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Soy el último amigo vivo de Dalí”. Con esta frase se presenta el arquitecto Óscar Tusquets Blanca en el documental nominado al Goya, Dios lo ve.

La frase puede sonar algo pretenciosa e incluso un gesto de vanidad, pero es real. La muerte de Lluís Llongueras ha hecho que el también diseñador catalán sea una de las pocas personas todavía vivas cercanas al genio surrealista.

Pocas veces el arquitecto ha hecho tanta bandera de ello. Él es conocido por su trabajo o, más bien, trabajos, porque también es pintor y escritor.

El film, dirigido por Àlex Guimerà y Guillem Ventura, ha servido para que muchos conozcan a este hombre del renacimiento catalán. Una figura clave para entender la historia más reciente de Cataluña.

La originalidad de Dalí

Tusquets ha pasado casi 84 años conociendo al mundo. Calcula que ha cenado con unas 50.000 personas a lo largo de su vida, pero Dalí ocupa un lugar especial en su memoria.

Su amistad con el pintor fue decisiva y profunda. "Era la persona más original, creativa y divertida que he conocido. Superaba a su obra", recuerda Tusquets sobre el artista surrealista.

Sin herencia

Es una lástima que, como reconoce Tusquets, "no queda nadie vivo que fuera amigo de Dalí". Una realidad cargada de dolor y nostalgia.

Aun así, el arquitecto recuerda ese primer momento en el que lo conoció. El encuentro con Dalí no fue casual. Tusquets lo conoció “por culpa de Correa”, recuerda en una entrevista con La Vanguardia.

“Federico celebraba su santo el 18 de julio y eso le hacía mucha gracia, así que daba unas fiestas por todo lo alto. Iba por Cadaqués invitando a la gente que encontraba por la calle y, un día a finales de los 60, se tropezó con Dalí y me invitó”.

Ese gesto marcaría el inicio de una amistad que duraría décadas. “Dalí, que apareció puntual acompañado de Amanda Lear, me dijo que le interesaba mucho mi obra”.

Primer encuentro

El arquitecto no se lo podía creer. “Me chocó porque yo solo había hecho la casa familiar en Cadaqués”. Pero eso le bastó al pintor para darse cuenta del talento de Tusquets.

De la admiración pasaron a la amistad. “Congeniamos y me invitó a que fuera a verlo a su casa de Portlligat al día siguiente”, recuerda. “No podía dejar pasar esa oportunidad y fui”, añade.

El nacimiento de una larga amistad

El segundo encuentro fue mejor que el primero. “Charlamos un par de horas y me convertí en un habitual de la casa, que estaba llena de modelos, contratados por una agencia”, indica.

¿Qué hacían por allí estas personas? Poco se sabe, parece que eran relleno. “Dalí hacía un caso relativo” a los modelos. “Los tenía por allí, pero hablaba conmigo”, asevera Tusquets.

Poco a poco su relación fue a más. Llegaron a hacer colaboraciones juntos, alguna de ella muy recordada por todos, icónica incluso, como el Rostro de Mae West utilizable como salón.

Esta obra, realizada a principios del siglo XX, es una portada que transformaba la cara de la famosa actriz en una sala de estar: el pelo se convertía en cortinas, los ojos ofrecían vistas de París, la nariz era una chimenea y los labios, un sofá.

Colaboración fundamental

Tusquets recuerda cómo surgió la idea de reproducir el cuadro a tamaño real: “Se me ocurrió que podríamos reproducir el cuadro a tamaño natural”. La respuesta de Dalí no podía ser más surrealista y directa: “Collonut”.

Todo encajó. “Acabamos de comprar la pescadería que está al lado del Teatro-Museo Dalí en Figueres y allí hay espacio para montarlo”, le soltó el artista.

Diversión asegurada

La creación fue una aventura compartida, marcada por la improvisación y la complicidad. “Nos lo pasamos pipa”, ríe Tusquets. Dalí, según él, hacía de la necesidad virtud y resolvía cualquier inconveniente sin complicarse demasiado.

“Al ampliar los ojos de Mae, que eran dos imágenes de la torre Eiffel y del río Sena, se produjo mucho grano. ‘Fantástico. No hay problema. Esto será un cuadro puntillista’, dijo Dalí. Se puso a pintar y le quedó genial”, prosigue en su explicación de la obra.

El aquitecto y diseñador Óscar Tusquets EP

Hoy, aquel retrato monumental de Mae West es una de las estrellas del Museo Dalí de Figueres. “La combinación de mi racionalismo y la locura de Dalí era fantástica. Si nos hubiéramos conocido antes, el museo sería mucho mejor”, fantasea Tusquets.

El arquitecto también reconoce la influencia que Dalí tuvo en él y en su obra. Un amigo le hizo notar esa influencia. De ahí nació el nombre de la famosa silla Gaulino, una de las piezas de diseño más conocidas de Tusquets.

El documental

Más allá de la anécdota, la relación con Dalí dejó una impronta imborrable en la vida del arquitecto. “Salvador Dalí era el tío más divertido e inteligente que he conocido nunca”, indica con añoranza.

Tusquets, en el documental y en entrevistas, rescata ese Dalí íntimo, irrepetible y cercano, y lo convierte en un espejo de su propia trayectoria artística.

Otras influencias

Aunque no fue el único que lo inspiró, siempre cita a referentes como Gaudí o Carlo Mollino; sin duda, fue el genio surrealista a quien más estaba unido.

La posibilidad de poder rememorar esos momentos y compartirlos con la gente en el documental Dios lo ve es un lujo para aquellos que lo puedan ver.

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