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A este lado del Atlántico también hay vida

Xavier Salvador
4 min

Nos desayunamos con Estados Unidos dando vueltas alrededor del vaso junto con las pulpas del zumo o entre el pan con tomate del bocata. El gran gigante, el imperio, sus movimientos políticos, su poderío e influencia mediática todo lo invade. Constaten resignados que los resultados electorales a la presidencia estadounidense son tan fundamentales como la ducha matinal y que los españoles nos hemos entregado a una especie de cosmopolitismo internacional insospechado.

Hoy es el día grande y los medios de comunicación permanecemos sumidos en la narración de un relato que combina a la perfección la importancia política, geoestratégica y económica con el espectáculo, el show business y la grandilocuencia habitual del mensaje diplomático americano. En España hubo unos años en los que --con independencia de lo que dijera Antonio Garrigues Walker, ese precoz e interesado difusor de lo estadounidense-- lo que venía de América del Norte daba bastante por saco. Duró hasta que con un referéndum a mitad de los 80 nos metimos de cráneo en su misma alianza militar y el yankee go home dejó de ser una pintada creativa en los grafitis populares de nuestras ciudades.

Cuando una sociedad tiende a los excesos, como la nuestra, no es de extrañar que en pocas décadas hayamos pasado del menosprecio intelectual por EEUU a una especie de entreguismo sin rubor por todo lo que lleva su sello. Un repaso de la prensa francesa durante las últimas semanas permitía advertir que los gabachos seguían las elecciones presidenciales norteamericanas con menor interés y profusión que sus vecinos del sótano. Sea la grandeur o el jacobinismo, también en lo cultural, su mirada era menos atenta y más desapasionada que la nuestra.

En España volvemos a tener síntomas peligrosos en el mercado inmobiliario. Visto lo sucedido en EEUU con las 'subprime' en 2007, vayan regresando tras los fastos electorales

Sin restar un ápice de importancia a lo que representa la elección presidencial en el país de las hamburguesas (las bolsas decidieron anoche que se venían un poco arriba tras conocer los primeros datos de participación en las votaciones), no perdamos de vista lo próximo. Por ejemplo, que en España nos estamos volviendo locos de nuevo con el mercado inmobiliario. Otra vez se compran pisos de proyectos residenciales que existen sólo sobre plano, aunque la última crisis del sector ha dejado casi medio millón de viviendas sin estrenar. Ese fenómeno económico permite conectarnos con los EEUU de nuevo: en 2007 gracias a una política de concesión temeraria de créditos hipotecarios y su posterior reventa (hipotecas subprime lo llamaron), su sistema financiero ardió en llamas y las chispas se extendieron por todo el planeta. Aún estamos pagando aquí las consecuencias de aquella emulación financiera que circuló por todo occidente y derivó en la crisis económica de mayor profundidad que ha conocido la historia contemporánea del planeta.

Pues eso, hoy, con lo de Estados Unidos resuelto en términos políticos, seguimos teniendo lo nuestro pendiente. ¿Alguien del nuevo Gobierno presidido por Mariano Rajoy ha pensado en adoptar alguna medida para evitar nuevas burbujas inmobiliarias en el futuro próximo? A este lado del Atlántico también hay vida por más que los medios de comunicación del planeta tengan ahora sus ojos en aquel espacio del mapamundi. Acabados los fastos electorales, vayan regresando todos, que se les echa de menos...

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.