El llamado 'Blue Monday' volvió a aparecer en el calendario este lunes 19 de enero como el supuesto día más triste del año. Una etiqueta construida a partir de fórmulas discutibles, porcentajes arbitrarios y una idea de felicidad tan frágil como superficial.

Sin embargo, este tercer lunes de enero no necesitó ninguna ecuación para teñirse de azul. O mejor dicho, de negro.

La razón fue evidente. La jornada quedó marcada por la tragedia ferroviaria de Córdoba, que dejó al menos 40 víctimas mortales y cientos de heridos, algunos de ellos de extrema gravedad.

Un accidente de dimensiones colosales que ya se sitúa entre los cinco más graves de la historia del Estado español y que sacudió al país entero este domingo 18 de enero, obligándonos, una vez más, a detenernos, a mirar de frente el dolor, la angustia compartida y a preguntarnos qué ha fallado.

Bajo ningún concepto, este lunes podía ser un día feliz. Y, probablemente, fue la primera vez en años que el concepto de Blue Monday hizo honor —aunque de la forma más cruel— a lo que la cultura pop ha querido convertir en una broma emocional.

No lo fue para las familias que recibieron la peor de las llamadas.

No lo fue para los sanitarios, que trabajaron durante horas sin descanso.

No lo fue para los equipos de emergencia, que seguían rescatando personas atrapadas entre los vagones.

Tampoco para los supervivientes, que reviven una y otra vez las escenas de pánico vividas la tarde anterior. 

Y tampoco lo fue para el conjunto de la sociedad española, que volvió a sentir, de golpe, una sensación incómoda y conocida: la de la vulnerabilidad. La falta de respuestas inmediatas —algo en parte comprensible en las primeras horas— dejó una sensación de extrema fragilidad colectiva.

Desde el primer momento se apeló a la prudencia. Y con razón. Por ahora, no existen indicios claros que permitan afirmar que la tragedia de Córdoba fuera evitable. Precisamente por eso, será en los próximos días cuando deba determinarse qué ocurrió y si ese accidente podía haberse evitado. Porque, de ser así, las responsabilidades deberán depurarse cuanto antes.

No para señalar culpables de forma precipitada.

Sino para encontrar soluciones.

No puede permitirse que una tragedia de esta magnitud genere miedo a utilizar las líneas ferroviarias o la alta velocidad en España. Según la información conocida hasta ahora, el tren circulaba dentro de los márgenes de velocidad permitidos, por un tramo recto y en una línea que había sido rehabilitada recientemente. Aun así, los sindicatos ferroviarios han reclamado una auditoría para revisar las obras realizadas en ese tramo.

No constaba una imprudencia evidente. Pero sí una obligación ineludible: buscar respuestas.

Respuestas para que las familias entiendan qué pasó.

Para que los supervivientes puedan procesar lo ocurrido.

Y para que el conjunto de la sociedad sepa qué falló —si es que algo falló— y cómo evitar que vuelva a suceder.

El primer deber ahora es esclarecer los hechos. Y hacerlo con rigor, pero también con agilidad. Es comprensible que las primeras 24 horas sean demasiado tempranas para alcanzar conclusiones definitivas, más aún cuando los equipos de emergencia seguían trabajando sobre el terreno. Lo que no es aceptable es que la investigación se dilate durante meses.

Hoy, más que nunca, la sociedad necesita respuestas.

Las necesitan las familias.

Las necesitan los supervivientes.

Y las necesitamos todos.

Aún quedan muchos interrogantes por resolver. Todavía no sabemos si fue una tragedia evitable o no. Pero lo que sí es seguro es que el Gobierno tiene el deber de hacer sus deberes, y de hacerlo rápido, con transparencia y con eficacia.

Porque nos lo deben a todos. En especial, a las víctimas.