Publicada

Bueno, pues ya ha salido Dos tardes con Galdós, el breve ensayo (en Alianza Editorial) de Ignacio Martínez de Pisón sobre el autor de Fortunata y Jacinta. Como ya hice el elogio, el domingo pasado, de la literatura y la seriedad como investigador de Pisón (Zaragoza, 1960), y como es un novelista sobradamente conocido, no repetiré ahora mi ditirambo. Baste añadir, si acaso como dato anecdótico y significativo, el hecho de que Pisón, para escribir este librito, ha leído o releído la obra completa de Galdós, incluidos los 50 Episodios nacionales. Pisón nunca da gato por liebre. Y esto, en un país como el nuestro, donde todo se hace “más o menos”, o “de aquella manera”, o sea, perezosamente, es el mejor elogio que le puedo hacer.

El pasado domingo reprodujimos aquí la primera parte de su soberbio ensayo, que publicó hace 20 años en las ediciones del museo Thyssen, y que ha cedido gratuitamente a los lectores de Crónica Global, sobre una de sus obras de arte contemporáneo preferidas, Una visita a Londres, de Ronald Kitaj (1932-2007), famoso pintor pop norteamericano, uno de cuyos cuadros, por cierto te encuentras nada más entrar en el Thyssen, a modo, diría yo, de melancólico saludo.

Reproducimos aquí, sin más introducciones ni dilación, la segunda y última parte del ensayo de Pisón, deslumbrante de arte y de literatura –o sea, de todo aquello que, en mi modesta opinión, es más interesante aún que la vida--, sobre el doble retrato de Kitaj:



“Encuentro en internet una semblanza de Robert Duncan. Llama la atención que también él, como Creeley, sufriera en su infancia un accidente que le afectó a la vista. En el caso de Duncan el accidente se produjo en la nieve cuando él tenía tres años, y le provocó estrabismo y visión doble. Como en el caso de Creeley, también ahora parece inevitable volver sobre la pintura de Kitaj, que, en efecto, refleja una leve ruptura en el paralelismo de los ojos de Duncan y parece centrarse en la intensidad de su mirada para expresar la esencia del personaje. ¿Qué será eso que está observando fuera del cuadro? ¿Dónde se posa su mirada extraviada? Sea lo que sea lo que está mirando, su problema de doble visión le impide verlo con nitidez, y no parece arriesgado afirmar que también eso intentó captarlo Kitaj cuando pintó sus ojos. Unos ojos que lo ven todo duplicado. Unos ojos que ven al mismo tiempo la realidad y su aura. La visión doble de Duncan se incorporaría más tarde a su poesía como una metáfora de la dualidad de lo visto y lo imaginado. Curiosa coincidencia: cuando Kitaj le retrató, lo hizo viéndolo con los colores de la realidad pero al mismo tiempo imaginándoselo en blanco y negro. A él, precisamente a él, Robert Duncan, que construyó su universo poético sobre esa escisión entre imagen e imaginación.

>> Pero éste no es el único rasgo destacable de su infancia. Robert Duncan nació en enero de 1919 en Oakland, California, y su madre murió en el parto. Su padre se llamaba Edward Howard Duncan y puso al recién nacido el mismo nombre. Pero el pequeño Edward Howard Duncan iba a llamarse así sólo durante unos meses. En agosto de ese mismo año de 1919 su padre lo dio en adopción, y los nuevos padres le rebautizaron como Robert Edward Symmes. Los Symmes eran devotos de la Teosofía, y sólo se decidieron a adoptarle después de consultar horóscopos y cartas astrales. Su infancia y adolescencia se desarrollaron entre sesiones de espiritismo, reuniones de la Hermandad Hermética y lecturas extraídas de una biblioteca de literatura ocultista. Sus sueños eran meticulosamente interpretados por sus padres, para los que la visión doble de su hijo, más que la secuela de un accidente invernal, fue la confirmación de la doble realidad de su mundo.

>> Robert Edward Symmes, que antes había sido Edward Howard Duncan, no se convirtió en Robert Duncan hasta que, en 1941, fue licenciado del ejército por supuestos motivos psiquiátricos. Motivos psiquiátricos que en realidad se limitaban a su homosexualidad. Ésta, la homosexualidad, sería precisamente uno de los temas principales de su obra poética.

Seis. La amistad.

