Dos jóvenes con máscaras de lobo posan en la concentración de 'therians' en Barcelona este sábado
Pocos 'therian' y muchos animales
"Da igual si se trata de una protesta, un desalojo, una moda de TikTok. El patrón se repite con una precisión inquietante: concentración masiva, tensión creciente y, tarde o temprano, violencia"
Barcelona ya ni siquiera necesita una causa para arder. Le basta cualquier excusa.
Y la excusa del pasado fin de semana fue una de lo más peculiar: una supuesta quedada de therians, ese fenómeno viral de jóvenes que dicen sentirse conectados espiritualmente con animales. El resultado: miles de personas congregadas, ni rastro de therians… y cinco detenidos tras una tarde de altercados, peleas y destrozos.
Pocos therians --por no decir ninguno--, y muchos animales. Pero no en el sentido que anunciaba la convocatoria.
Porque, a estas alturas, lo de menos es el motivo. Da igual si se trata de una protesta, un desalojo, una moda de TikTok o, como en este caso, una identidad tan difusa como mediática. El patrón se repite con una precisión inquietante: concentración masiva, tensión creciente y, tarde o temprano, violencia.
El fenómeno therian, para entendernos, no deja de ser una expresión identitaria que ha encontrado altavoz en redes sociales: jóvenes que se sienten conectados con un animal y que, en algunos casos, lo trasladan a su estética o comportamiento. Podrá parecer excéntrico, incluso incomprensible para muchos, pero entra dentro de ese universo contemporáneo donde cada cual explora su identidad como buenamente puede. Hasta ahí, poco que objetar.
El problema no era ese.
El problema es que la convocatoria en Barcelona volvió a convertirse en algo que empieza a ser demasiado habitual: una excusa. Un punto de encuentro para quienes no buscan compartir nada, sino tensarlo todo. Más de 3.000 personas, según algunas estimaciones, en una ciudad que ya ha aprendido a desconfiar de cualquier aglomeración.
Y con razón.
Porque lo que ocurrió este sábado no es un episodio aislado, sino una pieza más de un engranaje que lleva tiempo en marcha. Cambian los lemas, cambian los contextos, pero el desenlace es siempre el mismo: ¡a quemarlo todo! Como si una parte de la juventud hubiera asumido que cualquier reunión es, en el fondo, una oportunidad para desafiar límites.
Lo más inquietante es que ya ni siquiera hay ideología que lo sostenga. En otros momentos, al menos, existía un marco --político o social-- que servía de paraguas. Aquí no. Aquí hay ruido, impulso y una violencia que, para quien la ejerce, no necesita justificación.
En Crónica Global ya lo abordamos en su momento al hablar de la instrumentalización de ciertos conflictos: jóvenes que no necesariamente creen en la causa que dicen defender, pero que encuentran en ella el escenario perfecto para canalizar una agresividad latente. No es activismo. Es violencia gratuita.
Y eso es lo que debería preocupar.
Porque cuando cualquier excusa sirve, el problema deja de ser puntual y pasa a ser estructural. Barcelona empieza a convivir con una normalidad peligrosa: la de asumir que cualquier convocatoria, por inocua que parezca, puede acabar mal.
Mientras tanto, en ciudades como Zaragoza, Málaga, Bilbao o Pamplona, encuentros similares se desarrollaron sin incidentes. Sin disturbios. Sin detenidos. Solo se vieron escenas llenas de curiosos que querían encontrarse a un therian como si fueran extraterrestres.
Quizá la pregunta ya no es qué tipo de eventos se convocan, sino por qué en Barcelona siempre acaban igual. Obviamente, yo no tengo la respuesta, pero desde luego merece más estudio que quienes dicen sentirse conectados con los border collie...