Imagen del probador virtual de Zara
Idiotez Artificial (IA)
"La inteligencia artificial, bien utilizada, puede ser una aliada extraordinaria. Puede mejorar procesos, salvar vidas, optimizar sistemas complejos. [...] El problema no es la tecnología. El problema es el uso"
La última apuesta de Zara por la inteligencia artificial roza lo caricaturesco. La idea, en apariencia, es sencilla: subes una imagen de tu cara y de tu cuerpo, la aplicación genera un avatar bastante fiel a tus rasgos y, a partir de ahí, puedes “probarte” ropa sin moverte del sofá. Sin colas. Sin probadores. Sin siquiera esperar al envío.
El sueño de la comodidad llevado al extremo.
Pero también —y aquí empieza el problema— el síntoma de algo más profundo: la banalización absoluta de una tecnología que está redefiniendo los límites de la realidad.
Porque no, esto no va solo de pereza. Va de hacia dónde estamos empujando la inteligencia artificial. Y la dirección, sinceramente, inquieta.
La herramienta que hoy se utiliza para que alguien vea cómo le queda un vestido sin levantarse del sofá es, esencialmente, la misma que permite clonar rostros, recrear identidades y fabricar realidades falsas con una precisión cada vez más escalofriante.
No hablamos de ciencia ficción. Hablamos de estafas reales, de campañas fraudulentas con rostros de famosos que nunca dijeron lo que parece que dicen, de reuniones de trabajo en las que un supuesto jefe ordena transferencias millonarias… y no es él.
Hablamos, también, de algo todavía más oscuro: la creación de contenido sexual falso utilizando la imagen de personas reales. Compañeras de clase, exparejas, desconocidas. Personas convertidas en víctimas digitales sin haber participado nunca en aquello que se difunde.
Ese es el verdadero contexto de esta tecnología.
Y en medio de ese escenario, una de las mayores empresas de moda del mundo decide invertir recursos —porque no es una tecnología barata si se quiere hacer bien— en permitir que un usuario se vea a sí mismo convertido en un 'monigote' más o menos logrado para elegir outfit antes de comprarlo.
La pregunta es inevitable: ¿de verdad este es el mejor uso posible?
Porque además hay algo casi absurdo en la propuesta. Por muy afinado que esté el avatar, la ropa seguirá sin ser real. El tejido no se siente, la caída no se percibe, el cuerpo no responde igual. Es decir: acabarás probándotela igual. La experiencia física sigue siendo insustituible.
Así que el avance no elimina el proceso. Solo lo maquilla.
Y lo hace, además, alimentando una lógica peligrosa: la de sustituir la realidad por simulaciones cada vez más convincentes.
Porque quizá el debate no debería quedarse solo en si esta herramienta es útil o innecesaria. Hay algo más de fondo. Algo que tiene que ver con cómo nos relacionamos con lo cotidiano.
Ir de compras un sábado, probarte ropa, equivocarte de talla, hacer cola, incluso frustrarte… forma parte de una experiencia. De lo físico. De lo real. De ese pequeño ritual que, con todas sus incomodidades, también tiene algo de humano. De imperfecto. De auténtico.
Y en esa carrera constante por optimizarlo todo, por hacerlo más rápido, más cómodo, más inmediato, corremos el riesgo de vaciarlo. De perder ese punto casi romántico de hacer las cosas sin filtros, sin simulaciones, sin atajos.
La inteligencia artificial, bien utilizada, puede ser una aliada extraordinaria. Puede mejorar procesos, salvar vidas, optimizar sistemas complejos. Nadie discute eso. El problema no es la tecnología.
El problema es el uso.
No se trata, pues, ni de demonizar la inteligencia artificial, ni mucho menos a Zara; sino en preguntarnos si realmente estamos sabiendo utilizar una herramienta que está diseñada para hacernos más inteligentes y no, más idiotas.