>> En ese puñado de páginas que es su Autobiografía, Creeley transmite la sensación de haber sido por encima de todo una buena persona, alguien en quien se podía confiar, un buen amigo de sus amigos. Esa sensación se refuerza con la lectura de Lo creativo y otros ensayos, donde Creeley destaca, entre las cosas que siempre le importaron, “el cariño por los amigos, el hacerse una vida para uno mismo y para los que uno ama: es un mundo de afectos sin ganancia, de familiaridades comunes”.

>> Ambos libros están repletos de alusiones a poetas y pintores amigos suyos, y casi inquieta comprobar que sus referencias culturales están limitadas a los creadores con los que Creeley tenía trato personal y le unía alguna amistad. Prácticamente todos los nombres que cita pertenecen a su país y a su época, como si no existieran otros países y otras épocas.

>> Algunos de esos nombres que cita ya los he mencionado anteriormente. Entre ellos, por supuesto, no falta Kitaj. Tampoco Robert Duncan.

>> La última vez que lo menciona en la Autobiografía lo hace para recordar la visita que Duncan hizo a Charles Olson cuando éste estaba muriendo de cáncer en un hospital neoyorquino. Escribe Creeley: “La sensación que ambos tenían era que, en general, la vida había sido una gran aventura.” Pero a esas alturas la gran aventura de la vida empezaba a terminar. Terminaba el tiempo de las fiestas, terminaba el de la amistad, y las sonrisas que los amigos exhibían en las fotos de diez o veinte años antes aparecían ahora teñidas por la melancolía del pasado irrecuperable. Fotos de Creeley y Duncan, fotos de Duncan y Olson, fotos de Creeley y Kitaj...

>> Poeta de sintaxis lacónica, abrupta, refractaria a las metáforas, Robert Creeley publicó en 1968 el libro Pedazos, que incluye un poema sobre la amistad. Se titula “Los amigos” y dice así:

Mi manera de ayudarte

es entender qué

quieres que entienda

al decir eso.

>> Estos versos, más que de amistad, hablan de los problemas de entendimiento, las dificultades de comunicación que se esconden en toda amistad. Pero no se trata de incomunicación a secas. Se trata de un tipo de incomunicación que sólo puede darse entre amigos: grumos de incomprensión y de secreto incrustados en la necesaria franqueza de la amistad, retazos de oscuridad donde todo habría de ser claridad, malos entendidos donde tendría que haber sobreentendidos. ¿En quién estaría pensando Creeley cuando escribió ese poema? ¿Puede ser que se refiriera a Duncan, sin duda un hombre necesitado de ayuda, probablemente un amigo incapaz de compartir con Creeley todos sus secretos? Puede ser que ese amigo fuera Duncan, pero también puede no ser. Y en todo caso, ¿qué más da? Lo que importa es que esos versos podrían funcionar como lema del cuadro de Kitaj.

>> En éste, los dos amigos se muestran serios, reservados. La comunicación entre ellos es inexistente. Uno le da la espalda al otro. Sus miradas no convergen en ningún punto. Se diría que ni siquiera están juntos en el mismo espacio físico, representación del espacio vital, el espacio de los afectos, las preocupaciones... De hecho, aparecen retratados como si no formaran parte del mismo cuadro, como si a cada una de esas figuras correspondiera un cuadro distinto. Podría trazarse una línea ideal a la altura de la mesa y cortarse el lienzo en dos partes iguales, y ninguna de las dos mitades resultantes parecería mutilada. Ninguna huella de Duncan quedaría en la parte de Creeley, y ninguna de Creeley en la de Duncan. ¿Qué es lo que Kitaj pretende decirnos? ¿Que cada uno de los dos amigos podría arrancarse de la vida del otro sin que éste se resintiera gravemente? Yo no diría tanto, pero sí diría que lo que Kitaj intentó explorar fue ese oscuro rincón del ser humano al que ni los mejores amigos pueden acceder, ese ámbito misterioso que todos llevamos en nuestro interior y en el que irremediablemente nos sentimos solos. De ahí la expresión atormentada de un Duncan encerrado en sí mismo. De ahí también el leve fastidio de Creeley, que querría ayudar a su amigo rescatándole de su ensimismamiento, entender lo que el otro querría que entendiera cada vez que decía algo difícil de entender.

Siete. Literatura.

>> Se acusa a Kitaj de ser un pintor “literario”. Pero él mismo no parece sentirse a disgusto con esa etiqueta. Uno de sus cuadros más conocidos es un retrato de Ezra Pound, que era, por cierto, uno de los poetas más admirados por Creeley. Otra de sus pinturas es un homenaje a San Juan de la Cruz. Esa faceta suya de pintor literario le ha llevado a colaborar con más de un poeta. Con Creeley mantuvo una estrecha colaboración a finales de los años sesenta, cuando hizo las ilustraciones para sus libros A Sight y A Day Book.

