Ramón de España y el presidente de EEUU, Donald Trump
Irán, la nueva chapuza de Trump
"Donald Trump considera que ha llegado la hora de hacer las paces o de disimular que su país ha vuelto a ir a por lana y ha salido trasquilado, que es, por otra parte, lo que le lleva pasando desde después de la Segunda Guerra Mundial"
La cantante iraní Parastoo Ahmadi ha sido condenada a recibir 74 latigazos (más la prohibición de salir del país y de actuar en público durante los próximos dos años) por haber colgado en la red un video de un concierto suyo en el que tuvo el descaro de no ponerse el velo.
He visto unas fotos de la señora Ahmadi, comprobando que la suya es una de esas bellezas persas que encandilan. Darle 74 trallazos a esa pobre mujer es de lo más indigno, y que conste, por favor, que no estoy diciendo que si fuese fea se merecería muchos más latigazos: lo mío, a lo sumo, es un micromachismo de manual. Y es que me imagino a la pobre Parastoo encajando los vergazos y se me llevan los demonios. Solo por eso, Irán debería ser bombardeado hasta que no quedase piedra sobre piedra ni ayatola sobre (o bajo, dependiendo de sus apetencias sexuales) ayatola.
A estas alturas, el Gobierno de Irán solo merece bombas y catilinarias, dado que abusa constantemente de nuestra paciencia. Pero Donald Trump considera que ha llegado la hora de hacer las paces o de disimular que su país ha vuelto a ir a por lana y ha salido trasquilado, que es, por otra parte, lo que le lleva pasando desde después de la Segunda Guerra Mundial cada vez que ha metido el hocico en algún país que ha habido que abandonar al cabo de unos años y de manera vergonzosa: Corea, Vietnam, Afganistán, Irak…
A los americanos solo les falta invadir Groenlandia y encontrarse con una resistencia férrea que convierta la guerra en cuestión de años, como le está pasando a Vladimir Putin en Ucrania. Lo de que no hay enemigo pequeño es un tópico que oculta una gran verdad que pone más que en duda el poderío militar de las llamadas grandes potencias.
Trump no ha conseguido ni cambiar el régimen venezolano, pese a la espectacular extracción del gorila humano conocido como Nicolás Maduro, que tanto nos recuerda los experimentos del doctor Moreau entre hombres y bestias. Es evidente que su fiel Delcy Rodríguez lo vendió a Estados Unidos en una típica maniobra Celia Cruz (“Quítate tú pa ponerme yo”), y que ahora goza de la protección del Increíble Hombre Naranja, que no quiere saber nada del regreso de María Corina Machado, pese a que ésta le regaló su premio Nobel para ablandarlo.
De Corea hasta aquí, todo han sido chapuzas que no han provocado más que muertos. Visto lo visto, Trump se podría haber ahorrado los bombazos (y a los demás, el cierre del estrecho de Ormuz). Y si seguía con los bombazos, haber seguido hasta el final, hasta que reventaran los mostrencos que quieren azotar a la pobre Parastoo Ahmadi. Dejar las cosas a medias es una falta de respeto para todos los compatriotas que han muerto para nada.
Sí, ya sabemos que quien lo metió en semejante fregado fue su gran amigo Benjamín Netanyahu, que está en pleno expansionismo y machaque de todo aquel que se resista a la anexión de su país. Trump está harto de Bibi, pero ya es tarde para intentar quedar bien, por mucho que diga que el tratado con Irán es el mejor de todos los mundos posibles (hasta sus leales lo niegan y el mundo MAGA está que arde).
Para colmo, estas acciones absurdas se ven salpimentadas por esos vídeos en los que se ve al Donald dormitando en un acto de importancia o se le escucha tirándose un pedo en un momento solemne (costumbre ésta que también tienen Pete Hegseth o J.D. Vance, puede que por mera lealtad al líder máximo, con el que se sienten obligados a solidarizarse).
Rindámonos a la evidencia, amigos: el país más potente de Occidente está en manos de un tipo que toma decisiones absurdas, se queda frito en reuniones fundamentales y sufre de una inoportuna aerofagia en actos oficiales. ¿Para cagarse? Pues sí, parece que Trump tiene también ese hábito fuera del Retrete Oval, lo cual le obliga al uso de pañales que, cuando van cargaditos, provocan desmayos entre los que se encuentran en las inmediaciones.
Confieso que soy fan de Barack Obama, sobre todo desde que ha rodado una serie de televisión con Larry David que HBO Max estrenará uno de estos días. Lo recuerdo como un tipo elegante, refinado, culto, epítome del cool. Ya sé que no cumplió ni la décima parte de lo prometido, pero juraría que hizo lo que pudo y que el Obamacare estaba cargado de buena intención, pese a las cerriles opiniones que lo consideraban una maniobra típicamente comunista. En cualquier caso, lo poco bueno que hiciera se lo ha cargado ese grandullón grosero y antipático que, si no se queda sopas, te asfixia a cuescos o se caga encima.
O, aún peor, se mete en guerras que no puede ganar y consigue que nos cierren el estrecho de Ormuz. Ignoro si se ha enterado de lo de Parastoo Ahmadi, pero es muy capaz de pedir fotos de ella para ver si está buena antes de decidir qué postura tomar, el muy gañán.