Ramón de España y una imagen del encuentro del fundador de Podemos, Pablo Iglesias, con el presidente de Cuba, Díaz Canel
¡Qué dignos son los pobres!
"La excursión a Cuba de Pablo Iglesias, Gerardo Pisarello y más entusiastas de la revolución (ajena, no nos vayan a expropiar la mansión de Galapagar) se parece a esas vacaciones de 'resort' paradisíaco en un entorno tóxico a más no poder"
Todos conocemos a alguien que ha pasado unas vacaciones en un resort playero de más o menos lujo y ni se ha acercado al pueblo más cercano con la excusa de que en el país de turno hay mucha miseria y resulta muy deprimente observarla. En caso de hacerlo, eso sí, te informará de que sus habitantes son encantadores y generosos y te lo dan todo, aunque no tengan nada (o, como decía Groucho Marx, no tengo nada, pero quédate con la mitad).
Se trata de vacaciones con espíritu colonial en las que uno se dedica a ir a la playa (como si en España no hubieran), a beber mojitos, a bailar hasta las tantas, a subirse a los cocoteros y a hacer el ganso sin tasa antes de que llegue la ominosa hora de volver al tajo.
Se trata de vacaciones descontextualizadas. Puede que, a un kilómetro, el Gobierno esté reprimiendo una manifestación a tiros. O que se prostituyan niñas y niños de 12 años. Pero a ti te da igual. Tú has venido a disfrutar de tus merecidas vacaciones y no piensas crear un problema diplomático metiéndote donde no te llaman.
Salvando la distancia (no tan grande), la excursión a Cuba de Pablo Iglesias, Gerardo Pisarello y más entusiastas de la revolución (ajena, no nos vayan a expropiar la mansión de Galapagar) se parece bastante a esas vacaciones de resort paradisíaco en un entorno tóxico a más no poder.
Nuestros turistas del ideal (como los bautizó Ignacio Vidal Folch en una novela hilarante) se han alojado en un hotel de lujo que cuesta por noche 20 veces más que el sueldo mensual del cubano medio, han felicitado al cansino cantautor Silvio Rodríguez por su decisión de cambiar la guitarra por un kalashnikov si el idiota de Trump se decide a atacar la isla, han recorrido La Habana en autobús (solo les ha faltado arrojar caramelos o cacahuetes a los transeúntes), han pernoctado en el único edificio con luz de una ciudad sumida en un brutal apagón y, en el caso de Iglesias, se han entrevistado con el inútil que hace como que está al frente del tinglado, un tal Díaz Canel (y luego ha presumido de scoop, encima).
Uno de los tics más mezquinos (e incomprensibles) de nuestra nueva izquierda es agarrarse a revoluciones fracasadas y defenderlas con total desinterés por la realidad. La revolución cubana es un desastre del comunismo, como lo fueron la rusa y la china, y si algo no necesitan los que sufren actualmente sus consecuencias es que se les presente en casa una pandilla de majaderos pogresistas a informarles de lo bien que viven y de lo dignos que resultan a sus ojos que, como todo el mundo sabe, son los únicos que interpretan correctamente la realidad política urbi et orbi.
La visita a Cuba de los pabloides es un insulto a la democracia y a los derechos humanos, disfrazado de ejercicio solidario con un país asediado por el imperialismo yanqui. No es de extrañar si tenemos en cuenta cómo miran hacia otro lado dichos pogresistas en el caso de Irán (aunque ahí pueda afirmarse lo de que es de bien nacidos ser agradecidos, ya que al señor Iglesias le financiaron un canal de televisión los malditos ayatolás). Haga lo que haga Estados Unidos, ellos están en contra, algo muy fácil cuando al frente de ese país hay una lumbrera de las dimensiones de Donald Trump. Y así se acaba tomando partido por Nicolás Maduro, Díaz Canel o el ayatolá que esté al mando, si no lo acaban de asesinar los judíos mientras escribo estas líneas.
Dado que su hotel era el único edificio iluminado en la zona (o puede que en toda la ciudad), el señor Iglesias habrá podido ver a los manifestantes contrarios al régimen, que recurren a los apagones para incrementar el bochinche de sus caceroladas aprovechando que, a oscuras, la policía tiene más problemas para localizarlos. “¡Qué equivocados estáis!”, habrá pensado el gran hombre antes de cerrar el balcón y comerse los toblerones del mini bar, convenientemente regados por un buen roncito. El mundo está lleno de desagradecidos, mi muy solidario Pablo.