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Gerard Mateo e inmigrantes trabajando en un campo en Cataluña

Gerard Mateo e inmigrantes trabajando en un campo en Cataluña

Zona Franca

La paradoja de la Cataluña 'low-cost'

"Cataluña ha consolidado un modelo excesivamente apoyado en el turismo masivo, los servicios de bajo valor añadido y los salarios contenidos"

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El asunto de la inmigración es tema de debate público y privado desde hace años en Cataluña, como si el problema fuese exclusivamente migratorio. Craso error.

Cierto es que este crecimiento se ha gestionado de la peor de las maneras y que ello, unido al empobrecimiento generalizado, ha provocado cierto sentimiento de rechazo.

Cabe recordar cómo el incremento poblacional se ha sustentado durante décadas en un plan migratorio surgido de mentes nacionalistas, hasta que se fue de madre.

De ahí surgieron discusiones como el reparto de las ayudas sociales y voces de alerta sobre seguridad, bien aprovechadas por algunos partidos.

Pero ahora el escenario ha de ser otro. La inmigración ya está aquí, es abundante y no hay marcha atrás, por lo que hay que reenfocar el asunto. ¿Cómo puede sumar?

Eso es precisamente lo que han hecho dos análisis recientes, el Informe Fènix y el del CTESC, ambos centrados en la economía catalana con un ojo puesto en la inmigración.

Son dos textos aparentemente enfrentados en sus conclusiones. Sin embargo, acaban describiendo exactamente la misma anomalía desde ángulos distintos.

A grandes rasgos, el primero de ellos sostiene que el crecimiento de los últimos 25 años se ha sustentado en una disponibilidad ilimitada de mano de obra barata y poco cualificada.

¿El resultado? Una erosión continuada de la productividad que ya nos sitúa por debajo de la media de la Unión Europea.

Por el contrario, el análisis del CTESC aporta un dato no menos relevante: la mitad de los inmigrantes con estudios universitarios están sobrecualificados para el empleo que ejercen.

La contradicción, por tanto, es solo un espejismo. El problema de fondo hoy ya no es únicamente quién llega, sino qué economía encuentra cuando aterriza aquí.

En el camino del crecimiento, Cataluña ha consolidado un modelo excesivamente apoyado en el turismo masivo, los servicios de bajo valor añadido y los salarios contenidos.

De ahí nace una paradoja: importamos trabajadores formados para acabar condenándolos a empleos que no aprovechan su capacidad. (También pasa entre autóctonos).

Que un ingeniero extranjero termine encadenando contratos de repartidor o sirviendo mesas por la exasperante lentitud burocrática de las homologaciones no es un fracaso individual; es un síntoma estructural.

Durante años se ha confundido, de forma interesada, el crecimiento con la prosperidad.

El PIB subía y la población también, pero el poder adquisitivo, la productividad real y el acceso a la vivienda no avanzaban al mismo ritmo.

Ahora sabemos que una economía avanzada no puede sostener indefinidamente su competitividad sobre salarios de miseria, presión urbana permanente y crecimiento demográfico constante si luego es incapaz de transformar ese volumen en innovación y cohesión social.

La cuestión ya no es si Cataluña necesita inmigración —toda Europa la necesita por puro invierno demográfico, otro asunto del que deberíamos analizar las causas—. La verdadera pregunta es para qué modelo económico la queremos.

Hace años que diagnosticamos con precisión quirúrgica los síntomas: vivienda imposible, servicios públicos tensionados y salarios débiles. Lo que sigue brillando por su ausencia es una estrategia política capaz de corregir las causas.

Mientras nadie se atreva a levantar la alfombra del low-cost, la inmigración seguirá ocupando el centro de la diana. Pero seguirá siendo la consecuencia de nuestras vergüenzas, nunca el origen.