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Alberto Lardiés y una imagen de Lamine Yamal celebrando su gol en el España-Arabia Saudí del Mundial 2026

Alberto Lardiés y una imagen de Lamine Yamal celebrando su gol en el España-Arabia Saudí del Mundial 2026 Fotomontaje CG / Agencias

Zona Franca

Lamine Yamal nos hace soñar

"Son, somos, favoritos por merecimientos propios. Tengo para mí que sólo la Francia de Mbappé y la Argentina de Messi son rivales para La Roja"

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Sólo las joyas de Zapatero, tan caras, tan sorprendentes y tan poco socialistas, podrían servir para eclipsar el Mundial de Fútbol aunque fuera durante un rato. Pero ni siquiera semejante escándalo puede con el mayor espectáculo deportivo que disfrutamos cada cuatro años.

Muchas de las personas que cualquiera de nosotros conocemos no recuerdan las fechas de su aniversario o del cumpleaños de su madre, pero sí pueden rememorar con facilidad qué estaban haciendo cuando Andrés Iniesta nos hizo campeones del mundo en el Mundial de Sudáfrica de 2010.

Son pedazos de nosotros mismos. El Brasil del 70, el robo de Italia en el 94, el gol de Cardeñosa del 78, las finales perdidas por la Naranja Mecánica o, por supuesto, la mano de Dios de Maradona en México 86. Recuerdos imperecederos que los aficionados al fútbol no podemos olvidar, aunque no hubiéramos nacido cuando sucedieron.

El fútbol es así. Inexplicable e imparable. Pasión de multitudes. Una religión pagana. El gran regalo de los dioses. No existe nada igual.

Ahora, volviendo al presente, vivimos el Mundial en el que nuestra selección nacional, liderada por ese genio llamado Lamine Yamal, aspira a todo y nos hace soñar tras la decepción del debut frente a Cabo Verde.

Son, somos, favoritos por merecimientos propios. Tengo para mí que sólo la Francia de Mbappé y la Argentina de Messi son rivales para La Roja. Aunque ya se sabe que factores como la suerte en los cruces o un par de ocasiones marradas pueden decantar el torneo.

Con todo, el factor desequilibrante, nuestra esperanza única, es el 10 azulgrana. Es uno de los tres mejores jugadores del mundo. En su mejor momento, es imparable. Su influencia en el juego no admite discusión. Si él está en forma, la selección española puede ganar a cualquiera. Pero si él se lesiona o está desaparecido, nada tenemos que hacer.

No hace falta entrar en consideraciones políticas. Pero no me pueden negar que resulta maravilloso que un catalán de orígenes foráneos sea nuestra estrella. Reconforta, casi como un placer prohibido, pensar que hasta los más acérrimos seguidores de Vox van a vibrar con sus regates, sus goles y su talento inconmensurable.

Por cosas como esta, también nos encanta este deporte. Permite cualquier paradoja. Es pura magia. Como ese Lamine Yamal que nos hace soñar en estos días de horrendo calor y más horrenda actualidad.