Barcelona conserva en su trama urbana un inmenso esqueleto de hormigón que funcionó como ciudad hermética durante más de un siglo. Sus altos muros y torres de vigilancia formaron parte del paisaje cotidiano hasta su clausura definitiva en 2017.
Desde entonces, el recinto ha dejado de ser un espacio prohibido para convertirse en un contenedor de memoria histórica accesible a la ciudadanía. El complejo arquitectónico se mantiene prácticamente intacto, tal y como quedó el día en que los últimos internos fueron trasladados.
Sin recurrir a museizaciones digitales, el espacio apuesta por la crudeza real. El silencio de sus pasillos y la desnudez de sus estancias permiten comprender, sin artificios, la evolución del castigo y la privación de libertad en el siglo XX.
Gigante urbano
Se trata de la cárcel La Model, ubicada en la calle Entença, en el corazón del Eixample. Inaugurada el 9 de junio de 1904 bajo el nombre de Prisión Celular, pretendía ser un centro ejemplar para superar la insalubridad de las prisiones decimonónicas. Sin embargo, su historia terminó siendo la crónica de un colapso constante.
Cárcel de La Model en Barcelona
El edificio, que ocupa dos manzanas del Plan Cerdà, acabó funcionando como un espejo de las convulsiones políticas y sociales del país.
Hoy, gestionada por el Ayuntamiento como La Model Espai Memorial, la instalación ofrece un recorrido libre para conocer la arquitectura de control ideada por los arquitectos Salvador Vinyals y Josep Domènech i Estapà.
Ojo central
El eje de la visita es el panóptico. Siguiendo las teorías de Jeremy Bentham, la prisión tiene planta radial. Una rotonda central, presidida por una garita blindada, actúa como cerebro del recinto: desde este único punto, un solo funcionario podía controlar visualmente las seis galerías.
Una visita a la cárcel La Model en Barcelona
La eficacia del diseño radicaba en la psicología: el recluso nunca sabía si estaba siendo observado, lo que inducía una sensación de vigilancia permanente.
Espacio vital
El itinerario accede a la cuarta galería, destinada históricamente a reincidentes. Las puertas de metal permanecen abiertas, invitando a entrar en habitáculos de apenas ocho metros cuadrados.
El espacio conserva los elementos originales: literas ancladas a la pared, mesa de obra y un inodoro sin separación visual.
En las paredes perviven los rastros de la vida carcelaria: grafitis, calendarios tachados y mensajes de despedida de los últimos presos.
Son el testimonio mudo del hacinamiento de las décadas de los 80 y 90, cuando el penal superó los 2.000 internos, triplicando su capacidad teórica.
Memoria oscura
La visita incluye espacios administrativos que esconden la historia más negra del lugar. Destaca la sala de paquetería, una oficina de azulejos blancos donde las familias entregaban ropa y comida.
El garrote vil
Fue en este lugar exacto, y no en un sótano, donde el franquismo instaló el garrote vil para ejecutar a Salvador Puig Antich el 2 de marzo de 1974. El espacio vacío subraya la frialdad burocrática de la última ejecución política de la dictadura.
Arte oculto
La celda 1 de la cuarta galería guarda la Capilla Gitana. En 1950, el artista y preso político Helios Gómez pintó este oratorio con una Virgen y ángeles de rasgos gitanos.
La obra, considerada subversiva y cubierta con cal durante décadas, ha sido recuperada parcialmente y es una joya patrimonial única.
Guía útil
El acceso es gratuito y no requiere reserva. Abre los viernes (16-18), sábados (10-14 y 16-18) y domingos (10-14). Se encuentra en la calle Entença 155, alcanzable con la línea azul del metro, la L5, cuya parada se llama con la vía pública.
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