Pan de molde, jamón cocido o york, queso y mantequilla. No, esto no es la lista de la compra, ni mucho menos. Son cuatro alimentos que, de por sí saben bien, pero mucho mejor si se juntan. Forman una combincación ganadora.
Se ponen el jamón y el queso sobre una rebanada de pan y se superpone otra porción. Se unta mantequilla en las tapas y se tuesta unos segundos en una plancha o tostadora. Simple, pero un plato delicioso. Así se hace un sándwich mixto, aunque en Cataluña estaríamos describiendo un bikini.
Ocio pionero
Esta anomalía lingüística tiene un culpable con nombre y apellidos. Se trata de un establecimiento que revolucionó la noche barcelonesa a mediados del siglo XX y que dejó una huella imborrable.
La Sala Bikini, en la ubicación que ocupó entre 1953 y 1990
Para entender el fenómeno hay que viajar a 1953. La Avenida Diagonal de Barcelona empezaba a despuntar como eje de la burguesía y allí abrió sus puertas la mítica Sala Bikini.
Aire internacional
El local no era una simple discoteca al uso. Sus propietarios querían importar el estilo de vida americano y europeo a una ciudad que todavía despertaba de la gris posguerra.
Imagen de un concierto en la histórica Sala Bikini de Barcelona
Ofrecían terraza al aire libre, música moderna y el primer minigolf de la urbe. Todo en aquel recinto respiraba una modernidad inaudita para la época y atraía a la élite local.
Censura franquista
La oferta gastronómica también pretendía ser cosmopolita. Los dueños decidieron servir el famoso croque-monsieur francés, un sándwich caliente de jamón y queso gratinado, muy popular en los bistrós de París.
Croque-monsieur
Sin embargo, toparon con la realidad política del momento. El régimen franquista veía con malos ojos los extranjerismos en las cartas de los restaurantes y fomentaba el uso del castellano.
Solución ingeniosa
Usar nombres franceses o ingleses podía acarrear problemas legales o multas. Ante la imposibilidad de rotularlo con su nombre original, se optó por un atajo pragmático.
El personal y la clientela empezaron a pedir el bocadillo de la casa. Al estar en la Sala Bikini, la comanda derivó rápidamente en "el bocadillo de Bikini" o, simplemente, "un bikini".
Efecto contagio
La calidad del producto hizo el resto. Aquel sándwich caliente, tostado a la plancha y con el queso fundido, se convirtió en el bocado favorito de la alta sociedad que frecuentaba la sala de baile.
La Sala Bikini era el epicentro de la modernidad y todo lo que ocurría allí era imitado. Los clientes comenzaron a pedir "un bikini" en otros bares de barrio por pura inercia.
Marca vulgarizada
Los hosteleros de toda Barcelona, rápidos de reflejos, captaron la tendencia. Para parecer tan modernos como el local de la Diagonal, empezaron a escribir "Bikini" en sus propias pizarras.
Ocurrió un fenómeno de vulgarización de marca, igual que con el Kleenex o el Danone. El nombre comercial del establecimiento acabó devorando al producto genérico en toda la región.
Legado vivo
Con el paso de las décadas, la palabra se asentó en el vocabulario catalán. Hoy es un término aceptado y estandarizado, desvinculado totalmente del local nocturno para las nuevas generaciones.
Un concierto en la icónica Sala Bikini de Barcelona
La Sala Bikini ha sobrevivido y sigue en el número 547 de la Diagonal. Pocos saben que, al merendar, rinden un homenaje inconsciente a esa pista de baile inaugurada en 1953.
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