Cientos de personas durante la manifestación convocada por la Assemblea 8M por el Día de la Mujer, a 8 de marzo de 2026, en Barcelona
El día después del 8M
"El lunes todo vuelve a la normalidad. Y en la normalidad, conviene recordar que la igualdad real todavía está lejos de alcanzarse"
Este pasado domingo fue el Día Internacional de la Mujer. Una de esas fechas en las que las redes sociales se llenan de mensajes institucionales, de lazos morados, de discursos solemnes y de empresas que, durante 24 horas, parecen descubrir que las mujeres existen.
El lunes todo vuelve a la normalidad. Y en la normalidad, conviene recordar que la igualdad real todavía está lejos de alcanzarse.
Es verdad que hemos avanzado. Sería absurdo negarlo. Hace 50 años en España las mujeres necesitaban el permiso de un hombre para abrir una cuenta bancaria, tenían muchas más puertas cerradas en el mercado laboral y su papel social estaba bastante claro: discreto, doméstico y, a poder ser, silencioso.
Hoy votamos, estudiamos, trabajamos, dirigimos empresas, lideramos equipos y, de vez en cuando, incluso ocupamos espacios de poder.
Pero no confundamos avances con meta alcanzada.
Porque lo que tenemos ahora es, en gran medida, una igualdad de escaparate. De discurso. De pancarta. Una igualdad que queda muy bien en las campañas institucionales, pero que se tambalea bastante más cuando bajamos al terreno de la vida real.
El machismo, al fin y al cabo, no es una mancha superficial que se quite pasando un trapo. Está incrustado en la estructura social desde hace siglos. Intentar erradicarlo es un poco como esas humedades traicioneras de las casas antiguas: puedes pintar encima todas las veces que quieras, pero si no derribas la pared y arreglas el problema de raíz, tarde o temprano vuelve a salir.
Y los ejemplos están ahí.
A las mujeres se las sigue matando por el hecho de ser mujeres. Se las viola. Se las juzga más por su aspecto físico que por su talento. Y todavía hoy sobresalir en determinados ámbitos —sobre todo en aquellos históricamente dominados por hombres— sigue siendo tratado casi como una rareza estadística.
Eso sí, luego llegan los debates eternos sobre si el feminismo es exagerado, "si ha llegado demasiado lejos" o si “ya está todo conseguido”.
Spoiler: no.
Y en esta lucha, por cierto, los hombres tienen mucho que decir. No en vano representan aproximadamente la mitad del problema… y también deberían ser la mitad de la solución.
Ahora bien, una cosa es igualdad y otra muy distinta es paternalismo.
Personalmente, nunca me ha convencido demasiado la llamada discriminación positiva. No necesitamos que nos pongan una alfombra roja ni que nos faciliten el camino por el simple hecho de ser mujeres, como si partiéramos automáticamente de una posición inferior. Las mujeres no necesitamos ventajas artificiales.
Lo que necesitamos es competir en igualdad de condiciones. Sin trampas, pero también sin techos invisibles.
Hace un tiempo vi un vídeo que resume bastante bien cómo se construyen muchos prejuicios desde la infancia. Un grupo de adultos pedía a varios niños que actuaran “como niñas”.
La reacción fue inmediata: correr de forma torpe, gestos de debilidad, fingir llanto. Entonces los adultos les preguntaron algo muy simple: “¿Eso es actuar como una niña? ¿Así lo haría tu madre o tu hermana?”
Los niños se quedaron pensativos. Algo hizo clic.
Cuando repitieron el ejercicio —“corre como una niña”, “lucha como una niña”— lo hicieron con fuerza, velocidad y determinación. Como cualquier persona que intenta hacerlo bien.
Porque, en realidad, aquello que habían interpretado como debilidad no era más que un prejuicio aprendido. Y ahí está uno de los grandes problemas.
El machismo no siempre llega con forma de insulto o de violencia explícita. A veces se cuela en cosas mucho más sutiles: en las expectativas, en los comentarios aparentemente inocentes, en la sorpresa que todavía provoca ver a una mujer liderando determinados espacios.
Por eso la igualdad real no se construye solo con leyes ni con campañas de un día al año.
Se construye cambiando mentalidades. Revisando inercias. Educando de otra manera. Y, sobre todo, dejando de aceptar como normal lo que durante demasiado tiempo se ha dado por inevitable.
La buena noticia es que las sociedades cambian. Lo han hecho antes. La mala es que ese cambio nunca llega solo. Hay que empujarlo. Y todavía queda bastante pared por derribar.