Familias enteras y grupos de amigos cargan a mediodía con sillas plegables, sombrillas, neveritas, pelotas, juegos de mesa, la crema de sol, gorras, gafas… El bañador, los manguitos y los inflables, sin embargo, se han quedado ‘hoy’ en casa: no van a la playa.
“En Camp Clar, muchos no tienen las vacaciones que se ven en otros barrios”, comenta Carmina, vecina de las de toda la vida, mientras mira a su alrededor en medio de unas calles que este miércoles a eso de las cinco se han quedado vacías.
Una pareja espera la fase de totalidad del eclipse desde Tarragona
Las tiendas y los bares han bajado la persiana a la hora de comer, la mayoría de los pisos han recogido sus toldos verdes y cuesta ver alguna casa todavía habitada.
Este agosto, por un día, las vacaciones han llegado a uno de los distritos más humildes y estigmatizados de Tarragona. Un eclipse de Sol total, un fenómeno prácticamente imposible de presenciar en una vida humana, lo ha elegido por casualidad para convertirlo en uno de los puntos más privilegiados del planeta.
Decenas de personas despliegan sus sillas plegables en el parking de la Anella Mediterrània de Tarragona para ver el eclipse de Sol
Una sombrilla en el césped
José Antonio ha corrido a la salida del trabajo para encontrar un hueco en el que clavar el palo de la sombrilla bajo un calor sofocante solo aliviado por la frescura del verde césped de la Anella Mediterrània de Tarragona, zona deportiva colindante con Camp Clar.
Su mujer, Sara, que está de vacaciones, se acomoda una silla que en un par de horas tendrá las mejores vistas del mundo y saca un par de cervecitas de la nevera, mientras sus dos hijos abren la primera bolsa de patatas y sacan el balón de fútbol.
Una familia disfruta de la observación del eclipse en Tarragona
Dejan las gafas homologadas para la visualización del Sol encima de la mochila, preparadas para el momento. “Costó un poco encontrarlas, tuvimos que ir a varias farmacias”; comentan que, aunque habían escuchado que se podrían conseguir gratis a la entrada del recinto, tenían miedo de quedarse sin ellas y prefirieron comprarlas con antelación.
Llevan días compartiendo ratos en familia alrededor del aprendizaje sobre el fenómeno astronómico del eclipse.
Un padre lee un libro de astonomía junto a su mujer y su hija
En vísperas de eclipse
A su alrededor centenares de personas hacen lo mismo. Meriendan, escuchan música, juegan a cartas, leen, charlan; un paisaje familiar y festivo casi normal en un pícnic veraniego, si no fuera por el nerviosismo colectivo que se palpa en el ambiente.
Cada varios minutos alguien echa mano de las gafas de cartón y plástico para acercárselas a los ojos y corroborar que, efectivamente, la Luna no ha emprendido su camino por delante del Sol. La hora está cada vez más cerca y la expectación no deja de crecer.
Una pareja se toma fotografías instantáneas para retratar los momentos previos a la totalidad del eclipse
El primer mordisco
Un tímido aplauso que se contagia en segundos impulsa carreras para alcanzar esas mismas gafas. Miles de cabezas se alzan en busca de la estrella que preside este sistema planetario: a la colosal esfera le falta un pequeño mordisco.
Son cerca de las 19.30 y algunos, completamente absortos por la excepcionalidad del fenómeno, no apartarán la mirada –protegida– hasta dentro de más de una hora.
Una niña observa los últimos segundos antes de la totalidad del eclipse desde Tarragona
El Sol brilla naranja, iluminando de dorado las caras de no solo de los vecinos de Camp Clar que han hecho coincidir la jornada con sus vacaciones. Hasta este césped se han desplazado curiosos del norte de Cataluña, donde el eclipse no iba a alcanzar la fase de totalidad, de otras regiones de España e, incluso, desde el extranjero, para presenciar esos pocos segundos que cambian la experiencia por completo.
A través de las lentes se aprecia la delicadeza con la que la estrella, nada acostumbrada a hacerlo, va menguando minuto a minuto durante el tiempo que la manecilla larga del reloj tarda en dar una vuelta completa.
Un grupo de amigos, en el parque de la Anella Mediterrània de Tarragona, espera el eclipse
De noche al atardecer
“¡Le falta un hilito!”. Se hace un silencio cargado de expectación; alguno que otro le llama la atención a un chico alto al que le ha dado por levantarse porque a él le tapaba la vista un árbol, se vuelve a sentar. Hay calma.
Más de uno aguanta la respiración a las puertas de un instante que esperan enmarcar en un recuerdo único e inolvidable. “No os quitéis las gafas todavía, niños”, se escucha al fondo.
La corona solar, durante el eclipse, desde Tarragona
Un último destello y cae una noche que no logra alcanzar la oscuridad absoluta que muchos habían imaginado, regalándoles casi un minuto de asombro.
Un minuto para siempre
La corona solar brilla alrededor de la Luna mientras un frescor recorre la plaza y una bandada de pájaros revuela desorientada, en busca de un árbol donde anidar en una noche que les ha sorprendido en medio del atardecer, por encima de las cabezas humanas incapaces de fijar su mirada en cualquier otro punto.
Una joven, durante la espera para el eclipse
El público se debate entre grabar el momento en la retina y tratar de hacer una foto con el móvil para inmortalizarlo para siempre. No hay tiempo que perder, en unos segundos el instante habrá terminado.
Y la Luna sigue con su migración, dando paso a un nuevo rayo de Sol seguido del graznido de los patos que se dan media vuelta para regresar al estanque en el que seguirán refrescándose hasta que el día termine en poco más de media hora.
Centenares de personas observan el eclipse de Sol total en Tarragona
De vuelta a casa
Mientras el Sol recupera su presencia en el cielo, es fácil distinguir a turistas y lugareños. Los primeros se apresuran a recoger, hay que volver a casa antes del colapso de la AP-7, mientras que los segundos, despreocupados, saborean sin prisa la tranquilidad de un día de vacaciones.
En el bar La Cantonada, Humar coordina el despliegue de más y más mesas en la terraza. Se ha quedado solo al pie del cañón mientras sus empleados gozaban de unos minutos libres para ver el eclipse y ahora recibe a sus vecinos, que inmersos en una especie de alegría colectiva, no se resisten a alargar la velada alrededor de una hamburguesa y un helado.
