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Gonzalo Baratech opina sobre el mandato de Francisco González en el BBVA

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Zona Franca

BBVA, de la OPA al banquillo

“El inmenso daño al honor y al prestigio de BBVA ya figura por derecho propio en los más oscuros anales del sistema financiero español”

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El Banco Bilbao Vizcaya Argentaria vuelve a asomarse a la palestra, esta vez por motivos ajenos a la fracasada OPA que lanzó sobre Banco Sabadell. Va a comparecer ante los tribunales por haber contratado al impresentable comisario José Manuel Villarejo.

La Audiencia Nacional ha desestimado los recursos que han interpuesto los imputados y su procesamiento ya es firme.

La lista incluye al propio BBVA, amén de a 13 exejecutivos y exfuncionarios. Son de citar Francisco González (FG), presidente omnímodo de BBVA durante la larga etapa de 1999-2018; Ángel Cano, exconsejero delegado; Eduardo Arbizu, exdirector jurídico; Antonio Béjar, exdirector de riesgos; y Joaquín Gortari, exjefe del gabinete de FG.

Se les achaca una batería de delitos que abarca el cohecho continuado y el descubrimiento y revelación de secretos.

Caso aparte lo constituyen Carlos Torres y Villarejo. El primero ejerce de número dos de FG entre 2015 y 2018, mientras que Villarejo lleva más de una década trabajando para la casa. Torres releva a FG cuando este ha de renunciar a la poltrona. De paso, se libra por los pelos de la incriminación.

El embrollo de marras brinda tintes claramente mafiosos. Arranca en 2004, en plena efervescencia de la burbuja inmobiliaria. A la sazón, FG decide recabar los servicios de Villarejo para que aborte a toda costa el asalto del banco que la constructora Sacyr, a las órdenes de Luis del Rivero, ha desencadenado.

El policía despliega un arsenal de artimañas ilegales para frenar la ofensiva. Realiza seguimientos, pincha teléfonos a mansalva, investiga la vida privada de varios capitostes involucrados en la maniobra e incluso de algunos empleados de la propia entidad acosada.

Ese y otros sucios encargos se mantienen nada menos que durante 12 años. Villarejo se embolsa por ellos 10 millones, apoquinados hasta el último céntimo por el coloso vasco.

Cuando en 2018 por fin cesa FG, diversos diarios madrileños insertan una serie de artículos de subido tono laudatorio. Le califican de “banquero ético”, le presentan como la encarnación de la honradez y la decencia, y subrayan que jamás tomó una decisión mínimamente cuestionable. Poco falta para que lo eleven a los altares e imploren su beatificación.

Unos meses después, FG es imputado. De inmediato emite urbi et orbi un comunicado en el que muestra su “indignación” contra el juez y el fiscal por haber osado inculpar a una persona tan relevante como él. En su desahogo añade: “existe una absoluta falta de rigor en las acusaciones, una ausencia total de pruebas que las sustenten y una inexplicable carencia de argumentos jurídicos”.

A la luz de las contundentes evidencias que contiene el sumario, los señores magistrados no han hecho el menor caso a sus bravatas, y ahora lo llevan a los estrados ignominiosos.

Al margen de los lances descritos, no está de más recordar algunos detalles reveladores sobre la gestión hegemónica de FG al frente de la institución crediticia. Ocurre que en sus casi 20 años de mandamás, se lleva al zurrón la friolera de 165 millones en concepto de emolumentos. De esta cantidad, 85 corresponden a pagas y mamandurrias varias, y los restantes 80 a una pensión depredadora.

La fortuna sideral que percibe a expensas de BBVA contrasta con la ruina que experimentan los accionistas. Cuando FG empuña la batuta por vez primera, la empresa vale en bolsa 45.000 millones. Al abdicar dos décadas después, la capitalización se ha hundido hasta los 31.000. Es decir, la cotización se desploma en dicho intervalo un 25%, contando los dividendos repartidos en el mismo período.

La era de FG en la cima corporativa es fecunda para él, pues le erige en archimillonario. En el mismo lapso, los socios, los verdaderos dueños de BBVA, pierden hasta la camisa.

Pocas veces una administración tan deplorable es recompensada con semejante esplendidez.

Las perspectivas que se abren ahora para FG no se limitan a un proceso judicial, sino que alcanzan a la depuración de responsabilidades por un estilo de autoritarismo que durante años se creyó impune. En la Audiencia Nacional quedarán de manifiesto tanto unas presuntas prácticas ilícitas como el hedor siciliano que impregna casi desde el primer momento la trayectoria de Francisco González.

Quizás el veredicto cierre la causa en el ámbito de la justicia, pero el inmenso daño al honor y al prestigio de BBVA ya figura por derecho propio en los más oscuros anales del sistema financiero español. Porque hay episodios que, al margen de las sentencias, perduran a título de admonición. Demuestran que el poder sin límites termina siempre por devorar a quienes lo practican.