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Antes de dedicarse en cuerpo y alma a Pictoescritura, Roser Ballesteros desarrolló su carrera en el sector editorial. Fue una combinación de sus pasiones: el arte, la literatura, la infancia y una mirada atenta como madre de tres hijos escolarizados lo que la situaron frente a una evidencia difícil de ignorar.

Un sistema educativo diseñado para un perfil concreto que dejaba fuera talentos y lenguajes que no encajaban en el modelo académico tradicional.

“Hay niños y niñas con unas capacidades maravillosas que les cuesta que les vean, que les reconozcan esos talentos y esos lenguajes que, quizá, no son evidentemente académicos”, explica a Mujeres en Crónica al recordar el origen de su proyecto.

La creatividad es para Roser Ballesteros una herramienta fundamental para fomentar las habilidades del alumndado Paola Grenet

Esa inquietud sumada a una infancia propia marcada por la creatividad, “he crecido rodeada de artistas, con padres y abuelos que siempre estaban leyendo, en un entorno muy abierto en todo lo referente al arte, a la belleza”, fueron el germen de Pictoescritura.

Ken Robinson

El punto de inflexión llegó con la lectura de Ken Robinson, uno de los mayores expertos en creatividad, artífice de The Art in the School Projects, que popularizó la necesidad de situar la creatividad en el centro de los sistemas educativos.

Ballesteros absorbió toda su obra y empezó a cuestionarse cómo trasladar esa idea a las aulas españolas, en un momento en que la creatividad se entendía casi exclusivamente como un sinónimo de juego, de talleres puntuales.

Una convicción personal

Para ella, ese enfoque sesgado era insuficiente. “Más que en una respuesta única, la creatividad radica en la curiosidad, en la capacidad de resolver problemas, en la resiliencia, la autoestima y la autoconfianza”.

Estimular la creatividad, insiste, no puede reducirse a una actividad aislada del calendario escolar mientras el resto de la jornada permanece ajeno a ella.

Esta reflexión la llevó a tomar una decisión arriesgada: abandonar un trabajo estable para dedicarse por completo a construir el proyecto. “Cuando tienes un proyecto que de verdad quieres llevar a cabo tardará más o menos pero acaba saliendo”.

Alquiló un espacio de coworking sin un plan cerrado, consciente de que su condición de outsider del sistema educativo, lejos de ser una debilidad, le permitía pensar sin las limitaciones de quienes ya están dentro.

Un método inclusivo

Desde el principio, Roser marcó la línea que definiría un método que tendría un gran impacto social. “Quería que esa educación creativa fuera accesible para todos los niños y niñas independientemente del entorno socioeconómico o del estilo de aprendizaje (...) Para contribuir a cambiar el sistema hay que meterse dentro”.

Si la creatividad es una herramienta esencial para el futuro de los niños, debe estar al alcance de todos y coexistir dentro del horario lectivo.

Pictoescritura se aplica en la etapa de primaria, un periodo muy concreto en el que, según concluyen varios estudios, más decae la creatividad infantil, coincidiendo además con la consolidación de las competencias lectoras y comunicativas.

Fue justo ahí, en esa fase fundamental del aprendizaje donde identificó una fractura: la separación entre lengua y literatura por un lado y dibujo y plástica por otro. “Están separando lenguajes que tiene el niño. Llegamos al mundo con muchos lenguajes y parece que luego solo hay uno válido. Para mí era como si me partieran en dos, era dolor”.

Dibujar para escribir

La propuesta se sostiene sobre una idea sencilla pero nada convencional. “Había que desarrollar una metodología donde los profesores y los alumnos estén siempre conectando lenguaje visual, lenguaje oral y lenguaje escrito”.

En la práctica, esto supone invertir el orden de los factores: en vez de escribir primero y dibujar después “si sobra tiempo”, imaginar y dibujar primero y desde ahí elaborar un texto.

Esta apuesta por estimular la creatividad innata en los menores cobra especial sentido en un contexto de sobreexposición a dispositivos donde consumen miles de imágenes de bajo o nulo valor artístico.

Por eso, el método incorpora habitualmente historias de ficción ilustradas por autores de referencia, con técnicas y estilos artísticos diversos, para cultivar su imaginario como contrapeso a una imaginería digital que, según Roser, “está diseñada para invadir su creatividad”.

Cuánta más exposición haya a las pantallas, más necesitaremos del arte, de la literatura, del teatro. Esto no supone una renuncia a la tecnología sino la necesidad de un espacio donde sea posible un aprendizaje dinámico, social y compartido pero también idóneo para que ellos mismos desarrollen su imaginación, sus talentos, desde una hoja en blanco.

“Para nosotros es muy importante trabajar de esta forma, con un enfoque multimodal que conecte imagen, oralidad y texto”. Esto les permite por un lado que todos los alumnos puedan beneficiarse de ese desarrollo. Pero también que esa inclusión no suponga una merma en la calidad de contenidos.

Por eso Roser mantiene que resulta esencial exponerles a materiales literarios y artísticos ricos, diversos y complejos. “Ellos tienen la capacidad de aprender. La inclusión no puede ser que al final bajemos tanto que el lenguaje se convierta en algo instrumental (...). Es muy importante que las expectativas estén altas, porque creemos firmemente que la escuela es un espacio para descubrir talentos y dar oportunidades”.

Y por eso también defiende el papel del profesorado como fundamental. “Son ellos los que pueden contribuir a que todos tengan y crezcan con las herramientas necesarias para cambiar el mundo, para hacer del mundo un lugar mejor”.

Celebrar la diversidad

Más allá del discurso, Pictoescritura ha superado varias evaluaciones externas de impacto en Cataluña y País Vasco en varias lenguas. Los resultados son extraordinarios y mostraron indicadores de competencia lectora y escritora “tres veces superior” respecto a métodos convencionales.

Una historia de éxito que está presente en más de un centenar de colegios repartidos por gran parte del territorio.

Pero para Roser Ballesteros, el verdadero indicador de éxito no es sólo cuantitativo. “Si la propuesta es una propuesta creativa, la prueba del algodón es que si hay 25 niños en el aula hay 25 textos distintos”.

Defiende que la diversidad de voces es precisamente lo que debemos celebrar. “Reconocer a la personita que hay detrás de un dibujo, de un texto, que no tengan miedo a la diferencia, al contrario, que estén muy orgullosos de ella”.