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Cataluña es tierra de contrastes, pero pocos imaginan que entre sus coordenadas se esconde un paisaje digno de latitudes africanas. No hay asfalto, ni edificios, ni rastro de vegetación frondosa.

Solo existe una inmensa lengua de arena fina que parece no tener fin y se funde con el horizonte. Un escenario árido y silencioso que desafía la lógica de una costa tradicionalmente masificada.

Mar de arena

Este enigma geográfico tiene nombre propio: la Punta del Fangar. Situada en el extremo norte del Delta del Ebro, en Tarragona, constituye uno de los parajes más singulares y desconocidos del litoral.

La península abarca una extensión cercana a las 410 hectáreas. Su morfología plana y arenosa le ha valido el sobrenombre popular del 'Sahara catalán' entre los habitantes de la zona.

Dunas móviles

El viento juega un papel fundamental en la configuración del terreno. El cierzo y el levante moldean montañas de arena que cambian de forma y posición según la intensidad de las rachas.

Estas dunas se encuentran entre las mejor conservadas del Mediterráneo. Algunas se fijan gracias a la escasa vegetación rastrera, mientras que otras se desplazan libremente y cubren los caminos.

Vigía solitario

En mitad de la nada se alza el símbolo indiscutible del lugar. Un faro blanco con una franja roja domina el desierto y sirve de única referencia visual en kilómetros a la redonda.

El Faro del Fangar Explora tu ruta

La estructura actual, conocida como 'La Faroleta', data de 1972. Sustituye a antiguas construcciones derribadas por la erosión y la guerra, resistiendo hoy como un guardián ante la intemperie.

Plató natural

La estética postapocalíptica y virgen del entorno ha seducido a numerosos directores de arte. El grupo U2 eligió este escenario para rodar el videoclip de su éxito mundial Vertigo.

Las productoras de cine y publicidad acuden aquí en busca de una luz especial. Los atardeceres ofrecen colores violetas y naranjas que se reflejan en el agua estancada de la bahía interior.

Fauna protegida

A pesar de su apariencia estéril, la vida se abre paso con fuerza. La zona constituye un área de nidificación vital para aves marinas como los charranes y las gaviotas de Audouin.

Durante la primavera y el inicio del verano, las autoridades restringen el paso a ciertas áreas. Respetar los cordones de seguridad resulta crucial para no pisar los nidos camuflados en la arena.

Efecto óptico

El calor intenso y la humedad provocan un fenómeno visual fascinante. En los días de sol, la reverberación del aire crea espejismos que deforman la realidad sobre la superficie plana.

Los objetos lejanos parecen flotar sobre el suelo o duplicarse. Es habitual ver el faro o los barcos distantes suspendidos en el aire, un efecto que aumenta la magia misteriosa del enclave.

Cómo llegar

Para llegar, es necesario dirigirse primero a la localidad de Deltebre. Desde el núcleo urbano, una carretera asfaltada conduce hacia la zona de la playa de la Marquesa a través de los arrozales.

El trayecto en coche finaliza en un aparcamiento de tierra junto a un conocido restaurante. Allí, una barrera marca el límite del parque natural y obliga a detener los motores definitivamente.

Llegar hasta el final de la lengua de arena requiere esfuerzo físico. La caminata es obligatoria. La ruta implica recorrer unos cuatro kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. El viento suele soplar con fuerza y no existe ninguna sombra en todo el trayecto, lo que endurece la marcha.

Sabor local

La visita al desierto se completa con la riqueza gastronómica de la bahía que protege. A pocos kilómetros, en las aguas tranquilas, se cultivan los mejillones y ostras más apreciados de la costa.

Las estructuras de madera conocidas como mejilloneras salpican el horizonte marino. Muchos viajeros combinan la aridez de las dunas con una degustación de marisco fresco en los puertos cercanos.

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