Pásate al MODO AHORRO
Xavier Salvador

Xavier Salvador

Zona Franca

Brocha gorda en la corte de Madrid

"El problema es la incomodidad de una parte del ecosistema madrileño ante la idea de que el poder económico y político en España ya no se decide exclusivamente entre la M-30 y sus redes tradicionales"

Publicada
Actualizada

Hay un patrón clarísimo en cómo cierta prensa madrileña y los círculos de poder que giran alrededor de la M-30 reaccionan ante cualquier nombramiento que emana del Gobierno. No es que discrepen —eso sería legítimo—, el problema es el método: simplificar hasta la caricatura, dar un trazo grueso y colgar la etiqueta antes siquiera de ojear el currículum.

La brocha gorda se ha convertido en su arma preferida.

El caso de Ángel Simón es paradigmático. A las pocas horas de su nombramiento como presidente no ejecutivo de Indra, el relato ya estaba servido: “socialista”, “afín”, “colocado”. Y, cómo no, la puntilla de rigor: es catalán, de Manresa. Como si su origen o sus vínculos con la sociedad civil catalana fueran, por sí solos, motivo de sospecha desde la meseta.

Poco importa que su trayectoria sea sólida y difícilmente atacable desde criterios estrictamente profesionales. Ya lo vimos en 2021 con Marc Murtra (hoy en Telefónica): el viejo establishment de Indra lo trató como a un intruso, casi como a un okupa, en lugar de como al ejecutivo con experiencia que realmente es. La misma película de siempre.

Simón acumula más de 30 años de experiencia ejecutiva en sectores regulados, sobre todo en el negocio del agua y los servicios urbanos. Fue presidente ejecutivo de Agbar durante más de una década, vicepresidente ejecutivo de Veolia para Iberia y Latinoamérica, y ocupó responsabilidades de alto nivel en el grupo Suez, con operaciones internacionales complejas en Chile y otros mercados.

A esto se suma su paso reciente como consejero delegado de CriteriaCaixa, donde asumió el timón del principal holding inversor español en un momento de giro estratégico hacia sectores industriales clave y salió por decisión personal de Isidro Fainé. Es, en definitiva, un gestor con perfil técnico contrastado, acostumbrado a liderar grandes estructuras corporativas en entornos de alta regulación y exigencia.

Pero nada de eso encaja en el guion prefabricado de la tertulia madrileña. Cuando la realidad estropea un buen titular de ataque, simplemente se borra: solo queda el supuesto color político.

No nos engañemos. Pedro Sánchez ha colocado a dedo perfiles claramente próximos al PSOE en empresas estratégicas: Beatriz Corredor en Redeia, Isaías Táboas en Renfe, Maurici Lucena en Aena o Juan Manuel Serrano en Correos. Es un hecho y es legítimo criticarlo.

Pero precisamente por eso hace falta rigor, no solo ruido. Lo que debería ser un debate serio sobre gobernanza, meritocracia y eficiencia se convierte con demasiada frecuencia en una operación de puro desgaste político, donde manda el “sentido común” de tertulia y el análisis técnico brilla por su ausencia.

Este vicio no es nuevo ni exclusivo de la izquierda. Todos los gobiernos han hecho lo mismo cuando han tenido el BOE en la mano. Basta recordar la época Aznar: Villalonga, Francisco González, Alierta, Cortina, Monzón, Blesa. La lista es larga y conocida.

Existe un riesgo estructural de politización, sí. Pero lo verdaderamente escandaloso es el doble rasero. Ese liberalismo que se predica con tanto fervor desde ciertos salones madrileños se vuelve tremendamente elástico cuando se trata de defender sus propios intereses.

En Francia o Alemania, en cambio, nadie se escandaliza porque el Estado preserve posiciones estratégicas en sectores clave. El control sobre compañías como Renault, EDF o Thales no se discute en términos ideológicos, sino de interés nacional. Existe, de izquierda a derecha, un consenso amplio en torno a un cierto nacionalismo empresarial: las compañías estratégicas no son un botín, sino instrumentos de soberanía económica.

Al final, en España, la meritocracia solo parece sagrada cuando el nombrado no altera los equilibrios de poder establecidos en la capital.

Porque el problema no es solo la brocha gorda. Es quién la maneja, contra quién y para qué. Sobre todo, lo que oculta: no tanto los errores reales del Gobierno —que los hay y deben señalarse— como la incomodidad de una parte del ecosistema madrileño ante la idea de que el poder económico y político en España ya no se decide exclusivamente entre la M-30 y sus redes tradicionales.

Ahí es donde nace el ruido. Y donde la brocha gorda se vuelve especialmente gruesa.