Hay que reconocerle a Junts un mérito: presentarse como oposición a la Cataluña que gobernaron durante años no está al alcance de cualquiera. Escuchar su lamento por el caos ferroviario tiene algo de vodevil político, como si el incendio lo provocara otro y ellos acabaran de llegar con el extintor… vacío.
Cataluña vive estos días atrapada entre trenes averiados, retrasos crónicos y colapsos circulatorios. Un problema estructural, sí. Pero también un problema con responsables políticos claros. Y Junts está en la lista, aunque ahora intente borrarse con indignación impostada.
Durante diez años, el Govern prefirió invertir en satélites identitarios y estructuras e instituciones de cartón piedra antes que en algo tan prosaico como que un operario de Martorell llegue a su hora al trabajo.
La movilidad no daba épica; no permitía salir en la foto con la mano en el pecho. Y mientras ellos buscaban el momentum, los raíles se oxidaban.
El resultado es conocido: una red de cercanías que penaliza a miles de trabajadores cada mañana, empresas que asumen retrasos sistemáticos, horas perdidas y costes indirectos crecientes.
Cada incidencia ferroviaria no es solo una molestia: es tiempo improductivo, salario desperdiciado y, al final, menor eficiencia. Los economistas del transporte coinciden en lo esencial: los retrasos recurrentes cuestan millones de euros al año en productividad perdida. Pero de eso Junts habla poco.
Resulta aún más grotesco que quienes han hecho bandera de arrancar competencias a Madrid no hayan sido capaces de dejar una sola mejora estructural en movilidad cuando sí tuvieron poder institucional, presupuestos y control administrativo. Mucha soberanía retórica, cero resultados medibles.
Y mientras tanto, su presencia en la cúpula de Renfe ha sido tan relevante como un asiento vacío en un consejo de administración: discreta, silenciosa y perfectamente compatible con cobrar sin molestar demasiado. Ni presión política, ni exigencia técnica, ni dimisiones.
La independencia también consiste, al parecer, en no incomodar. Como hacen los enviados de Junts a la CNMV, Aena o cualquier otro sillón: se sientan, cobran y desaparecen.
Que Carles Puigdemont —el president más simbólico y menos gestor que ha tenido Cataluña— intente ahora capitalizar el enfado ciudadano entra dentro del manual del político acorralado. Más aún cuando siente el aliento de Aliança Catalana, que le va comiendo la merienda del morral (pronto se zampará hasta el desayuno) mientras Junts envejece entre nostalgia y victimismo.
La protesta siempre fue su hábitat natural. Gobernar, en cambio, exige algo más que declaraciones desde el extranjero.
¿Habría mejorado algo con la independencia? Basta mirar el balance de los años del procés: sanidad tensionada, educación debilitada, infraestructuras abandonadas y una gestión de la sequía que rozó el ridículo administrativo (un alto directivo de una empresa poco sospechoso de progresista bromeaba esta semana: “Pero si Illa nos ha traído hasta el agua…”).
Más recursos no sirven de nada cuando faltan rigor, planificación y responsabilidad. Y eso, aunque no salga en los mítines, también es economía productiva.
Porque cada fallo de gestión tiene un coste: inversiones que no llegan, empresas que pierden atractivo, talento que se cansa. Hoy, Cataluña no pierde solo trenes; pierde competitividad y eso no es aceptable.
Adif ha invertido tarde y mal, es obvio. Es más, el material rodante envejece mientras Renfe presenta buenos resultados contables. Por no hablar de cómo las estaciones se degradan (los andenes de Barcelona-Sants parecen el patio de una prisión y el vestíbulo, una granja) y la puntualidad es ya un recuerdo de otra época.
Y, por supuesto, en un territorio y un tiempo político que demoniza el coche y el avión, el tren debería haber sido una prioridad estratégica desde hace años.
Precisamente por eso sería suicida dejar este problema en manos de quienes han demostrado que prefieren el ruido al resultado y el agravio al Excel. Menos épica, más mantenimiento. Menos pancarta, más planificación. Y bastante menos Waterloo y algo más de contabilidad básica.
Cataluña no necesita más políticos ofendidos en los andenes. Necesita menos chacachá y más gestión. Porque mientras ellos se indignan, los trenes no llegan y las facturas sí. Y esas, como siempre, no las pagan ellos.
