Un millar de catalanes se manifestó el sábado por los problemas de Rodalies. Es nada, peanuts, muy poco, inapreciable. Si se tiene en cuenta las energías que gasta RAC1 cada mañana y su periodista estrella Jordi Basté en pintar una Cataluña al borde del colapso, que los retrasos y los problemas ferroviarios concentren solo a mil personas es casi hilarante.
Sobre todo, es insignificante porque muchos de ellos son hiperventilados militantes de Junts per Catalunya que harán todo lo que sea posible por desgastar al presidente Salvador Illa. En su día bajaban con tractores desde Tractoria para ocupar el Parlament.
Lo de la radio matinal y los trenes está fabricando una versión renovada y hasta cansina del català emprenyat. No existía, jamás apareció, pero las élites políticas y sus brazos mediáticos fueron construyendo un relato de caos y desgobierno que ayuda, y no poco, a construir el discurso derrotista y apocalíptico de determinadas opciones políticas. Justo son las que ahora han sido apartadas del poder directo y se revuelcan en el lodazal para incomodar a los nuevos ocupantes de la plaza Sant Jaume. Sí, los antiguos convergentes, algún republicano, y bastantes herederos de Ada Colau y Podemos.
Por eso resulta tan importante que el presidente Illa se presente en Madrid, de forma desacomplejada y hable de miedos, de estabilidad, de institucionalidad… El jueves en la sala de columnas del Círculo de Bellas Artes de la capital había más hablantes de catalán que de castellano. Con Illa viajaron muchos barceloneses que quisieron arropar su discurso, pero también reunió a esos catalanes que viven en Madrid por su fiscalidad diferencial, por ejemplo, y aún se interesan por las cosas de su tierra.
Del mundo empresarial destacaba Carlos Torres, presidente del BBVA, que tiene mucho interés en que Illa le compre las bondades de meterle un bocado al Banco Sabadell, en una operación que acabará deglutiendo al banco catalán en pocos años. Quería saludar al jefe del Ejecutivo catalán y hacerse el encontradizo con la pléyade de ministros del Gobierno de Pedro Sánchez que asistieron al acto y que deberán decidir sobre la OPA.
También andaba por allí Antoni Brufau (Repsol) y Maurici Lucena (AENA). Por supuesto, José Blanco y Miquel Gamisans (Acento). No asistió nadie del grupo La Caixa, hecho que causó sorpresa y no pocos comentarios. Hasta Eduard Pujol, el dicharachero diputado de Junts que denunciaba haber sido perseguido por un hombre subido a un patinete en los tiempos duros del procés, acudió a rendir pleitesía a su presidente. Su presencia alumbraba la sociovergencia que promueve el consejero de Empresa y Ocupación, Miquel Sàmper, desde el propio Consell Executiu, pero que no pudo ser.
Y no podrá ser mientras Carles Puigdemont permanezca instalado en lo alto del monte y se resista a apearse. No le gustó al líder de Junts que Illa triunfe en Madrid, donde se habla más de él que en Barcelona o en Waterloo. Con solo siete diputados, la mayor derrota de su partido, ha conseguido figurar en todas las conversaciones y quinielas. Y, entre tanto, sin pillar ni un poco de amnistía ni equivalente para regresar.
El discurso de Illa en Madrid es previsibilidad y normalidad institucional. Si alguien quiere mambo siempre tiene disponible a Isabel Díaz Ayuso para darse un festín. Habló pausado, con un tono muy elaborado de estadista; dictado con un cuidadoso lenguaje inclusivo y respetuoso; en definitiva, para los que pintamos canas o ni siquiera cabello, Illa pujoleó en Madrid y, bajando por las escaleras del Círculo de Bellas Artes, lideró en lo simbólico y formal el gobierno de peluches que construyó para la nueva etapa política catalana.
Lo de pedir a los madrileños que no tengan miedo de Cataluña está bien, aunque para ser exactos habría que decirles que no se atemoricen por determinados personajes que nos fabricaron una década negra. Están en su mayoría controlados y salvo el fugado, la mayoría está purgando más o menos su barbarie. Incluidos, permítanme la maldad, los radiofonistas, los medios de comunicación y las empresas editoras que se echaron en brazos del pensamiento minoritario de una parte de la sociedad catalana y se convirtieron en altavoces y hasta policías políticos. Disimulan, pero andan jodidos.
Estuvo bien Illa en Madrid. El PSC está dando una lección aquí y allá, hay que reconocerlo. A la que lime un par de menudencias que le traicionan, el político catalán podrá aspirar incluso a más (recuérdese que catalán y presidente del Gobierno de España es todavía hoy algo imposible).
Pierde un poco al de La Roca su propensión a recordar que es un socialdemócrata y sus apelaciones al progresismo. Tanto insistir no le da nada con ERC y Comuns y le aleja una miaja del centro político, su espacio político natural.
Algo similar pasa con su obediencia ciega al PSOE y a Sánchez. Es un pecado casi de juventud política. No necesita encabezar una baronía díscola, pero reivindicar la independencia del PSC como hizo Pasqual Maragall cuando reclamaba grupo parlamentario propio en Madrid serviría para tomar una prudente distancia de algunos asuntos que restan más de lo que suman a su familia política. Si alguna vez eso sucediera solo resultaría factible con un presidente del gobierno central tan dependiente de Cataluña como el actual.
Ese Salvador Illa emancipado puede resultar muy interesante. Cuestión de tiempo.