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Imagen de los disturbios en Paris tras la final de la Champions

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Zona Franca

París en llamas

"Lo ocurrido en la capital francesa tras la final de Budapest va mucho más allá del fútbol [...] Porque una cosa es celebrar una victoria deportiva y otra muy distinta es convertir una ciudad entera en escenario de devastación"

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París amaneció el domingo irreconocible. La ciudad de la luz se despertó cubierta de humo, ceniza, cristales rotos y vehículos calcinados.

No brillaba por sus escaparates ni por la celebración de una victoria histórica del Paris Saint-Germain en la Champions. Brillaba por el fuego. Por el reflejo naranja de las barricadas improvisadas. Por las llamas devorando contenedores, motocicletas y coches en plena calle.

Una postal de guerra en pleno corazón de Europa.

Lo ocurrido en la capital francesa tras la final de Budapest va mucho más allá del fútbol. Sería un error reducirlo a eso. Porque una cosa es celebrar una victoria deportiva —por intensa, emocional o histórica que sea— y otra muy distinta es convertir una ciudad entera en escenario de devastación.

Las cifras impresionan. Los casi 900 detenidos también. Pero más que los números, lo que sobrecoge son las imágenes.

Un menor golpeando con violencia el retrovisor de un coche atrapado entre la multitud. Otro grupo desmontando mobiliario urbano a plena luz del fuego. Un vehículo siendo destrozado con una radial. Una radial. Conviene detenerse ahí. Nadie sale a festejar un título de fútbol llevando una radial encima. Quien lleva una herramienta así a una celebración no va a celebrar nada. Va a destruir.

Y ese matiz importa.

Porque no todos los que estaban en las calles de París eran aficionados celebrando una Champions. Ni siquiera estaban allí por el PSG. Muchos estaban allí porque sabían que aquella noche habría caos. Porque sabían que habría una oportunidad perfecta para romper, saquear, incendiar y desaparecer entre la masa.

Lo hemos visto antes. También en Barcelona.

Lo vimos durante los disturbios por la detención de Pablo Hasél, cuando Passeig de Gràcia quedó convertido en un escaparate roto. Lo hemos visto en protestas más recientes, donde la reivindicación legítima quedó sepultada bajo el ruido del saqueo. Lo hemos visto cuando grupos que nada tenían que ver con la causa aprovecharon el contexto para arrasar la ciudad bajo el amparo de la multitud.

Y eso es precisamente lo preocupante.

Que cada vez cuesta más distinguir dónde acaba la celebración, la protesta o la reivindicación… y dónde empieza el vandalismo organizado. Porque a menudo ya ni siquiera necesita una causa. Le basta una convocatoria. Una masa. Una noche. Un motivo cualquiera.

Un partido de fútbol sirve. Una manifestación sirve. Una sentencia sirve.

Lo que preocupa de París no es solo París. Es lo que representa. La sensación de que Europa empieza a normalizar escenas que hace unos años habrían sido absolutamente excepcionales. Que el incendio de decenas de vehículos, el mobiliario urbano destrozado o los saqueos en plena celebración colectiva empiecen a asumirse como una consecuencia inevitable.

Y no lo son. No deberían serlo.

Por eso España haría bien en mirar con atención lo ocurrido este fin de semana en Francia. Sin superioridad. Sin frivolizar. Sin pensar que aquí eso no pasa.

Aquí también pasa. A otra escala, sí. Con otra intensidad, también. Pero pasa. Y precisamente por eso conviene anticiparse.

Porque el reto que tienen por delante los cuerpos policiales —desde las policías locales hasta Mossos d’Esquadra, Policía Nacional y la Secretaría de Estado de Seguridad— es enorme.

Especialmente con grandes eventos internacionales en el horizonte --como es el Mundial de fútbol-- y con concentraciones multitudinarias cada vez más difíciles de gestionar.

Porque cuando la masa celebra, todo puede ir bien. Pero cuando la masa deja de celebrar y encuentra en el caos una excusa compartida, contenerla deja de ser una cuestión de orden público para convertirse en una cuestión de seguridad colectiva.

Lo de París deja una advertencia incómoda. No sobre fútbol, sino sobre convivencia.