>> Pero la etiqueta de pintor literario puede también sugerir la de pintor narrativo. No cabe duda de que la figuración está más próxima a la narrativa que la abstracción, y Kitaj es uno de los grandes renovadores de la pintura figurativa. Del mismo modo que un fotograma de una película encierra la película entera, porque sin ésta sería imposible entender cabalmente todos los detalles de esa imagen congelada, los cuadros de Kitaj dan la sensación de esconder una historia. ¿Cuál es la historia que hay detrás de Una visita a Londres? Sabemos que Duncan conocía a Kitaj desde hacía diez años y Creeley desde antes. Sabemos que ese día de 1977 visitaron al pintor en su casa londinense de Elm Park Road. Pero no sabemos muchas cosas más, y tendremos que limitarnos a imaginar cómo fue esa visita. ¿De qué hablarían? ¿De algunas de sus antiguas colaboraciones? ¿De la época, a mediados de los sesenta, en que Kitaj vivió en California y su relación con Creeley y con Duncan fue más estrecha?

Ocho. La muerte.

>> De los dos libros de poemas de Creeley publicados en España ya he mencionado uno, Pedazos, cuya edición original data de 1968. El otro, Vida y muerte, fue publicado en los Estados Unidos en 1998 y en España en 2005. Es éste un libro crepuscular, en el que un Creeley de setenta y dos años se despide de la vida y, renunciando a toda trascendencia, se prepara para encontrarse con la muerte.

>> Una de las composiciones se titula “Signos”. Escribe Creeley: “¿Qué fue lo que dijo el amigo? “¡Ahora nosotros somos los viejos!” Pero eso fue hace años. Sentado justo donde tú estás. Yo era. Él es. El tiempo es como un andariego al que ya no acompañaremos.”

Otra de los composiciones es “Mitch”. Escribe Creeley:

¿Es mi turno ahora?

¿Quién lo diría o querría?

No estás enfermo, hay otros

sin duda más viejos.

Tu hora llegará.

Hay también un poema que se titula “Cuando viene...”. Escribe Creeley:

¡No soy yo quien se va!

Me aferraré hasta

que la última brizna de la mente

sea un eco, cara en trizas

y manos desmoronadas,

y cualquier cosa

que fuese ya no lo

podré decir a

nadie.

>> Dentro de unos días, el 30 de marzo, se cumple el primer aniversario de la muerte de Robert Creeley. La edición española de Vida y muerte apareció algunos meses después de la muerte del poeta, y parece inevitable que sus reflexiones sobre el paso del tiempo y la proximidad del final se carguen de sentido si uno las lee cuando ya ese final se ha producido.

>> Su amigo Robert Duncan había muerto antes que él. Entonces, en febrero de 1988, habían pasado once años desde que Kitaj los retrató a ambos en Una visita a Londres.

>> Sin embargo, también en este caso da la sensación de que su muerte y la de Creeley alteran, siquiera retrospectivamente, el sentido del cuadro. Si algún día Kitaj quisiera volver a retratar a sus dos amigos, ya no podría hacerlo del natural, como hizo en 1977. El tiempo ha pasado, y lo que en un momento era posible ya no lo es. El ser humano es consciente de su propia mortalidad, pero no puede serlo con la máxima intensidad todos los instantes de su existencia, porque en ese caso el simple hecho de vivir se volvería insoportable. La conciencia de la propia mortalidad se manifiesta más en unas circunstancias que en otras, y más en unas personas que en otras. No hay ningún motivo para creer que, cuando Kitaj retrató a sus dos amigos, tuviera particularmente presente la idea de la muerte. No hay ningún motivo, por tanto, para pensar que el pintor haya buscado destacar en ellos algún indicio de su mortalidad. Y sin embargo, sabiendo muertos a los dos poetas, uno tiende a pensar que el cuadro está pintado para ser contemplado sólo ahora, cuando las historias de uno y otro han terminado para siempre.

>> Me preguntaba antes por la historia, por el relato que encierra el cuadro de Kitaj. A lo mejor, el único relato importante que hay detrás de esas dos figuras es el simple fluir del tiempo. Que las cosas ocurren en el tiempo. Que el tiempo pasa. Y que, mientras nosotros observamos los retratos de Creeley y de Duncan, el tiempo ha pasado definitivamente para ellos”.