Los avances tecnológicos son más abundantes que nunca; proliferan y mueren a la velocidad de la luz. Vivimos tiempos acelerados. Es imposible interiorizar cada novedad, dominarlas todas. Paradójicamente, nos faltan conocimientos en la era de la información.

Estas mutaciones traen cosas muy positivas, comodidades, inmediatez. Pero también arrastran una parte oculta, oscura. El manejo incorrecto de las redes sociales y de la inteligencia artificial deriva ya en problemas severos de salud mental, adicción a la pantalla y la comisión de delitos por pura inocencia o inconsciencia (y maldad también).

La preocupación no es individual; ha de ser colectiva. Y el foco no pasa por el uso que haga un adulto de estos chismes, sino por la odisea de educar a niños y jóvenes desde el desconocimiento de nuestra propia experiencia.

Comentaban unos padres el otro día precisamente este extremo: las dificultades que hay para enseñar a los pequeños y adolescentes a utilizar las pantallas con moderación, prudencia y sentido común. Nadie sabe nada de ellas. Somos analfabetos digitales guiando a nativos huérfanos. Se aprende sobre la marcha y a base de golpes. Lo bueno y lo malo.

Al final, el sistema se regula por sí mismo, pero a qué precio. Ya hay quienes optan por la vuelta a las cavernas y aparcan la tecnología para reconectar con la vida real. Pero en la inmensa mayoría de los casos se llega tarde, cuando las complicaciones ya han florecido en el entorno familiar.

Al contrario de lo que sucede con la medicina o con cualquier producto físico —un juguete, un coche, un ascensor—, con los intangibles tecnológicos no se aplica el principio de precaución. Ese periodo en el que el creador debe demostrar que su propuesta es segura antes de sacarla al mercado.

Con las redes sociales y las aplicaciones de IA ocurre exactamente lo contrario. Cumplen unos mínimos requisitos burocráticos, faltaría más, pero el verdadero ensayo clínico se hace en vivo con la población. La reparación llega después, cuando el daño ya está hecho. Su éxito financiero depende, precisamente, de generar una dependencia biológica.

Ahora las administraciones se llevan las manos a la cabeza. Que si hay que prohibir por ley las redes a los menores de 16 años, que si hay que perseguir el algoritmo... Por desgracia, poner puertas al campo a golpe de decreto suele ser el camino de la impotencia política. El parche para tapar que no se sabe qué hacer.

Tal vez sea el momento de repensar este asunto. Nunca es tarde para la sensatez. Más vale que una herramienta digital tarde un año más en estar disponible en la tienda de aplicaciones que lanzar al mercado un generador masivo de problemas sociales.

Habría que educar a la población de manera activa y estructural, en lugar de compartir ineficaces recomendaciones primero y recurrir al rodillo de la prohibición después. ¿Llegaremos a verlo? Por ahora, el poder y el negocio juegan a otra cosa: cuanto más tiempo nos tengan con la cabeza gacha, la mirada perdida y pegados a la pantalla, mejor para ellos.