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Alejandro Tercero y el logo de TV3 en su sede de Sant Joan Despí (Barcelona)

Alejandro Tercero y el logo de TV3 en su sede de Sant Joan Despí (Barcelona) Fotomontaje CG

Zona Franca

La decadencia de TV3

"La cadena autonómica siempre ha sido una mera herramienta de propaganda nacionalista pero, por suerte para la convivencia en Cataluña, cada vez tiene menos influencia"

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Durante muchos años viajé con frecuencia por todo el país por motivos laborales. Eso me permitió ver habitualmente Telemadrid y la valenciana Canal 9.

Eran los tiempos de Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre al frente del Gobierno autonómico de la Comunidad de Madrid, y de Zaplana y Francisco Camps en la Comunidad Valenciana, cuando la tele por cable o por internet no existía o era incipiente.

Recuerdo el uso partidista, sesgado, tendencioso y sectario que el PP hizo de aquellas cadenas autonómicas de forma permanente y descarada. Era una constante manipulación burda, grosera, vomitiva e insultante.

Sin embargo, aquellas Telemadrid y Canal 9, parecían la BBC si se comparaban con TV3.

La degradación de la televisión autonómica de Cataluña ha sido permanente desde su creación en 1983. No tiene precedentes entre las democracias occidentales. Y así sigue.

Los gobiernos de la Generalitat siempre han utilizado TV3 (y el resto de los medios de la CCMA) como una mera herramienta de propaganda nacionalista. La única variación a lo largo de estas más de cuatro décadas de vida ha sido la mayor o menor sutileza de su instrumentalización en función de las circunstancias políticas de cada momento.

La fórmula siempre ha sido la misma: criminalizar a quienes no tragan con el proyecto nacionalista, ridiculizar a los catalanes cuya lengua propia es el castellano, atacar a todo lo que huela a España, construyendo un implacable discurso del odio hacia el disidente.

Y eso no solo se ha hecho desde el humor (con los Toni Soler, Toni Albà, Jair Domínguez, Empar Moliner, Joel Joan, Peyu, Joel Díaz, Manel Vidal y demás, quemando constituciones, equiparando a los votantes socialistas con los nazis, tildando de fachas a los populares, disparando a fotos del Rey o saludando con un “Puta Espanya!”) sino también mediante presuntos documentales.

Algunos de ellos son dignos de una dictadura bananera, como Terra Lliure, punt final (2007), de David Bassa; Cataluña-Espanya, de Isona Passola (emitido en la Diada de 2010); la trilogía de Dolors Genovès, Adéu, Espanya? (2010), Això no funciona, o potser sí? (2012) y Hola, Europa! (2013); La Crida, història d’una resposta (2011), de Sergi Guix y Eduard Miguel; La independència, pas a pas (emitido unos días antes de las elecciones autonómicas de 2012); Si un sol alumne ho demana (2013), de Roser Oliver; L’endemà (2014), de Isona Passola, o Operació Catalunya (2017), de Genís Cormand y Joan Albert Lluch.

Y lo de los programas de debates y tertulias (yo mismo he participado en muchas de ellas, normalmente como único perfil constitucionalista frente a varios independentistas) ya es de traca.

Para conseguir sus objetivos, los nacionalistas han contado con presupuestos casi infinitos. TV3, Catalunya Ràdio y el resto de medios de la Generalitat le cuesta a los contribuyentes más de 300 millones cada año, frente, por ejemplo, a los menos de 90 que engulle Telemadrid.

La medida del despilfarro queda más clara al comparar los 2.400 empleados de TV3 con los 2.600 de Antena 3 y La Sexta juntas, los 1.500 de Telecinco y Cuatro o los 450 de Telemadrid. Y, pese a ello, TV3 se infla a subcontratar programas a productoras externas —normalmente de trabajadores o extrabajadores de perfil nacionalista— que se forran con el dinero público.

Pero a pesar de todos los esfuerzos (la Generalitat dilapida en la actualidad en TV3 120 millones anuales más que hace una década), la televisión autonómica de Cataluña no ha dejado de perder influencia.

Si en los años 90 se situaba cómodamente por encima del 21% de audiencia media, en la primera década de los 2000 cayó por debajo del 20%. Y en la siguiente perdió otros cinco puntos.

En la actualidad mantiene el liderazgo con apenas entre el 13% y el 14% de share, y, según los últimos datos, La 1 le pisa los talones a solo tres décimas de distancia.

Que la decadencia de TV3 también se refleje en una merma de su audiencia es, sin duda, una buena noticia para Cataluña. Y, sobre todo, un excelente avance para la convivencia.