La Guerra Civil acabó con la vida de centenares de españoles, las ilusiones de todo un país y hasta con varios pueblos.
Conocidos son los casos de Belchite, en Aragón, o de Corbera d’Ebre, en Cataluña, auténticos municipios fantasma. Hay otros, en cambio, que directamente han quedado desiertos, deshabitados.
En el Empordà, por ejemplo, hay un pueblo medieval, milenario, que ha quedado casi vacío después del golpe de Estado de Franco. Se trata de Albanyà, un pueblo muy cercano a la frontera con Francia, en el que solo quedan tres habitantes censados.
Ellos, y una iglesia románica, documentada desde hace más de un milenio, resisten entre ruinas y maleza como último baluarte de un lugar que fue próspero hasta el despoblamiento masivo tras la Guerra Civil.
Primeros registros
Con ellos perece parte de la historia de este rincón de Cataluña. Hay que tener en cuenta que la primera mención escrita del lugar aparece en el año 878, en un precepto del rey Luis el Tartamudo.
El documento otorgaba las tierras al monasterio de Santa Maria d’Arles, entre sus posesiones, en referencia a este núcleo y a un entorno próximo que incluye la serra de Calmatges y el casal de Ferrerós. Allí aparece el nombre “Carboniles et Calmilias”.
La historia del pueblo y la Iglesia
Lo curioso es que tres años después, en el año 881, Carlomagno ratificó la misma donación, consolidando su pertenencia al monasterio.
Durante la Edad Media, el pueblo formaba parte del arciprestazgo de Besalú y generaba rentas propias, como reflejan las Rationes decimarum de 1279-1280, que lo listan entre las parroquias obligadas a contribuir a las cruzadas.
Fotografías antiguas de Carbonills
Aparece allí la iglesia de Sant Feliu. El templo conserva elementos prerrománicos que sugieren una fundación aún más antigua, posiblemente contemporánea al poblado.
Ya en 1316, Jaume de Masó, caballero de Sant Llorenç de la Muga, reconocía poseer el diezmo de la parroquia en feudo del obispo de Girona.
Lugar de conversos
Años después, en 1362, aparece en el Llibre Verd del Archivo Capitular de Girona como parroquia diocesana activa. Sin embargo, a partir del siglo XV dejó de ser independiente, agregándose a Sant Cristòfol dels Horts junto con Sant Miquel de Fontfreda.
Un capítulo destacado es el que se vivió en el santuario de la Mare de Déu del Fau, el más alto de la zona. En 1315, el obispo Guillem de Vilamarí autorizó a Guillem Blanc y Maria de Roquer a construir esta capilla, permitiéndoles vivir allí como conversos.
La Guerra Civil
Dos años más tarde, otro matrimonio donó sus bienes para su mantenimiento. A lo largo del siglo XIV, el templo sufrió derrumbes parciales, recibiendo indulgencias papales en 1407, 1415 y 1438 para su reconstrucción.
El declive acelerado llegó con la Guerra Civil, que devastó las parroquias rurales del arciprestazgo de Besalú. Lugares remotos como este, de acceso difícil por caminos pirenaicos, quedaron sin servicios religiosos ni población estable.
Tras el conflicto, el éxodo rural selló su destino. La posguerra provocó un abandono total: la iglesia de Sant Feliu quedó sin culto, expuesta a saqueos y a la ruina.
Ya en los años 70 desaparecieron la puerta principal, con sus herrajes románicos, tejas y piedras de los muros, colapsando parte de la bóveda occidental y agrietando la fachada y la espadaña.
El sepulcro migrado
Ante semejante devastación, se añadió otro desplazamiento. Una lápida sepulcral románica, datada entre los siglos XII y XIII, fue trasladada primero a Sant Llorenç de la Muga.
El sepulcro escultórico, con una escena funeraria de un clérigo bajo un friso de palmetas, ángeles y candelabros, fue trasladado luego a Sant Pere d’Albanyà, donde se exhibe hoy.
La recuperación
Por suerte, no todo está perdido. La intervención ciudadana frenó la desaparición total. En 1976, grupos del Centre Excursionista Empordanès limpiaron el entorno.
Entre 1985 y 1986, con una subvención de la Diputación de Girona, se consolidó el conjunto que conforman la iglesia románica y los restos prerrománicos adyacentes, que se reinauguró el 28 de septiembre de 1986.
Pero el tiempo pasa, los tiempos cambian y la gente se va. Hoy, Carbonills, que pertenece a Albanyà, cuenta con tan solo tres habitantes censados, según el Institut Català d’Estadística (Idescat).
El pueblo es un paraje silente rodeado de bosque mediterráneo y pizarras ampurdanesas, donde solo queda la iglesia, con su nave única con ábside y sus modestos arcos.
Qué queda en Carbonills
También quedan algunas casas de payés, como El Palau, El Grau, Terracoberta y Can Roquill. Ya hacia el este está la Trilla i les Mosqueres y, hacia el oeste, cerca de la Muga, se halla Can Cariquetes i el Bertran.
Algunos todavía se acercan allí y al santuario del Fau, para luego hacer una pequeña ruta y seguir por senderos marcados que llevan a miradores naturales desde los que contemplar el Empordà y el Capcir francés.
Cómo llegar
A pesar de encontrarse cerca de la frontera con Francia, Carbonills está a solo 45 minutos de Roses. Basta con ir en busca de la N-260 en dirección a Olot y, al cabo de unos kilómetros, tomar el desvío hacia Llers y Albanyà por la GI-510.
Desde Girona es una hora y desde Barcelona, dos, pero el camino es por autopista al principio. Se va por la AP-7, se toma la salida de Figueres y ya se enlaza con la N-260.
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