Papa León XIV durante su visita a Madrid
El Papa y las armas
"Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a preguntarnos por qué hay tantos policías y demasiado poco a preguntarnos por qué es necesario que estén allí"
Barcelona lleva días hablando de policías, controles, vallas y restricciones. La visita del Papa León XIV ha movilizado a miles de agentes de los Mossos d'Esquadra, Policía Nacional, Guardia Civil y policías locales, provocando una cascada de críticas por parte de quienes consideran excesivo el dispositivo de seguridad diseñado para los próximos 9 y 10 de junio.
Y, sin embargo, quizá la pregunta no sea por qué hay tanta policía. Quizá la pregunta correcta sea por qué nos sorprende verla.
Porque más allá de credos, simpatías o convicciones religiosas, la realidad es que el Papa no es únicamente un jefe de Estado; sino que también es el máximo representante de la Iglesia católica, que realizará actos públicos multitudinarios en una Europa que mantiene activado un nivel elevado de alerta antiterrorista y en una Cataluña que conoce perfectamente lo que significa una amenaza de estas características.
No hace falta remontarse demasiado en el tiempo. La célula yihadista de Ripoll planeó inicialmente atentar contra la Basílica de la Sagrada Familia. Quería golpear uno de los símbolos más reconocibles de Barcelona y uno de los emblemas del cristianismo en nuestro país. Afortunadamente, la explosión de Alcanar frustró aquellos planes. Pero la amenaza nunca desapareció. Simplemente dejó de ocupar titulares.
Por suerte, los atentados terroristas son hoy excepcionales. Los tiroteos, no tanto.
Cataluña encadena desde hace años una preocupante normalización de la violencia armada. Ajustes de cuentas, disputas vinculadas al narcotráfico, enfrentamientos entre grupos criminales o simples exhibiciones de poder han convertido las armas de fuego en protagonistas habituales de la crónica de sucesos.
Los datos hablan por sí solos: en lo que llevamos de año se registra más de un tiroteo a la semana.
Hace apenas unos días, Cataluña vivía una sucesión de episodios armados en L'Hospitalet, Badalona y Tordera. Este mismo fin de semana, un nuevo tiroteo mortal volvía a sacudir la calle Mineria de Barcelona, precisamente en un punto donde ya se había producido otro asesinato a tiros pocas semanas antes. La excepción empieza a parecer rutina.
Por eso cuesta entender el escándalo que algunos pretenden construir alrededor del operativo desplegado para la visita papal. Resulta paradójico que una parte de la sociedad critique la presencia de policías precisamente cuando se trata de garantizar la seguridad de cientos de miles de personas concentradas en espacios públicos.
Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a preguntarnos por qué hay tantos policías y demasiado poco a preguntarnos por qué es necesario que estén allí. Hemos interiorizado la idea de que los uniformes son sinónimo de restricciones, de controles o de incomodidades. Que donde hay policía hay menos libertad. Que donde hay seguridad hay menos diversión. Pero la realidad es exactamente la contraria.
La inmensa mayoría de ciudadanos que estos días acudirán a ver al Papa podrán hacerlo con tranquilidad precisamente porque habrá miles de profesionales velando para que nada ocurra. La seguridad no es el enemigo de la normalidad; es lo que la hace posible. No es lo contrario de la libertad; es una de las condiciones que permiten ejercerla.
Quizá el problema no sea el impresionante despliegue policial de estos días. Quizá el verdadero problema sea haber olvidado que, cuando la policía hace bien su trabajo, casi nadie repara en ello. Porque las mejores operaciones de seguridad son aquellas de las que no hay nada que contar al día siguiente.
Porque la realidad es sencilla: si las administraciones no fueran capaces de garantizar unas condiciones mínimas de seguridad, el Papa no vendría. Ningún jefe de Estado lo haría.
Y eso, lejos de ser una crítica, debería ser una tranquilidad.