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La historia de Cataluña, como la de buena parte de España, está marcada por la importancia del clero. También a través de esta comunidad entraron los avances de la Revolución Industrial y, en los años 70, el teatro de Barcelona era una referencia.

¿Qué tienen en común todos estos elementos? Puede que nada, pero hay un espacio que condensa todo este legado. Un convento de monjas del siglo XIX ubicado en una colonia industrial que, en pleno siglo XXI, es referencia a nivel creativo y teatral: el Konvent de Can Rosal o Konvent Zero.

El nombre ya da pistas. La K indica su carácter alternativo, pero remite a un templo religioso, y Can Rosal es el nombre de una conocida colonia industrial ya caída en desuso. Hasta ahora.

Si bien buena parte de las fábricas y casas de esta colonia están abandonadas, el antiguo convento ha vuelto a la actividad transformado en un núcleo de agitación cultural y creación artística contemporánea, manteniendo los símbolos religiosos, aunque reinterpretados.

La época de la colonia

Hasta esta conversión ha pasado mucho tiempo. La historia de este rincón cultural, a una hora y media de Barcelona, se remonta al año 1858.

En esa fecha, los hermanos Rosal adquirieron unos terrenos agrícolas a las afueras de Berga, junto al río Llobregat, con el propósito de edificar una fábrica de hilados y tejidos. Y lo hicieron.

Una pequeña ciudad

La actividad fabril comenzó en 1874, centrada exclusivamente en la producción textil, un sector en el que Cataluña fue potencia. El lugar experimentó un crecimiento sostenido hasta convertirse en uno de los principales motores económicos y laborales de Berga durante la posguerra.

En su época de máximo apogeo, la colonia funcionaba como un pequeño pueblo autosuficiente que albergaba a más de 1.200 trabajadores. Allí había todos los servicios de una ciudad: viviendas, salas de cine, teatro y un convento edificado en el siglo XIX para las monjas.

Las religiosas eran las encargadas de la escolarización de los hijos de los operarios y allí, de alguna manera, se siguen formando nuevas generaciones, pero de artistas. Esto sucede ahora, tras la crisis del sector textil que obligó a cerrar la empresa en 1992.

No fue automático. Desde los años posteriores, la infraestructura de la colonia textil permaneció abandonada durante más de una década, expuesta a la degradación material.

Quién lo rescató

Todo cambió gracias a la iniciativa de Rosa Cerarols, Pep Espelt y Eduard Finestres, quienes impulsaron la rehabilitación del antiguo edificio religioso.

Con la voluntad de recuperar este patrimonio histórico y arquitectónico, este trío de catalanes lo reconvirtió hasta transformarlo en un polo de agitación cultural. Supieron darle un nombre con gancho, el Konvent, que ya le otorgaba un aire alternativo. Y así sigue.

Sin ayudas

El proyecto se articula en torno a un modelo de gestión estrictamente independiente y cooperativo que rechaza las subvenciones públicas tradicionales.

El antiguo convento, con su capilla, sus cocinas y las antiguas estancias de las monjas, sigue en funcionamiento y lleno de vida. Todo ello gracias al trabajo de voluntarios y creadores que acuden al espacio para impartir formación, desarrollar investigaciones artísticas o exponer sus propuestas.

La colonia Cal Rosal KONVENT ZERO INSTAGRAM

Al principio todo estaba al margen de la ley, pero los vecinos de la cercana Gironella vieron que no solo no molestaban, sino que aportaban al pueblo.

Con el paso de los años, el Konvent se ha convertido en un espacio de creación de referencia, al margen de cualquier institución, pero con redes de colaboración estables con entidades del tejido artístico de Cataluña, como el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB).

Cómo es ahora

Y todo sin grandes transformaciones. El complejo mantiene sus antiguos edificios en condiciones más que dignas. Y no es fácil.

Can Rosal ocupa más de 2.000 metros cuadrados distribuidos en cuatro plantas. De estos, 780 m2 están destinados de forma exclusiva a la exhibición y ensayo de las artes escénicas.

Lugar para vvir

En otras dependencias se ubican las salas de trabajo para residencias artísticas temporales, así como las habitaciones.

Los antiguos catres de las monjas son ahora pequeñas estancias donde residen los creadores que son aceptados para trabajar en estas dependencias.

La antigua capilla del convento se mantiene casi intacta. Aún conserva el altar original con una virgen iluminada mediante un foco de luz roja. Allí todavía se celebran ceremonias, pero de carácter artístico, incluso vinculadas con el propio espacio.

Por último, hay una enorme cocina comunitaria, con fogones de principios del siglo XX, y la antigua sala de cine, recuperada para proyecciones, junto al reformulado hospital, que es ahora un espacio de muestras y ensayos.

Un jardín con bar

Un jardín de 1.000 metros cuadrados rodea toda la colonia y, en un rincón, se encuentra la terraza del bar autogestionado. Todo ello con el sonido del río Llobregat de fondo, cuyo caudal proporcionaba energía hidráulica a las turbinas de la fábrica decimonónica.

Pasado y presente, naturaleza y creación, industria y religión, historia y futuro: un ejemplo de aprovechamiento de antiguas construcciones sin alterar su fisonomía original.

Cómo llegar

Quien crea que esto no es cierto, alertado por la K del Konvent, puede acercarse a comprobarlo. Es fácil hacerlo; está a poco más de una hora y cuarto de Barcelona.

Se accede por la C-16 hacia Berga hasta tomar la salida 92, señalizada específicamente para el núcleo de Cal Rosal. Una vez abandonada la autovía, el itinerario cruza el cauce del Llobregat antes de acceder a la colonia.

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