Alejandro Tercero opina sobre la gestión de Mónica García como ministra de Sanidad
El lastre de Mónica García
La ministra de Sanidad, tras poner en pie de guerra a profesionales de la medicina, pacientes, estudiantes, autonomías y empresas colaboradoras, asegura que la gestión de la crisis de Ceuta ha sido ejemplar
Gobernar en coalición exige realizar cesiones a los socios pero, en algunas ocasiones, las renuncias pueden ser excesivas y contraproducentes.
Es el caso del Gobierno de Sánchez y de la ministra de Sanidad, Mónica García.
En algo menos de tres años, la líder de Más Madrid ha logrado lo que ninguno de sus antecesores al frente de la cartera de Sanidad había conseguido: poner en pie de guerra a profesionales de la medicina, pacientes, estudiantes, comunidades autónomas y empresas colaboradoras.
Y lo ha hecho priorizando criterios ideológicos en vez de buscar la optimización de la gestión sanitaria.
Su experiencia como anestesista parecía que le daba cierta ventaja para afrontar los problemas de una de las carteras con mayor influencia en el bienestar de los ciudadanos, pero no ha sido así.
García ha optado por la pancarta y por la trinchera política y ha convertido su etapa en el ministerio como una de las más desastrosas y antipáticas que se recuerdan.
Los frentes abiertos por la ministra son innumerables. Desde la negociación del Estatuto Marco que ha derivado en un conflicto laboral con los médicos (con huelgas y manifestaciones), hasta sus constantes enfrentamientos con los gobiernos autonómicos, pasando por el caos inédito de los exámenes MIR, el intento fallido de desmantelar Muface, la negativa a subvencionar los nuevos medicamentos contra el alzhéimer, la campaña contra el tabaco en las terrazas o los más de 500 millones de crédito que su ministerio ha dejado de ejecutar pese a reclamar más recursos.
Las incongruencias de García son tan ridículas que, pese a erigirse en la crítica más feroz del modelo de colaboración público-privada en el ámbito sanitario, su propio ministerio, a través de INGESA, recurre a empresas privadas para prestar múltiples servicios en Ceuta y Melilla, donde gestiona directamente la sanidad pública.
La guinda de los despropósitos ha llegado este jueves. En su comparecencia en el Congreso para explicar su actuación ante la crisis migratoria de Ceuta, la ministra ha dibujado un escenario casi idílico, negando el colapso sanitario, pese a las llamadas de auxilio de los profesionales de la ciudad autónoma, y ha culpado al PP y a Vox de describir un paisaje irreal.
García ya va sin frenos y cuesta abajo. Es, probablemente, uno de los lastres más pesados para el Ejecutivo de Sánchez.