Manuel Calderón nació en un pueblo de Córdoba pero estudió (filosofía) y vivió durante décadas en Barcelona, dedicado al periodismo cultural.
En determinado momento se mudó a Madrid, donde a veces me lo encuentro en algún sarao literario. Es curioso que nos encontremos en Madrid con más frecuencia de lo que hicimos nunca en Barcelona…
Es autor de media docena de libros, de los cuales he leído dos que son extraordinarios. De uno ya les he hablado alguna vez: Hasta el último aliento. Puig Antich, un policía olvidado y una guerrilla contracultural en Barcelona (2024, premio Comillas de biografías) que cuenta la verdad, sólo la verdad y toda la verdad sobre el asombroso caso del M.I.L. y la célula de chicos burgueses de Barcelona que lo conformaban.
Como sabe el lector, a partir de la ejecución de Salvador Puig Antich mediante garrote vil se han derramado ríos de tinta y de lágrimas, algunas las derramó la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, al inaugurar el monumento que le dedicó —oprobio para nuestra ciudad—.
Manuel Calderón en una imagen de archivo
El libro de Calderón destruye, con datos, sólo datos contrastados y obtenidos mediante rigurosa investigación, y con buena prosa, la leyenda romántica que se ha querido construir a partir de aquel delincuente.
Es la última palabra sobre Puig Antich, los atracos que cometió y el joven policía al que mató cuando éste le intentaba desarmar, en la portería de un edificio del Ensanche barcelonés. La leyenda puede que acabe imponiéndose sobre la verdad, para que quien lo desee siga engañándose y haciéndose ideas románticas sobre la realidad, pero por lo menos la verdad ha quedado fijada, para quien quiera saberla, en el formidable libro de Calderón.
El otro libro que le he leído —también en editorial Tusquets—es Descampados, libro híbrido de ensayo, autobiografía y reflexión cultural a partir de los espacios abandonados o marginales de la ciudad, que funcionan como metáforas de la infancia, la memoria y el paso del tiempo, y de testimonio de vida. Muy interesante y de lectura cautivadora. En fin, estoy hablando de un gran escritor.
El otro día me lo encontré en la librería Machado y le propuse participar en el juego de los domingos: seleccionar a un artista contemporáneo por el que sienta especial predilección, o una obra que le gustaría tener en casa. Me dijo de inmediato: “Elijo a José guerrero”.
"Frigiliana", de José Guerrero
Al día siguiente me envió la siguiente carta (electrónica):
“¿Por qué José Guerrero?
“Hace unas semanas me encontré con sus pinturas en el Museo de Arte Abstracto Español, en Cuenca (hacía tiempo que no lo visitaba y sigue siendo un reducto de paz dentro del cacofónico y absurdo mundo del arte contemporáneo). No pude evitar quedarme parado un buen rato. Me retuvo el color, los colores puros y naturales, la construcción geométrica, una abstracción elaborada, no instintiva ni salvaje. Había un lenguaje interior, y la propia vida de José Guerrero, dentro de estos cuadros. Comprendí que su obra había alcanzado, ya en los primeros años 70, una solidez plástica, conceptual y espiritual (nada que ver con la materialidad de Tàpies o Millares, por ejemplo).
“Guerrero, nacido en Granada, hizo un largo viaje de aprendizaje hasta llegar, en 1949 a Estados Unidos. Un año después, ya estaba en Nueva York, justo en el momento en el que la Escuela de Nueva York se situó en el centro del arte internacional. Admiraba al armenio Gorky (el mismo que borró las manos de su madre de un cuadro en un gesto todavía inescrutable). Es el mismo año en que Rothko empezó a pintar abstracciones. También lo hizo Guerrero. Fue amigo de Rothko, de Motherwell, Kline. Y era asiduo del círculo de los García Lorca. Pero sobre todo fue con De Kooning con quien tuvo más afinidad: en 2001, María Corral organizó la exposición La afinidad del color con obra de los dos pintores en el Centro de Arte José Guerrero (no puedo evitar decir que ya no se hacen exposiciones como esta).
A mediados de los años 60 regresó a España, se compró una casa en Cuenca y otra en Nerja. Pero no dejó Nueva York. Falleció en noviembre de 1991 en Barcelona cuando visitaba a su hija Lisa. Sus cenizas están enterradas a los pies de un olivo. Y así acabó su viaje.
José Guerrero tuvo una verdadera vida de artista. Citaré a Vasari en sus Vidas de pintores. Dice así en el preámbulo: “Es de sobra conocida la voracidad del tiempo, que no sólo merma en gran parte las obras y otros honrosos testimonios, sino que borra y consume los nombres de los artistas; pero por fortuna se han conservado muchos de sus nombres gracias, únicamente, a las piadoras y vivaces plumas de escritores”.
Hasta aquí, la carta de Manuel Calderón. No me atrevería a añadir, ni hace falta, ni una palabra a las del maestro y amigo.
