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Alejandro Tercero opina sobre la selección nacional

Alejandro Tercero opina sobre la selección nacional Crónica Global

Zona Franca

La diversidad de la selección nacional de fútbol

"¿Acaso los murcianos o los castellanoleoneses no están representados en el equipo para el Mundial porque no hay ningún paisano suyo en la convocatoria?"

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Hay algunos mensajes que, no por parecer afables y bondadosos, dejan de ser peligrosos para la convivencia.

Es el caso de las declaraciones del periodista Jordi Évole sobre la victoria de la selección nacional española en el Mundial de fútbol.

Évole ha destacado que “una cosa que tiene esta selección es que representa muy bien a España”, en referencia a que “representa muy bien la diversidad, [...] la España territorial, [...] la pluralidad”.

Y lo ha ilustrado destacando que “hay en la portería un vasco; en la defensa un francés y un catalán; en los lados un extremeño, otro catalán”, incluso un madrileño en el centro del campo.

Según este planteamiento, si los once titulares fueran catalanes o vascos, la selección no sería representativa del país. O, dicho de otro modo: ¿los murcianos no están representados en la selección nacional porque no hay ningún paisano suyo en la convocatoria? ¿Los castellanoleoneses no deben considerar como propia la selección porque ninguno de los jugadores nació en su comunidad autónoma?

Évole defiende un enfoque retorcido recubierto de dulzura para defender el modelo de Estado que propugnan los nacionalistas (y algún que otro asesor político): un Estado supuestamente plurinacional, conformado por naciones, no por ciudadanos iguales ante la ley.

En definitiva, un Estado de corte confederal.

No, señor Évole, la selección se nutre de los mejores jugadores que el entrenador considera que tiene a su alcance, con una sola condición: son españoles. Sin importar de qué comunidad procedan.

No son representantes de las comunidades autónomas. Ni la selección es más o menos plural por el lugar de procedencia de los mismos.

Llevado al extremo, el criterio de Évole nos dejaría paradojas sorprendentes. Así, la selección española que ganó la Eurocopa de 1964, en plena dictadura franquista, habría sido el paradigma perfecto de la diversidad territorial porque en el once titular que derrotó a la URSS había un vasco (Iríbar), dos catalanes (Fusté y Olivella), tres gallegos (Suárez, Marcelino y Amancio), un navarro (Zoco), dos castellanos (Pereda y Calleja) y un aragonés (Lapetra). Un absurdo conceptual.

O, si se traslada la representatividad al ámbito étnico, se debería concluir que la selección nacional francesa no representa muy bien a Francia porque solo el 20% de sus jugadores son blancos, cuando los blancos en Francia suponen el 70% de la población.

Al igual que ocurre con España –donde la soberanía corresponde a los ciudadanos y no a las CCAA–, la selección nacional de fútbol (aquí y en el resto del mundo civilizado) se nutre de jugadores españoles, no de jugadores de las CCAA. Y que procedan de uno u otro lugar no la hace más o menos diversa.

Comprar el marco mental de Évole es un retroceso para la igualdad y una victoria para los que quieren avanzar, paso a paso, hacia la división y la descomposición del país, siempre con la excusa de un concepto espurio de la diversidad.