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Xavier Salvador

Xavier Salvador

Zona Franca

Presidente Illa, hágase un nudo

"Los maestros quieren más dinero. Cualquier empleado público que haya soportado los ajustes de la última década tiene legitimación para hablar de sueldos. Esa parte de la reivindicación es fundada, y conviene decirlo sin matices: merecen discutir su salario"

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El Papa León XIV recala en España con un llamamiento contra la polarización. Los empresarios catalanes se pasean por las jornadas del Círculo de Economía sin saber aún si quieren más a papá que a mamá —y eso que todos son unos posibilistas de derechas—, deshojando la margarita de la gobernabilidad del país. Y, en paralelo, Salvador Illa tiene a los docentes empeñados en amargarle el escaparate: protestas que coinciden, no por azar, con el momento en que el mundo mira a Barcelona.

Conviene recordar un hecho que se olvida en el ruido. El acuerdo estaba firmado. Lo aceptaron primero los sindicatos de clase y después los mayoritarios. Solo CGT se descolgó. No hay, por tanto, una negociación rota: hay un pacto cerrado que las bases han reventado desde abajo.

Ahí está el problema de fondo. Los sindicatos calentaron a sus bases como táctica de presión y ahora no pueden contenerlas. Firmaron lo que su propia gente no acata. Sea por cálculo o por incompetencia, el resultado es el mismo: Illa tiene enfrente a un interlocutor que no garantiza el cumplimiento de lo que rubrica. Y esa es la pregunta que el Govern debe hacerse. ¿Por qué ceder ante quien no controla a los suyos?

Le torcieron el brazo a un Ejecutivo que no quiere problemas, más empeñado en gestionar que en hacer política. Vieron a Illa y a su Govern débiles, vieron el momento, y se vinieron arriba. La lectura es elemental, y no hace falta atribuir intenciones a nadie para entenderla: presionar sobre el foco mediático global funciona. El escaparate es la palanca, el tractor.

Los maestros quieren más dinero. Como los bomberos, las enfermeras, los médicos, los policías locales, los Mossos d'Esquadra o los agentes forestales. Cualquier empleado público que haya soportado los ajustes de la última década tiene legitimación para hablar de sueldos. Esa parte de la reivindicación es fundada, y conviene decirlo sin matices: merecen discutir su salario.

Lo inaceptable no es el qué. Es el cómo. Se rompe un pacto firmado y se elige el peor momento para hacerlo.

Y, de paso, estaría bien que unos sindicatos tan activos en pedir dinero lo fueran también en hablar del absentismo, del compromiso y de las obligaciones que comporta un trabajo pagado por todos.

Se aferran a las ratios y a las excepcionalidades de la enseñanza, pero pocos recuerdan que quienes hoy deciden estudiaron en condiciones peores, que atravesaron la EGB de la época con cincuenta alumnos por aula, sin instalaciones deportivas decentes, sin laboratorios, sin bibliotecas y, por supuesto, sin saber lo que era el aire acondicionado.

Progresar en el empleo está bien. También progresar en lo que se devuelve a la sociedad a la que se sirve. De eso, ni rastro en la reivindicación.

Por eso lo que está en juego no son los docentes. Es lo que viene detrás. Si las protestas de esta semana reabren la negociación para salvar la foto, la lección quedará aprendida por todos: presiona en el peor momento, desborda a tu propio sindicato y el Govern pagará. No habrá colectivo público —Mossos, sanitarios, bomberos— que no tome nota. Ningún acuerdo firmado volverá a valer. La concesión no compra paz: compra la siguiente huelga.

No se trata de negar a nadie lo que merece. Se trata de no premiar la deslealtad a lo pactado, porque esa factura la pagamos todos después.

Al presidente y a su equipo les convendría recordar la sentencia de Franklin D. Roosevelt: "Cuando llegues al final de tu cuerda, haz un nudo y agárrate". Porque cuando los acuerdos dejan de obligar a quienes los firman, dejan de servir para todos.

Es importante que lo anuden bien. Y es fundamental que los maestros enfadados, y las familias que soportan sus protestas, lo conozcan con anticipación y claridad.