El misterio de la mascarilla

Ramón de España
6 min

He cogido la costumbre, antes de salir de casa, de meterme en el bolsillo una mascarilla quirúrgica --de las del coronavirus, para entendernos-- por si la necesito en cualquier momento. Si entro en una farmacia, me la pongo, pues es prácticamente el único sitio en que sé que me la van a exigir. En cuanto a cualquier otra situación, reconozco que navego y que no sé muy bien dónde hay que llevarla y dónde no.

Ello se debe, creo, a que no hay unas instrucciones precisas sobre el uso de la mascarilla de marras, como si dependiera del libre albedrío de los ciudadanos, lo cual no me acaba de parecer muy lógico, francamente. Pasada la que podríamos llamar la hora punta de la epidemia, es como si todo el mundo se hubiera relajado (incluida la autoridad competente) y nadie supiera muy bien qué hacer con respecto a la mascarilla. Si pillas un tren, un autobús o el metro, la anarquía es total y ves gente con y sin mascarilla conviviendo alegremente como si tal cosa.

¿Alguien sería tan amable de explicarme dónde (y a ser posible, por qué) hay que cubrirse la nariz y la boca? ¿O tengo que seguir transportando una en el bolsillo hasta que la diñe, si es que para entonces han quedado claras las cosas al respecto?

Ya en la época de mayor extensión de la pandemia te cruzabas con gente que llevaba la mascarilla colgando del codo, como si fuese un adorno, o con la nariz fuera (caso de tratarse de hombres, uno se preguntaba si también se dejaban el pene fuera al ponerse los calzoncillos), o colgando de la barbilla a modo de babero.

Casi nadie se atrevía a llamar la atención a los que iban de semejante guisa porque vivimos en una época en la que, lamentablemente, intentas contribuir al orden social y te puedes acabar llevando una cuchillada: no sé si se han fijado, pero cada día hay más casos de gente agredida por negar un cigarrillo, afear la conducta del que pone las patazas sobre el asiento de enfrente en el metro o, en definitiva, tratar de contribuir modestamente a la convivencia civilizada.

En el caso de las mascarillas, se suma a la preocupación por la propia integridad física la evidencia de que nadie sabe muy bien dónde hay que lucirlas. ¿Tanto les costaría a las autoridades sanitarias explicarnos cómo está la situación de la pandemia y decirnos cómo debemos comportarnos al respecto en el momento presente?

Es bastante normal que la población se despreocupe de una desgracia común cuando ésta ha dejado atrás su época de máximo esplendor, pero no me lo parece tanto que médicos y políticos hagan lo propio, que es lo que me parece que está pasando. Es como si el uso de la mascarilla se hubiese convertido en algo que se deja a la voluntad del consumidor.

Por eso, supongo, entras en un bar y te encuentras a los camareros con mascarilla mientras los clientes no están obligados a ponérsela. O vas por la calle y ves a gente que sigue con la mascarilla puesta todo el rato, como si no se fiara (¡y con razón!) de las confusas (o inexistentes) instrucciones al respecto que deberían provenir de las autoridades médicas y políticas.

Si esas instrucciones existen, yo no me he enterado y de ahí que salga a la calle con una mascarilla en el bolsillo, convertida en una especie de amuleto a lo pata de conejo que transporto más que nada para no encontrarme con que me abroncan en alguna parte porque han deducido, nada más verme, que no voy a soliviantarme ni a apuñalar a nadie.

Ya sé que este asunto no parece quitarle el sueño a nadie, pero a mí me inquieta ligeramente porque, modestamente y sin ofender a nadie, me gustaría saber a qué atenerme con la maldita mascarilla. Puede que los médicos estén muy liados con la viruela del mono. Puede que los políticos estén muy ocupados aprobando leyes como la del sí es sí o promoviendo el topless en playas y piscinas. Puede que mis quejas solo sean una señal más de que me estoy haciendo viejo y por eso cargo las tintas con el orden. Pero me gustaría saber para qué voy todo el rato con una mascarilla en el bolsillo que no suele salir de ahí en toda la jornada.

Llámenme maniático y atorrante, pero creo que no soy el único que agradecería algo de información sobre el asunto. Y si lo soy, discúlpenme: igual estoy siendo víctima de un trastorno obsesivo compulsivo.

Artículos anteriores
¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

Puede seguir todas las colaboraciones de Ramón de España en Crónica Global y Letra Global en este canal de Telegram.