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Carlos Herrera ama Andalucía. Es de allí y la lleva en el corazón, pero eso no quita que no disfrute de otras regiones de España.

Hace unos años, se dejó ver por Cataluña y ha acabado enamorado. Lo contó él mismo a sus oyentes.

Hizo una ruta a pie por la Costa Brava, equipado con unas "buenas Chiruca" y preparado con unas "buenas piernas y un buen palo para apoyarse", contaba en la radio.

Para él fue como un refugio al lado del mar. Llegó a sentir el "éxtasis y la felicidad", afirmaba.

Un sendero exigente

No le ha sido del todo fácil. Admite que hay zonas del camino que son abruptas, que hay alguna que otra "subida exigente" y que se ha de estar alerta a las piedras y raíces que se cruzan por el sendero. Aunque le ha merecido la pena.

"Desde arriba la vista lo recompensa todo y después bajar, con algún que otro accidente, hasta uno de los pueblos más bellos de la Costa Brava que es Calella de Palafrugell".

Carlos Herrera, enamorado de Calella

Esta zona, que es como un Cadaqués a lo grande, cuenta con una identidad propia, unas calas que enamoran y unas tradiciones que atraen cada año a cientos de miles de visitantes locales, nacionales e internacionales.

"Calella de Palafrugell invita a muchísimas cosas: a pasar el día de San Juan, a escuchar una habanera, a tomar el sol y a comerse algún producto oceánico de la zona". Todo suma en este pequeño pueblo de 662 habitantes.

Que la cifra no asuste a nadie: el lugar parece sacado del paraíso. En la arena densa de Port Bo, las pequeñas embarcaciones reposan.

Las viviendas de los pescadores, con sus arcos abovedados, observan la quietud, a escasos metros del mar.

Cómo es el lugar

Al fondo, un entramado de calles angostas y peatonales invita a ser explorado por el turista más curioso.

Sobresaliendo entre los techos blancos, se encuentra la torre de la iglesia, atenta vigía con cierto toque maternal. Y como marco, los acantilados escarpados, los pinos y la orilla abrupta.

Ocho playas idílicas

Es una estampa que muestra la majestuosidad de este antiguo pueblo pesquero. Y este es solo uno de los encantos de Calella.

En total, ocho playas rodean estas aguas cristalinas de Port Bo. Son calas íntimas, protegidas, con arena dorada o piedras, perfectas para nadar, saborear una paella o entonar canciones populares que recuerdan a aquellos emigrantes que triunfaron en Cuba.

El camino de los Americanos, que cruza Calella, Llafranc y Llofriu, también celebra su herencia. Y, más allá, el mirador de Manel Juanola i Reixach, en honor al creador de las pastillas Juanola, oriundo de Palafrugell. Otra panorámica espectacular la brinda la punta de los Burricaires, entre Port Pelegrí y La Platgeta.

En este sentido, para gozar de vistas amplias y hacer algo de deporte, en Calella es imprescindible caminar por el sendero de ronda, que sigue la costa marcada por las señales blancas y rojas del GR-92.

Más allá de Calella

Hasta Tamariu son 9 kilómetros, que puedes hacer en unas dos horas. El trayecto te lleva primero por Llafranc, luego hacia el faro de Sant Sebastià y, de ahí, hacia el tramo más salvaje, con una parada en Cala Pedrosa.

Con todos estos alicientes, a muchos les parece muy normal que Carlos Herrera quedara completamente enamorado.

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