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Laura Borràs, cara visible de JxCat, con la imagen de Carles Puigdemont a su espalda / EUROPA PRESS

La dulce derrota de JxCat lo convierte en prescindible en la nueva Generalitat

El partido de Puigdemont mantiene su arraigo en las zonas más nacionalistas, pero las escisiones le han restado los votos que necesitaba para ser determinante tras el 14F

5 min

Como dijo Felipe González en 1996, cuando el PP logró desplazarle como primera fuerza política, el resultado del 14F es una dulce derrota para los herederos de Jordi Pujol (también para los de Artur Mas), no porque hayan perdido dos escaños, sino por todo lo que rodea ese resultado.

Una extraña situación: sigue en cabeza, es uno de los tres primeros partidos de Cataluña; pero el último de ellos. Cabe la posibilidad de formen parte del nuevo Govern, pero no desde la presidencia.

ERC tampoco ha ganado

ERC tampoco ha ganado las elecciones en esta ocasión, pero puede elaborar una política propia, al margen del mundo convergente. Y eso quiere decir que son prescindibles, que ya se puede gobernar Cataluña sin su concurso. Los resultados, por más que sume el independentismo, permiten varias fórmulas de gobierno; y ninguna de ellas favorece a los hombres de Carles Puigdemont.

Es lógico que Puigdemont y Laura Borràs subrayen el avance en votos de las fuerzas soberanistas tratando de comprometer a ERC en un futuro Gobierno, pero han perdido pie y protagonismo. Sus reacciones tras conocer los resultados del 14F no han podido disimular el desencanto, porque las expectativas de la abstención, fomentada por el miedo a la pandemia, eran muy altas y han quedado defraudadas. El PSC --"el partido del 155", como ellos le llaman-- vuelve a ser el más votado.

JxCat está arraigada

Un primer análisis de los resultados de ayer dice que JxCat sigue fuertemente enraizado en los territorios nacionalistas. De hecho, en el Gironès, el corazón del nuevo movimiento nacional, solo ha perdido cinco puntos de apoyo electoral, mientras que la participación ha descendido casi 30. Aguanta.

En La Garrotxa, donde en 2017 batió el récord y recogió el apoyo del 48,65% de los electores, se ha dejado apenas ocho puntos, pese a que la participación ha descendido 26. También resiste.

 

 

Borràs valora los resultados de las elecciones catalanas / EP

En las zonas obreras aguanta

En el otro extremo, donde menos votos obtiene, en el Baix Llobregat, también se agarra bien: ha perdido dos puntos de respaldo popular, ahora tiene el 9,97%, cuando el abstencionismo ha crecido más de 30 puntos porcentuales desde 2017. Algo parecido ocurre en el Vallès Occidental, donde casi no ha perdido apoyo popular en un territorio en el que la abstención ha ganado 30 puntos.

¿Qué puede explicar ese desplazamiento en el ránking de partidos parlamentarios habiendo aguantado el tipo tanto en los territorios más favorables como en los más adversos? Probablemente, más que el desgaste de la discutible gestión de gobierno a medias con ERC, la erosión obedece al astillado a que se ha visto sometida la casa común convergente, con PDCat, por un lado, partido que lidera nada menos que Artur Mas, quien lo ha sido todo en ese mundo, además de iniciar el procés que nos ha traído hasta aquí.

El poder de los extraparlamentarios

Tanto el partido de Mas como el de Marta Pascual (PNC), se han quedado fuera del Parlament, pero han recogido algunos votos y, además, en lugares sensibles para el soberanismo. Si hemos de creer que, tal como dicen estos resultados, a JxCat se cuesta unos 17.000 votos cada diputado, las más de 80.000 papeletas que se han llevado sus escisiones le habrían supuesto cinco escaños adicionales. O sea, que en lugar de los 32 que ha registrado se habría erigido en el primer partido con 37 actas.

Las cuentas no son matemáticamente así, pero tampoco es lo más importante. Lo sustancial de los resultados del partido de Carles Puigdemont y Laura Borràs es que si no fuera por los personalismos que han provocado las escisiones, hoy estaríamos como en diciembre de 2017.

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