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Barcelona, mediados de los 2000. La capital catalana vive una resaca de euforia post-olímpica y se posiciona como la ciudad europea de moda. En la calle Pau Claris 92, un local marca el pulso de la noche cada martes: el restaurante Buda.

Bajo la atenta mirada de estatuas orientales y en un ambiente de fusión mediterráneo-asiática, se celebraba semanalmente la 'Model’s Night', una cita ineludible para la "gente guapa" de la ciudad.

"Venían todas las agencias allí, era una época en la que la industria del modelaje en Barcelona estaba muy bien", relata Jorge, cliente habitual y agente deportivo que vivió aquellas noches en primera fila.

Varios folletos que anuncian la 'Model's Night' de los martes en el restaurante Buda de Barcelona CG

Futbolistas, celebridades internacionales como Naomi Campbell o Kate Moss, y desfiles de lencería de marcas como Naory configuraban una escena cosmopolita que atraía ojeadores de París y Nueva York.

Cada martes, la acera paralela del paseo de Gràcia se llenaba de coches de alta gama que anunciaban el evento más exclusivo de la semana.

En el interior, el ambiente era marcadamente internacional, con más visitantes extranjeros que público local, y un personal elegido por su imagen tanto como por su función.

Modelos y jugadores del Barça se mezclaban con jóvenes estudiantes, grandes empresarios y profesionales de la moda como Giorgio Armani en un ambiente que Marco, fotógrafo habitual y relaciones públicas de la escena nocturna de aquella época, describe como "limpio y elegante", la cúspide de la socialité barcelonesa.

Mientras la música sonaba arriba, bajando las escaleras se abría una sala separada del bullicio principal donde la privacidad permitía interacciones lejos de la barra y de las miradas.

El interior del restaurante Buda de Barcelona Cedida

Tras el brillo

La frontera entre fiesta y negocio empezó a difuminarse. Los testimonios recogidos describen una transformación progresiva en la que la figura de la modelo profesional comenzó a confundirse con la de mercancía sexual.

"Los últimos dos años se afeó un poco", confiesa Jorge. "Tú venías a pasártelo bien y de repente se te acercaba alguien y te ofrecía dinero como si fueses una escort".

El local, gestionado por la empresa Galaxy Restauration, acabó enfrentándose a problemas legales por el uso indebido de la marca "Buda Bar", propiedad de una firma francesa, y fue condenado a pagar más de 400.000 euros. Para entonces, el deterioro del ecosistema nocturno ya era evidente.

Fue en este terreno gris —donde chicas jóvenes, a menudo estudiantes extranjeras, se mezclaban con hombres poderosos— donde dinámicas que más tarde aparecerían en los Epstein Files encontraron un entorno especialmente favorable.

El circuito de la élite

La noche seguía un mapa preciso. La captación no se limitaba a un solo espacio, sino que respondía a un calendario que cualquier fixer conocía de memoria. Los testimonios dibujan un "triángulo de oro" del ocio nocturno.

Si los martes eran territorio del Buda, los fines de semana el epicentro se trasladaba a la zona alta, a locales como Danzatoria, en la avenida del Tibidabo —descrita por los testigos como una "mansión de oligarca ruso"— o Sutton.

Tras el cierre del Buda a las 2:30, la fiesta continuaba en un circuito de madrugada diseñado para la discreción: primero City Hall o locales como Up and Down, y finalmente el exclusivo White Pearl, cerca de la Diagonal.

La 'Model’s Night' intentó replicar su éxito trasladándose al restaurante & lounge URA, manteniendo su apuesta por la música y la moda, pero el ambiente ya había cambiado.

El ejecutor del sistema

Si el entorno ponía el escenario, años más tarde hombres como Daniel Siad aportarían la operativa. Los Epstein Files identifican a este franco-argelino como el contacto clave de Jeffrey Epstein en Barcelona a partir de 2016.

Aunque su actividad es posterior al cierre del Buda, Siad representa la evolución de una figura ya presente en los años anteriores: la del ojeador que se mueve en los márgenes del glamour.

Mientras en la superficie se vendía lujo, en la práctica dominaba la precariedad. Siad operaba desde un piso de 35 metros cuadrados donde hacinaba a las chicas, llegando a dormir en el sofá para ceder su habitación a las "varias modelos" que tenía captadas.

La frialdad del filtro

La documentación revela la crudeza del sistema de selección heredero de aquella cultura de la imagen. En un chat de julio de 2017, Siad ofrece a Epstein una candidata de perfil internacional. La respuesta fue inmediata: "Too old" (demasiado mayor). La joven tenía 25 años.

Para quienes superaban ese primer filtro, el destino no era una pasarela. El mismo intercambio confirma cómo Siad y Epstein coordinaron el viaje de una joven "en la ruina" desde Barcelona a París, alojándola en el Hotel Kleber para ser evaluada.

La captación se apoyaba en la vulnerabilidad. Jorge recuerda la existencia de personas vinculadas al entorno del fútbol que se dedicaban a "captar a chicas estudiantes a las que les gustaba el famoseo" para llevarlas a fiestas privadas en la capital catalana.

Siad sistematizó ese proceso. En sus conversaciones con Epstein, cuando una joven no encajaba como modelo, planteaba rápidamente una alternativa: "Honestamente, [tiene potencial] como tu asistente o algo así".

Una topografía desigual

El contraste entre las condiciones de vida de las jóvenes y los movimientos de Epstein queda reflejado en los registros. Mientras ellas residían en pisos compartidos o bajo la tutela de intermediarios, Epstein se alojaba en hoteles de lujo como el W, intentaba acceder al exclusivo Soho House y frecuentaba restaurantes de moda como Bocanegra o Elsa y Fred.

Barcelona no fue solo una parada en la agenda de Jeffrey Epstein. Durante años reunió muchas de las condiciones que facilitaron la operativa de su red: una noche internacionalizada, una industria precarizada y una fascinación por el lujo que dejó grietas difíciles de ver entonces. Las consecuencias tardaron años en salir a la luz.

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