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La preservación del entorno rural y la gestión responsable del patrimonio histórico han cobrado una relevancia internacional sin precedentes en el diseño de las agendas viajeras contemporáneas.

La ONU, a través de la Organización Mundial del Turismo (OMT), lleva años distinguiendo a distintos municipios del mundo con el sello internacional Best Tourism Villages.

Lo hace cada año y señala aquellos enclaves que sobresalen por la salvaguarda de sus raíces culturales, la autenticidad de sus costumbres y el desarrollo de un modelo turístico respetuoso y sostenible.

Y si hay un municipio catalán que encaja en estas características es Rupit i Pruit (Barcelona), que fue distinguido con este reconocimiento de la ONU.

El entorno

Todo ayuda. Las formaciones de Les Guilleries y el espacio natural del Collsacabra que lo rodean, las carreteras de trazado sinuoso por las que se llega y los imponentes farallones rocosos anticipan que uno se acerca a un lugar especial. Y lo es.

El municipio ha conseguido mantener su autenticidad y sus calles casi impecables, en parte, gracias al acceso peatonal a su núcleo histórico. Algo que en buena medida fue una medida de protección y, en parte, por las limitaciones de acceso que suponen el puente y su muralla.

Excursionista en las montañas de Les Guilleries VISIT COSTA BRAVA

El puente colgante

Todo el mundo en Cataluña sabe de ese puente. Es icónico a pesar de no ser medieval. Es una estructura construida originalmente en el año 1945 sobre el curso de la riera de Rupit, no apta para cualquiera.

El puente presenta una oscilación natural ante el paso de los peatones, pero es una bienvenida que ya impresiona.

Luego está el pueblo, con sus casas de piedra, los voladizos de madera decorados con vegetación y las cubiertas de teja oscura. Una estampa homogénea donde se ha evitado la introducción de cartelería publicitaria estridente o escaparates comerciales disruptivos. Una postal.

En el interior de este laberinto empedrado sobresale la calle del Fossar, una de las arterias más representativas del término. Su firme, compuesto por escalones rústicos tallados de manera directa sobre la roca viva de la vertiente montañosa, es parte de su encanto.

Calles e iglesia

Sus calles son lo más atractivo, sin duda, pero también hay edificios relevantes. La iglesia parroquial de Sant Miquel es uno de ellos.

Este templo de fábrica barroca con influencias neoclásicas cambia la imagen de la ermita medieval. Su fachada principal es blanca y la silueta de su campanario llama la atención en un entorno donde el cromatismo grisáceo y ocre de la piedra es el que domina.

Calles de Rupit y Pruït WIKIPEDIA

Los restos del castillo

A escasa distancia de la iglesia se hallan los vestigios del antiguo castillo, cuyos orígenes documentales se remontan al año 968.

Pese a que el paso del tiempo ha reducido la construcción a un conjunto de ruinas, el promontorio rocoso sobre el cual se cimentó continúa dominando el horizonte, recuerdo de aquella necesaria defensa de la zona durante la Alta Edad Media.

Por último, están las posibilidades naturales que ofrece Rupit i Pruit. Desde aquí parten diversas rutas de senderismo debidamente señalizadas que se adentran en zonas de hayedos y cursos fluviales de montaña de los alrededores.

El itinerario de mayor afluencia es el sendero que conduce hacia el Salt de Sallent, una espectacular cascada de unos 100 metros de altura, con vistas a los acantilados del Collsacabra, a la que se llega en media hora andando.

Gastronomía

Todo eso ayudó a que, en 2022, Rupit i Pruit recibiera el reconocimiento de la OMT. Pero hay un añadido más: la gastronomía, ligada a los productos de montaña y a la tradición chacinera de la comarca.

Tiendas y restaurantes ofrecen embutidos típicos como la llonganissa, el fuet o las distintas variedades de botifarra. También destacan las recetas de carnes a la brasa, estofados de caza mayor y menor y las setas silvestres recolectadas en los bosques circundantes.

Qué comer

Por último, los más dulzones también tienen su recompensa. La elaboración artesanal de piezas clásicas de la pastelería catalana, tales como el pa de pessic o las cocas cubiertas de piñones, está presente en todas las panaderías y pastelerías.

Asimismo, los carquiñoles, una especie de galleta dura de almendra también muy común en Italia, se venden casi en cualquier tienda del pueblo. Uno sale con la barriga llena y la vista saciada de belleza.

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