Un montaje de una foto de Gonzalo Baratech con la imagen del hotel Mandarin Oriental de Barcelona de fondo.
Los sauditas cambian la suerte del hotel Mandarin Oriental de Barcelona
“La andorrana María Reig dejó tras de sí agujeros, quiebras y demandas; Olayan ha dado la vuelta al establecimiento y ya ha sacado 21 millones”
Tres años han bastado a la familia saudita Olayan para poner el Mandarin Oriental de Barcelona, de cinco estrellas gran lujo, a trabajar a pleno rendimiento.
Desde que adquirió el hotel, ha elevado con fuerza el resultado operativo y ha extraído casi 21 millones de euros entre dividendos y reintegro de aportaciones.
El Mandarin radica en el corazón del paseo de Gracia. Ya había retornado a la senda de las ganancias poco antes de la venta, tras una larga etapa de sinsabores. Desde entonces, el negocio ha progresado a paso de carga y ha permitido a la saga árabe resarcirse en parte de sus desembolsos.
El pasado ejercicio aumentó su facturación hasta los 43 millones. Registró un beneficio bruto de 8 millones y un superávit final de 1,2. Las previsiones para el año corriente apuntan a incrementar el giro un 6%, apoyadas en la mejora de los ingresos por habitación y en el creciente impulso de los restaurantes. Se ha modificado la oferta gastronómica, con el propósito de captar más clientes tanto en los desayunos como en las cenas.
Olayan no ha perdido el tiempo a la hora de hacer caja. En 2023 se abstuvo de repartir dividendo. Pero a continuación comenzó el festín. En 2024 se distribuyeron 2,1 millones y el año pasado, otros 16,7 millones, con cargo al resultado y a las reservas sociales. Además, se acometió una reducción de capital que significó la devolución de 2,1 millones.
El Mandarin cuenta con 98 habitaciones. Comprende también la finca contigua, que añade otras 22, y pertenece a los dueños de Mango, los hermanos Jonathan, Judith y Sarah Andic.
Al margen de sus actividades ordinarias, el Mandarin tiene alquilados los locales de los bajos del inmueble. Uno lo ocupa la marca de moda alemana Philipp Plein y el otro, la galería Villa del Arte. El canon arrendaticio está en línea con los vigentes en la cotizada vía: 46.000 euros mensuales en cada caso.
La transformación experimentada por el Mandarin contrasta con las vicisitudes de la anterior propietaria, la andorrana María Reig Moles.
Llegó a la Ciudad Condal a comienzos de siglo con ánimo de protagonizar grandes hazañas. El Mandarin fue su apuesta más deslumbrante.
Quince años después hubo de desprenderse del bloque entero, acuciada por las presiones de sus prestamistas. El traspaso, por importe de 220 millones, se formalizó en Luxemburgo, donde reside la sociedad de cartera de Reig que era titular del Mandarin.
Conviene subrayar que de esa cantidad, la empresaria apenas vio un céntimo, pues fue a parar casi íntegra a Farallon. Esta firma no era una hermanita de la caridad, sino un fondo buitre californiano que había adquirido a Caixabank, a precio de derribo, los créditos pendientes.
La presencia de la dama pirenaica en el Mandarin durante tres lustros fue calamitosa. Invirtió 150 millones para hacerse con el edificio y acometer su reforma completa. Como fruto, solo encajó un aluvión de pérdidas cifradas en 80 millones.
Por cierto, los actuales dueños del Mandarin no se andan con remilgos ni medias tintas. Tras rubricar el acuerdo con Reig, su primera providencia fue fulminante. Consistió en trasladar a Madrid la sede social de la compañía que explota el establecimiento.
En conjunto, el balance de los dos amos que se han sucedido al frente del Mandarin no puede ser más dispar. Reig dejó tras de sí una estela de agujeros, dos quiebras y un reguero de demandas.
Olayan, en cambio, ha encontrado la fórmula de generar utilidades y, sobre todo, sacar tajada de su apuesta.
En apenas un trienio, el icono del paseo de Gracia ha pasado de ser un lastre, a constituir un activo rentable para los opulentos magnates del desierto.