El rebaño de ovejas de Èric en su granja de Torà

El rebaño de ovejas de Èric en su granja de Torà LUIS MIGUEL AÑÓN BARCELONA

Vida

Èric, uno de los ganaderos catalanes que mantienen viva la trashumancia: "Es hacerles un favor a las ovejas"

'Crónica Global' acompaña al ganadero Èric Gaspà en un viaje con cerca de 300 ovejas y diez cabras de Torà a Esterri d'Àneu, para que los animales pasen el verano en los pastos del Pirineo

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Ninguna quiere subir. Casi 300 ovejas se apelotonan frente a la rampa de un camión de tres plantas mientras Èric Gaspà despliega vallas metálicas para cerrarles cualquier escapatoria.

Son las siete de la mañana en una granja de Torà y los cencerros no dejan de sonar.

El rebaño de ovejas

El rebaño de ovejas LUIS MIGUEL AÑÓN BARCELONA

El ganadero estrecha el cerco poco a poco. A veces levanta la voz. Las ovejas se empujan unas a otras; todas quieren avanzar, pero ninguna quiere entrar.

“Lo bueno y lo malo de las ovejas es que donde va una, van todas”, resume Gaspà.

La primera en subir

Al cabo de más de una hora, una de las más pequeñas coloca las patas delanteras sobre la rampa y entra en el remolque. Las demás la siguen de inmediato y la planta baja queda llena.

La rampa cambia de posición para acceder al segundo piso. Después, al tercero. También las diez cabras, “más desconfiadas”, acaban entrando.

A pocos metros, Josep Malé, transportista de ganado, observa la escena con un puro entre los labios. Solo interviene de vez en cuando para corregir la trayectoria de alguna rezagada; la mayor parte del tiempo se limita a mirar. Se nota que lleva toda una vida entre ovejas.

Josep Malé, el transportista de ganado, antes de empezar a subir a las ovejas a su camión

Josep Malé, el transportista de ganado, antes de empezar a subir a las ovejas a su camión LUIS MIGUEL AÑÓN BARCELONA

Las 270 ovejas y diez cabras de Gaspà acaban de iniciar ese mismo viaje. Dentro de unas horas llegarán a Esterri d'Àneu para pasar el verano en los pastos del Pirineo, al cuidado de otro pastor. En otoño regresarán de nuevo al Solsonès.

El ganadero dentro del camión con las ovejas

El ganadero dentro del camión con las ovejas LUIS MIGUEL AÑÓN BARCELONA

Cada primavera, miles de animales repiten este mismo desplazamiento para dejar atrás los campos que empiezan a secarse y buscar la hierba fresca de la montaña. Es la trashumancia.

Con las puertas ya cerradas, solo se oye algún balido aislado. "Ahora están tranquilísimas", asegura Malé.

Èric se sacude el polvo de las manos. El camión arranca, pero solo recorre unos kilómetros y se detiene de nuevo.

Los hombres bajan del camión y entran en un bar de Torà. Les espera un esmorzar de forquilla y una Coca-Cola. Fuera, casi 300 ovejas permanecen encerradas en el remolque. “Están estupendamente ahí dentro”.

Una oveja tras las barras del camión

Una oveja tras las barras del camión LUIS MIGUEL AÑÓN BARCELONA

Ahora, sí. Quedan algo más de tres horas de carretera hasta Esterri d'Àneu.

La versión original

El viaje de hoy poco tiene que ver con el que hizo Josep Malé cuando era un chaval de 16 o 17 años.

Entonces todos seguían los antiguos caminos ganaderos. El recorrido duraba entre diez y doce días. Pastores y animales atravesaban Cataluña andando, dormían donde les sorprendía la noche y retomaban la marcha al amanecer.

Era San Fernando: un rato a pie y otro andando”, recuerda entre risas.

Josep prepara el camión para la trashumancia de las ovejas

Josep prepara el camión para la trashumancia de las ovejas LUIS MIGUEL AÑÓN BARCELONA

Hoy basta una mañana para llegar al Pirineo, mas el motivo sigue siendo exactamente el mismo, tal y como apunta el propietario del ganado: “Aquí encuentran una segunda primavera”.

El relevo

Èric señala las montañas del Pallars. En el Solsonès, el verano ya agota los campos. Para el rebaño, el calendario retrocede unas semanas.

Tres horas de carretera más tarde, el camión se detiene junto a un prado de Esterri d'Àneu. A un lado ya espera Eloy Chaguaceda con el ganxo de pastor —una vara rematada con un pequeño gancho metálico que sirve para sujetar una pata trasera cuando hace falta inmovilizar un animal— en la mano derecha.

El pastor, Eloy Chaguaceda, prepara el vallado para que las ovejas no se desvíen en su salida del camión tras la trashumancia

El pastor, Eloy Chaguaceda, prepara el vallado para que las ovejas no se desvíen en su salida del camión tras la trashumancia LUIS MIGUEL AÑÓN BARCELONA

Las puertas se abren y la primera oveja asoma la cabeza, duda apenas un segundo y salta al suelo. Detrás aparece otra. Luego otra. Contarlas es imposible. El remolque se vacía en cuestión de minutos.

