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Ahora que las temperaturas empiezan a bajar con la llegada del otoño, recorrer pueblos de montaña se convierte en uno de esos planes que permiten combinar naturaleza, patrimonio y gastronomía en una misma escapada.

En Girona hay una localidad especialmente apropiada para hacerlo. Camprodon, en pleno Pirineo catalán, conserva un casco histórico marcado por su pasado medieval, un puente de piedra sobre el río y una tradición gastronómica vinculada desde hace más de un siglo a las galletas Birba.

Con 2.560 habitantes y una altitud de 947 metros, la localidad mantiene la escala de un pueblo de montaña, pero concentra suficientes atractivos para dedicarle una jornada completa.

La imagen más reconocible de Camprodon es el Pont Nou, una construcción de piedra que atraviesa el río Ritort y que se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la localidad.

Un pueblo con terremotos

Su origen se remonta al siglo XII, aunque la estructura ha sufrido diferentes daños y reconstrucciones a lo largo de los siglos.

El terremoto de 1428, uno de los grandes seísmos que afectaron a Cataluña durante la Edad Media, causó importantes desperfectos en el puente.

La importancia del puente

El puente conecta las dos partes de la villa y ofrece una de las estampas más características del municipio, con las casas de piedra y el río como protagonistas.

A pocos minutos andando se encuentran otros edificios vinculados al pasado medieval de Camprodon, entre ellos el monasterio de Sant Pere, una construcción románica del siglo XII, y la iglesia de Santa Maria.

El origen de la población está precisamente ligado al monasterio. En 1118, Ramón Berenguer III concedió un mercado que favoreció el crecimiento de este núcleo religioso y comercial y sentó las bases del desarrollo posterior de la villa.

De la Edad Media a las galletas Birba

Pero no toda la importancia de Camprodon está en su pasado medieval y eclesiástico, un producto gastronómico también lo ha hecho único.

Todo empieza en 1893, cuando la familia Birba comenzó a elaborar galletas en la localidad, dando origen a una actividad que terminaría convirtiéndose en una de las empresas más conocidas del municipio.

El impacto de la guerra

La producción empezó en un pequeño obrador y fue creciendo a medida que aumentaba la demanda. En 1929 se inauguró la primera fábrica, situada en la avenida Maristany, y la empresa fue ampliando su producción.

Luego llegó Franco. La fábrica sufrió daños durante la Guerra Civil, aunque posteriormente pudo ser reconstruida, mientras la marca mantuvo su actividad en la localidad.

La actual fábrica se construyó en 2008, ocupa más de 7.000 metros cuadrados y todavía conserva algunas máquinas y hornos de la instalación original.

Más allá del núcleo medieval, Camprodon conserva también la huella de la época en la que comenzó a convertirse en destino de veraneo para familias procedentes de Barcelona.

Un paseo a pie

Uno de los mejores ejemplos es el Passeig Maristany, una amplia avenida arbolada, ideal para recorrer a pie, que empezó a urbanizarse en las primeras décadas del siglo XX y que reúne numerosas casas de veraneo.

El paseo cuenta con más de 500 árboles y es uno de los espacios más reconocibles de la localidad. Claro que si uno tiene naturaleza nada mejor que adentrarse en el paisaje del valle de Camprodon.

Visita en otoño

Otoño es una buena fecha para ir. El aspecto del valle cambia por completo. Los bosques que rodean el pueblo adquieren nuevos tonos.

Asimismo, las temperaturas permiten recorrer el casco histórico y sus alrededores con mayor comodidad que durante estos veranos calurosos.

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