El refugio de Anna Castillo

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El refugio de Anna Castillo en la costa: 20 kilómetros de playas, un mirador a 116 metros y el lugar perfecto para comer mejillones

La bahía dels Alfacs ayuda a que las aguas de este municipio sean tranquilas e ideales para prácticas deportivas

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No hace falta tener casa para sentir un lugar como refugio; a veces, una visita o varias pueden hacer saltar esa chispa y producir la conexión.

Eso es lo que le pasó a Anna Castillo con La Ràpita (Tarragona), un pueblo junto al Delta del Ebro en el que la actriz se siente como en casa. Sin ser de allí y sin tener una.

Lo que sí tiene es un cóctel. Sí, en 2024, la catalana convirtió sus recuerdos de La Ràpita en una creación gastronómica a la que bautizó como cóctel Glassy, un cóctel elaborado con ginebra, lima, agua de mar y tónica, acompañado de una copa diseñada con forma de caracola.

¿Y de dónde viene la inspiración? De los numerosos veranos de su vida que ha pasado allí. Hace no tanto reconocía que guarda “muchos recuerdos de felicidad, de libertad y de tantos momentos en familia junto al mar”.

Las playas

Ese es su lugar, el mar, un “refugio de paz y de calma”, sobre todo si es en La Ràpita. Aquí el Mediterráneo adquiere otro tono, otro aire, gracias a la proximidad de la desembocadura del Ebro.

El delta, sin embargo, no resta arenal. El municipio cuenta con alrededor de 20 kilómetros de playas y espacios costeros. Eso sí, de aguas poco profundas y arena fina.

Un espacio protegido

La bahía dels Alfacs, que es la zona de La Ràpita, queda protegida por la Punta de la Banya, una gran lengua de arena formada por los sedimentos que el Ebro ha ido depositando en el Mediterráneo y que ofrece tantos kilómetros de playa al lugar.

También esta protección natural ayuda a que las aguas de la bahía sean muy tranquilas en este tramo del litoral. Por eso suele ser normal ver a muchas familias por la zona y a aficionados al snorkel y a otras actividades náuticas.

Playa de La Ràpita

Playa de La Ràpita

También permiten descubrir una de las imágenes más características de La Ràpita: las bateas y mejilloneras instaladas en la bahía, otro de los grandes atractivos del municipio.

Sí, tanta playa no solo ayuda a una gran atracción turística, sino también al desarrollo de la industria y producción de mejillones y ostras.

Gusto por los mejillones

Eso tiene dos ventajas. La primera es económica; la segunda, gastronómica. Casi todos los bares y restaurantes sirven mejillones en todas sus variantes y recetas.

El producto llega directamente de las aguas de los Alfacs y ya es uno de los grandes reclamos gastronómicos de las Terres de l'Ebre.

Cocina marinera

A esto se suma una tradición pesquera que continúa muy presente en la localidad. El puerto y la lonja mantienen la actividad y hacen que la gastronomía no se quede solo en los mejillones y se abra a pescados, mariscos, arroces y otros productos del Delta.

Pero no todo es comida y costa. Quien quiera cambiar el mar por la montaña puede subir hasta el Mirador de la Guardiola, situado en la montaña de la Torreta, a unos 116 metros de altura.

Mirador de la Guardiola

Mirador de la Guardiola WIKILOC

Desde allí se obtiene una de las panorámicas más amplias de la localidad y de su entorno. De hecho, aún se conservan restos de una antigua torre de vigilancia que defendía la costa frente a las incursiones piratas.

La vista alcanza la bahía dels Alfacs, la Punta de la Banya, el Delta del Ebro y buena parte del litoral; hasta se aprecian las mejilloneras. Un territorio completamente rico.¡

La ciudad que quiso ser un gran puerto

Esto ya lo vio el rey Carlos III en el siglo XVIII. El monarca quiso convertir esta zona, que ahora es La Ràpita, en una gran ciudad portuaria.

El proyecto no llegó a desarrollarse como estaba previsto, pero aún se conservan diferentes elementos arquitectónicos y urbanísticos que permiten verlo. Entre ellos están la plaza de Carles III, la Glorieta, la Església Nova, las Fonts de les Alamedes, la plaza del Mercat y los Porches.

La catedral que se quedó en iglesia

La iglesia es precisamente uno de los edificios más singulares de La Ràpita. Su construcción quedó vinculada a aquel proyecto de nueva población. Eso explica sus grandes dimensiones, propias de una catedral.

Para Anna Castillo, sin embargo, la relación con La Ràpita tiene un componente mucho más personal. Sus recuerdos son del Mediterráneo, de la comida y de las amigas. Por eso lo considera un refugio.