Las ovejas salen ligeras, casi atropellándose unas a otras, y se dispersan por el prado con una energía que no habían mostrado durante horas de trayecto.

Las ovejas y las cabras saltan para bajar del camión después del trayecto de tres horas

Las ovejas y las cabras saltan para bajar del camión después del trayecto de tres horas LUIS MIGUEL AÑÓN BARCELONA

Solo las V azules pintadas sobre el lomo permiten distinguir las ovejas de Èric de las que, en unos días, compartirán pastos con otros rebaños.

Con las últimas ovejas ya fuera del camión, Eloy intercambia un par de indicaciones con Èric y deja que los perros entren en acción.

Basta un silbido para que el perro de pastor salga disparado y cierre el paso a las primeras ovejas que intentan separarse del grupo.

Para Èric, el trabajo ha terminado. Para Eloy, acaba de empezar.

Cuatro meses en la montaña

Durante los próximos cuatro meses será el responsable de esas 270 ovejas, además de las de otros ganaderos que irán llegando a lo largo del verano. “Te dejan aquí toda su vida”, reflexiona Eloy.

Habla de meses de trabajo, de partos, de cuidados y de explotaciones familiares que dependen de que todo salga bien hasta octubre.

Cuesta asociarlo a la imagen tradicional de un pastor; tiene menos de treinta años y nació en Cerdanyola del Vallès, lejos de los grandes pastos del Pirineo. Él mismo se ríe cuando cuenta que un día "le dio por hacer el hippie".

Eloy, el pastor que se queda con las ovejas de Èric en verano, con una herramienta entre las manos

Eloy, el pastor que se queda con las ovejas de Èric en verano, con una herramienta entre las manos LUIS MIGUEL AÑÓN BARCELONA

Al día siguiente cada uno seguirá su camino. Èric volverá a Torà y Eloy girará sobre los talones, lanzará un silbido y echará a andar detrás de las ovejas.

Cada mañana recorrerá los pastos para comprobar que el rebaño sigue unido, vigilará que ninguna oveja se haya rezagado y estará pendiente de cualquier animal enfermo o de la presencia de depredadores. "Es un oficio muy poco cuadriculado", explica Eloy.

Cuando se le pregunta si no echa de menos la ciudad, sonríe: “No”. Al contrario. Reconoce que cuando termina la temporada y baja de la montaña, es entonces cuando empieza a añorarla.

Las ovejas en un prado de València d'Àneu, después de cuatro horas de trayecto en camión desde Torà

Las ovejas en un prado de València d'Àneu, después de cuatro horas de trayecto en camión desde Torà LUIS MIGUEL AÑÓN EFE BARCELONA

A cientos de kilómetros de allí, Èric regresa a una granja mucho más silenciosa que la que dejó unas horas antes.

Después de ocho meses conviviendo con cerca de 300 ovejas, cuesta acostumbrarse al silencio. Los primeros días, reconoce, incluso las extraña.

Lleva semanas preparando la subida al Pirineo. Sabe que allí encontrarán mejores pastos y que el viaje les beneficia.

Èric carga heno con una horca

Èric carga heno con una horca LUIS MIGUEL AÑÓN EFE BARCELONA

Él, por su parte, aprovecha el verano para segar los prados de Torà y almacenar el forraje que alimentará a las ovejas cuando regresen en otoño. "Les hacemos un favor", asevera.

Un viaje que continúa

Subir las ovejas a la montaña permite aprovechar los recursos de dos territorios distintos según la estación del año, reducir la necesidad de alimentación suplementaria y mantener un modelo de ganadería extensiva que sigue siendo viable precisamente gracias a ese movimiento estacional.

El pastoreo, además, ayuda a conservar espacios abiertos, mantener limpios los pastos y reducir la acumulación de vegetación que puede actuar como combustible en caso de incendio.

Por eso, aunque muchos desplazamientos ya se hacen en camión y buena parte de los antiguos caminos ganaderos han quedado en desuso, la trashumancia sigue marcando el calendario de numerosas explotaciones catalanas.

El camión de Josep con las ventanas cerradas, antes de que se suban las ovejas para hacer la trashumancia

El camión de Josep con las ventanas cerradas, antes de que se suban las ovejas para hacer la trashumancia LUIS MIGUEL AÑÓN EFE BARCELONA

Cada año, miles de animales continúan desplazándose entre el llano y la montaña, aunque solo una parte de esos recorridos se realiza íntegramente a pie.

Josep Malé lo ha visto cambiar casi todo. Han cambiado los vehículos. Han cambiado las rutas. Ha cambiado la forma de trabajar. “El día que pleguen estos, ya no quedará nadie”, sentencia el transportista.

El ganadero y propietario de las ovejas, Èric Gaspà, y el pastor que se quedará con el rebaño durante el verano, Eloy Chaguaceda

El ganadero y propietario de las ovejas, Èric Gaspà, y el pastor que se quedará con el rebaño durante el verano, Eloy Chaguaceda LUIS MIGUEL AÑÓN EFE BARCELONA

Después llegará octubre. El frío volverá a cubrir el Pirineo. Eloy entregará el rebaño a Èric y las ovejas emprenderán el camino de regreso al Solsonès. Será el mismo viaje que, de una forma u otra, llevan repitiendo desde hace siglos.