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El candidato del PSC a la presidencia de la Generalitat, Salvador Illa (en el centro), junto a Miquel Iceta (i) y Eva Grandos (d) / EFE

El PSC resucita con una victoria tras la larga travesía del desierto

Los socialistas catalanes superan la irrelevancia en la que les situó el ‘procés’ y recuperan su influencia en la política catalana

8 min

Este domingo se ha confirmado el acierto de la decisión de sustituir a última hora a Miquel Iceta por Salvador Illa como candidato del PSC a la presidencia de la Generalitat. Hasta el 30 de diciembre, fecha en la que se anunció el inesperado relevo, todas las encuestas pronosticaban una subida moderada para los socialistas (desde los 17 escaños y el 13,9% de los votos cosechados en 2017, a alrededor de 25 asientos y el 18% de los sufragios, lejos de ERC y JxCat). A partir de entonces, en cambio, los sondeos se dispararon y auguraban que el PSC se metía de lleno en la pelea por ganar las elecciones (superando los 30 diputados y el 22% de los votos).

Finalmente, los socialistas catalanes han sido la fuerza más votada (23%) y han ganado las elecciones con 33 escaños, los mismos que ERC y uno más que JxCat. Y en su primera intervención tras conocerse los resultados, Illa ha anunciado que se presentará a la investidura.

 

 

Illa (PSC) se presentará a la investidura y asegura que "el cambio es imparable"/ EP

El ‘efecto Illa’, acierto de Sánchez

El efecto Illa ha sido una realidad indiscutible. Y de este golpe tiene gran parte del mérito el presidente del Gobierno y del PSOE, Pedro Sánchez, y su equipo de estrategas encabezados por el jefe de Gabinete, Iván Redondo. El propio candidato socialista así lo ha reconocido de forma pública.

Pese a que la iniciativa de dar un paso al lado la propuso Iceta en noviembre, desde el pasado verano Ferraz iba presionando en esa línea, trasladándole informes que apuntaban que el cambio era la mejor opción. De hecho, cuando Iceta planteó a Sánchez su sustitución, este dio su plácet de inmediato, e Illa aceptó el encargo en apenas 24 horas.

Seis años de travesía del desierto

En todo caso, el camino del PSC hasta recuperar su influencia en la política catalana ha sido arduo. El procés ha penalizado especialmente a los socialistas. En 2010, partían con 28 escaños (tras dos tripartitos y una tendencia a la baja desde el máximo histórico de 50 escaños de 1999, pasando por los 42 de 2003 y los 37 de 2006 --coincidiendo con la irrupción de Cs--). Pero el salto al abismo de Artur Mas en 2012 le hundió hasta los 20 diputados, con el PP pisándoles los talones (19) y Cs en ascenso (9).

Los comicios de 2015 (presentados por el independentismo como plebiscitarios tras el referéndum del 9N de 2014) dejaron a los socialistas con su peor resultado histórico: 16 asientos y un 12,7% de los votos. Los constitucionalistas catalanes optaron por Cs para oponerse al procés. Y las elecciones de 2017 --convocadas mediante el 155 tras el intento de secesión unilateral del 1-O-- reforzaron esa tendencia: el PSC se mantuvo en el fondo del pozo, con 17 escaños, mientras que Cs ganó las elecciones con 36.

Purga del sector más nacionalista

Durante estos años de irrelevancia --y especialmente tras afrontar duras crisis internas en 2013 y 2014 con motivo del referéndum del 9N, que se llevaron por delante a Pere Navarro--, los socialistas han aprovechado para deshacerse de los dirigentes más nacionalistas que contaminaban su discurso y que ejercían de anticuerpos para el votante constitucionalista. Una reconversión dolorosa pero cuya digestión ya está ampliamente superada.

Entre esos elementos que lastraban al partido y que ya están fuera cabe recordar a personajes como Ernest Maragall (ahora en ERC), Marina Geli (en JxCat), Toni Comín (primero en ERC y luego en JxCat), Fabián Mohedano (en ERC) y Joan Ignasi Elena (ahora cercano a ERC). Algunos rebeldes dieron un paso atrás, como Àngel Ros (se mantuvo como alcalde de Lleida y en 2018 aceptó un retiro dorado como embajador en Andorra), Rocío Martínez-Sampere (se recolocó como directora de la Fundación Felipe González), Laia Bonet (que dejó la ejecutiva en 2014 para fichar por ATLL en 2015 y regresar en 2019 al PSC como número dos de Jaume Collboni en el Ayuntamiento de Barcelona), Núria Ventura (montó una asociación local con la que gobierna en coalición con el PSC en Ulldecona) y Núria Parlón (la alcaldesa de Santa Coloma de Gramenet, que suavizó sus posiciones tras defender con vehemencia la celebración de un referéndum independentista). Y otros dejaron la primera línea de acción, como Antoni Castells y Montserrat Tura, tras fundar Moviment d’Esquerres, que este 14F se ha presentado bajo el paraguas de JxCat.

Recuperación del voto de Cs

En cualquier caso, la decepción del constitucionalismo catalán con los naranjas en los últimos años --la líder del partido, Inés Arrimadas, dio el salto a la política nacional a principios de 2019-- ha ayudado a los socialistas a recuperar el voto prestado a Cs.

A lo largo de 2019 las encuestas mostraban cómo los apoyos cambiaban de una formación a otra. Y todo apunta a que la mayor parte de los nueve puntos porcentuales que ha subido el PSC este 14F respecto a 2017 proceden de los 19 que han perdido los naranjas.

¿Y ahora qué?

El PSC ha logrado en los últimos meses atraer el voto de un electorado agotado. Ante la sensación de que lo peor del procés ha pasado, su apuesta por “pasar página” y recuperar el diálogo con el independentismo ha sido comprada por la mayor parte del constitucionalismo (ayudado por la congelación de la probable concesión de indultos a los líderes del procés por parte del Gobierno del PSOE hasta después del 14F).

Illa ha insistido este domingo en esa línea del "reencuentro". La aritmética le permite al PSC afrontar tres opciones: llegar a algún tipo de acuerdo para formar un tripartito (junto a ERC y a los comuns), apoyar un gobierno desde fuera (con ERC al frente y los comuns coaligados, a cambio de que los de Pere Aragonès faciliten las cosas al PSOE en el Congreso) o liderar la oposición constitucionalista (si los independentistas reeditan un pacto para mantener el Govern). Ahora habrá que ver si el mensaje de Illa se puede aplicar en el escenario que se abre este lunes o si el nacionalismo catalán mantiene su deriva radical.