Escondido entre la vegetación de Sant Pere de Ribes, a escasos kilómetros del lujo costero de Sitges, duerme un gigante de hormigón.
Es una estructura que desafía la lógica, con curvas peraltadas tan extremas que parecen paredes a punto de desplomarse sobre el asfalto.
El más antiguo de España
Se trata del Autódromo de Terramar, el circuito oval más antiguo de España y la única pista de los años 20 que se conserva intacta en el mundo.
Imagen aérea del antiguo Autódromo de Terramar, en Sitges
Durante años, su leyenda se ha alimentado del silencio y del acceso restringido, convirtiéndose en un lugar de peregrinación casi místico para los aficionados.
Sin embargo, el sueño de devolverle la vida y la actividad regular sufrió un revés administrativo que podría ser definitivo.
Sentencia firme
El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) anuló en agosto de 2024 el plan urbanístico municipal que amparaba la reactivación del recinto.
La sentencia tumba el proyecto aprobado previamente por el ayuntamiento y la Generalitat, dando la razón a las alegaciones ecologistas y vecinales.
Vista aérea del antiguo autódromo Terramar de Sant Pere de Ribes
La iniciativa, impulsada por la empresa propietaria Grand Prix, preveía una inversión privada de 25 millones de euros para restaurar las instalaciones.
El plan maestro incluía la creación de una zona de alojamiento turístico, un centro de eventos ecuestres y la recuperación de la pista.
Pulmón verde
El fallo judicial prioriza la protección ambiental, señalando que el desarrollo urbanístico afectaba a los márgenes de la riera de Ribes.
La justicia considera que las nuevas edificaciones alteraban un suelo no urbanizable, frenando en seco las aspiraciones de la promotora.
Imagen del Autódromo de Terramar
Con esta decisión, el autódromo queda en un limbo legal, congelado en el tiempo y sin licencia para convertirse en el complejo proyectado.
La historia de Terramar parece condenada a un bucle infinito: una obra faraónica que siempre choca contra la realidad financiera o legal.
Nacimiento maldito
Para entender la maldición del lugar hay que remontarse al 28 de octubre de 1923, día de su inauguración bajo una lluvia torrencial.
El rey Alfonso XIII presidió el evento, atónito ante una pista de dos kilómetros que rivalizaba con los míticos trazados de Brooklands y Monza.
Fue una proeza técnica levantada en solo 300 días, pero el coste de la obra se disparó hasta los cuatro millones de pesetas, una fortuna en la época.
La falta de liquidez fue inmediata: los promotores no pudieron pagar los premios en metálico a los pilotos tras la primera carrera.
Muerte deportiva
El escándalo fue mayúsculo. La Federación Internacional reaccionó con dureza y prohibió la celebración de más carreras puntuables en el trazado.
Aquel impago sentenció su muerte deportiva. El circuito, llamado a ser la capital del motor en el sur de Europa, cerró a la competición días después de nacer.
Desde entonces, el hormigón ha resistido el paso del tiempo, utilizado durante décadas como granja avícola y almacén para los agricultores locales.
Lo que hace único a Terramar es la violencia de su diseño, inconcebible para los estándares de seguridad modernos.
Paredes imposibles
Sus dos curvas principales tienen un peralte que alcanza los 66 grados de inclinación, una pendiente mucho más agresiva que la de los óvalos americanos.
Caminar por ellas es imposible sin ayuda de cuerdas; la inclinación es tal que se necesita una velocidad alta para que la fuerza centrífuga pegue el coche al suelo.
Son muros casi verticales que han aguantado un siglo sin apenas grietas, demostrando la calidad excepcional del cemento utilizado en 1923.
Gavi conduce un Cupra en el autódromo Terramar con Fermín de copiloto
En los últimos años, marcas como Ferrari o Cupra han alquilado el espacio de forma privada para rodar anuncios, atraídas por su estética retro-futurista.
Futuro incierto
Pilotos de leyenda como Carlos Sainz o Jorge Lorenzo han probado sus máquinas en este asfalto agrietado, certificando la magia del lugar.
Pero el plan para abrirlo al gran público y dotarlo de una actividad económica estable ha quedado, por ahora, sepultado en los tribunales.
Terramar seguirá siendo, de momento, ese circuito fantasma: una ruina romántica donde el ruido de los motores es solo un eco del pasado.
