarme en el borde de la cama, me cogieron cada una por un brazo y me dijeron: “ahora, cuando estés preparada, te pones de pie”. Asentí con la cabeza y procedí a levantarme. “Allá voy”, dije. Lo siguiente que recuerdo es sentir como si un volcán entrara en erupción en mi bajo vientre y acto seguido despertarme tumbada en la cama, con un sudor frío resbalándome por la frente. “Te has desmayado”, me confirmaron.

No intenté levantarme de nuevo hasta la hora de comer. Esta vez llegué a incorporarme y andar hasta el baño, pero luego me desmayé y me desperté sentada en la taza del váter.  Por la tarde, finalmente, lo conseguí.

“Yo le decía a mi madre que prefería ir en silla de ruedas el resto de mi vida que volver a incorporarme de la cama”, me confesó esa noche una amiga que también tuvo a su hijo por cesárea.  “No te lo dije para no asustarte”, se rió. Otras dos amigas me confesaron lo mismo: levantarse de la cama después de la cesárea había supuesto el peor dolor de su vida. “Como si te partieran en dos”, me confesó una de ellas, que estuvo sedada con metadona durante los tres días siguientes y se quedó una semana en el hospital. Mi recuperación, por suerte, fue bastante mejor, y al tercer día ya era capaz de andar por la habitación y cambiar los pañales llenos de caca de mi hijo, el bebé más guapo del mundo, y pobre de quién dijera lo contrario. Tener un hijo es como tener un flechazo. Es un enamoramiento tan fuerte que todo te da igual, incluso comprobar que dos chorritos de sangre resbalan por las comisuras de los labios de tu bebé después de destrozarte los pezones.