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¿Y si chapamos el Senado?

Ramón de España
3 min

Como apunta el refrán "dos españoles, tres opiniones", hay pocas cosas en las que los habitantes de este bendito país coincidamos, pero una de ella es la evidencia de que el Senado no sirve absolutamente de nada. Es como un jarrón viejo y feo que nos legó una antepasada, que ya no vemos a fuerza de convivir con él y que ningún miembro de la familia se toma la molestia de tirar a la basura.

Tú le preguntas a cualquiera qué habría que hacer con el Senado y lo más probable es que te conteste: ¡chaparlo!

No conozco a nadie que pueda decirme a qué se dedican los senadores y a cambio de qué cobran su sueldo. Por el contrario, parece ser del dominio público que el Senado es una especie de aparcamiento para has beens, gente que algún día rindió un servicio a la patria, tipos a los que ya no se envía a Bruselas porque allí se abordan asuntos importantes y, en general, miembros de partidos políticos en los que no se sabe muy bien qué hacer con ellos.

Tú le preguntas a cualquiera qué habría que hacer con el Senado y lo más probable es que te conteste: ¡chaparlo! Nos ahorraríamos un dineral en sueldos y el edificio podría reciclarse como discoteca o cine multisalas. Y sin embargo... Sin embargo, cada equis tiempo sale algún político con una idea brillante para dotar de sentido al Senado.

Las ocurrencias suelen provenir del PSOE, donde siempre hay alguien dispuesto a afirmar --sobre todo, en período electoral-- que el Senado debe dar el primer paso hacia el federalismo o convertirse en una cámara de representación autonómica de mucho fuste. La última en volver a las andadas senatoriales ha sido Carme Chacón, que quiere traerse el muerto a Barcelona y colocarlo junto a esa estación de La Sagrera que nunca se acaba de construir y que lleva camino de convertirse en todo un incordio municipal.

Teniendo en cuenta que el debate autonómico ya ocupa mucho tiempo en el Congreso, no sé para qué sirve ofrecerle un entorno exclusivo

Teniendo en cuenta que el debate autonómico ya ocupa mucho tiempo --¿demasiado?-- en el Congreso, no sé para qué sirve ofrecerle un entorno exclusivo, a no ser que se plantee como una especie de guardería para adultos en la que discutir a gritos sobre trasvases, cupos, agravios comparativos y demás alegrías de la descentralización. "Desgañítense sin tasa porque, total, lo que digan ustedes aquí nos lo vamos a pasar por el arco de triunfo en el Congreso", podría ser el subtexto de la propuesta.

¿No sería mejor reconocer que nos equivocamos al crear el Senado y chaparlo discretamente? A excepción de quienes están ahí calentando un escaño, nadie lo echaría de menos. Y yo, personalmente, para delegaciones barcelonesas de grandes instituciones madrileñas ya me apaño con el José Luís de Diagonal-Tuset.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.